24
Minerva no estaba acostumbrada a los noes.
Don Matteo se negaba a darle las respuestas que necesitaba. Precisamente a ella, que tenía muy poca paciencia.
—¿Cómo dice? —preguntó, cada vez más enfadada.
—Lo siento, inspectora, pero no puedo darle esa información.
—Matteo, me da igual que tengas secreto confesional o cualquier otra tontería religiosa. Vas a decirme todo lo que sabes de este hombre, o te voy a empapelar y a encarcelar por…
—Obstrucción a la justicia —dijo don Matteo interrumpiendo a la inspectora—.
Lo sé, ya me lo han dicho y, hasta donde sé, la escucho y la entiendo muy bien.
Pero es que… —dijo y juntó las manos, como si fuera a rezar—.
Es que no puedo. Es que no tengo esa información.
No sé quién es ese hombre. No sé su apellido.
No sé dónde vive, ni de qué trabaja. No sé si está casado o soltero o divorciado —dijo y dejó un momento de silencio entre los dos, mientras se miraban fijamente—. ¿Lo comprende?
Minerva lo comprendió, pero no se lo acababa de creer. Había algo en ese hombre que no la convencía. Se lo decía su intuición. Pero no consiguió sacarle nada más.
Finalmente, decidieron dejar las instalaciones del hospital y se trasladaron a la iglesia de Matteo.
Cuando llegaron, entraron en la sacristía y luego en la rectoría.
Notaron un aroma a tomate frito y albahaca. Una puerta se abrió y apareció la misma señora que se habían encontrado antes en la sacristía.
—Marina… —dijo don Matteo cuando la vio—. Hoy tenemos invitados. Aumenta la dosis de pasta, comerán con nosotros.
La mujer seguía vestida igual, con una falda oscura y una chaqueta de punto roja, aunque se había puesto encima un delantal.
—Lo siento, pero no he preparado bastante salsa para tanta pasta —respondió con tono punzante.
—Da igual, la compartiremos. Si Nuestro Señor pudo hacerlo, nosotros también.
La mujer se dio la vuelta, nada contenta, y obedeció sin decir nada más.
Se fueron a la mesa, que ya estaba lista, y don Matteo sacó pan y grissini. La mujer trajo vino para todos y queso cortado.
Mientras esperaban a que la pasta apareciera en la mesa del comedor, siguieron hablando.
—En fin, cualquier información que nos pueda dar será muy valiosa —dijo Claudio—. Un tatuaje, una idea de dónde trabaja… La dirección por donde lo ve llegar a misa, y a dónde va después…
Don Matteo se lo pensó un momento.
—Creo recordar que viene de la calle hacia el sur, por Via Bernardo Zamagna. Pero, repito, no estoy seguro.
—A las malas, lo esperaremos el domingo en misa… —dijo Tilda resignada.
—Ya, eso es verdad —confirmó Claudio.
—Pero podría ser demasiado tarde, no sabemos cuándo empezará —replicó Stan.
Don Matteo levantó las manos de la mesa.
—Un momento, ¿empezará? ¿Qué empezará? ¿De qué estáis hablando? —preguntó don Matteo.
Stan se levantó.
—Explicadle a este hombre que es cómplice involuntario de un asesino —ladró y se dio la vuelta—. Yo ahora necesito un par de caladas.
El inspector jefe se marchó de la estancia. Tilda lo siguió y salieron juntos, mientras Marina terminaba de preparar la pasta.
—¿Qué… cómo…? —balbuceó don Matteo—. ¿Qué asesino?
Minerva le clavó de nuevo los ojos.
—Escúchame bien, cura —dijo con un tono especialmente ácido, que usaba solo para los hombres de fe—.
Esto no es ninguna broma. Necesitamos todos los detalles de ese hombre.
Ese paquete que has recogido, casi seguro, tiene algo que ver con una cadena de asesinatos —dijo y subió aún más el tono de voz—.
Organizados por un tal Su Eminencia… ¿no has oído hablar de él?
Sale en todos los periódicos. El asesino de los mandamientos , lo llaman.
Y me temo que has ayudado al próximo asesino, que planea actuar muy pronto aquí, en Milán. ¿Lo pillas ahora, cura?
El hombre tenía los ojos salidos y muy abiertos.
—¿Quiere decir que yo…?
Minerva se acercó.
—Empecemos desde el principio. ¿Cómo era el paquete? ¿Cuánto pesaba? ¿Lo abrió delante de ti? ¿Qué te dijo cuando te pidió que lo recogieras?
Don Matteo tragó saliva.
—Son muchas preguntas a la vez.
—Me da absolutamente igual, me basta con que empieces con una.
El cura bebió un buen trago de agua. Su rostro había empalidecido. Estar involucrado en un asesinato debía ser una pesadilla aún mayor que todo lo que pudo ver en los barrios bajos de Nápoles.
Respiró profundamente y comenzó a explicar a Minerva y a Claudio todo lo que sabía de su tocayo.