No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 23
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El asesino tuvo dudas por un momento.

A pesar de haber llegado a un acuerdo con Su Eminencia, a veces no estaba seguro de hacer lo que le habían pedido.

Sin embargo, las dudas se disiparon al ver a su víctima, al que tenía prisionero en una jaula de perro. Era grande, metálica y resistente.

El hombre estaba maniatado en medio del garaje, con la boca cerrada con cinta americana, un antifaz que le impedía ver y, por último, unos auriculares con música a todo volumen conectados a un viejo walkman de CD.

El asesino se agachó y lo miró. Se notaba que el hombre estaba sufriendo.

No tanto por la falta de alimentos o de agua, sino porque creía que se encontraba allí esperando un rescate.

Seguramente, lo que más miedo le daba no era que lo canjearan por un puñado de millones de euros, sino que, a pesar de cobrar el rescate de su familia, lo dejaran morir como un maldito perro.

Sin duda se preguntaba quién lo había raptado, y cuánto pedían por él. O si lo sabía la policía, o si su familia ya habría pagado.

Si aquel hombre hubiera sabido la verdadera naturaleza de su secuestro, se habría puesto todavía más nervioso.

Porque no estaba allí para ser canjeado por dinero.

No.

Estaba allí para convertirse en un mensaje, en una lección moral y, sobre todo, religiosa.

Sí, religiosa .

—Eres un mentiroso… —susurró el asesino, aunque sabía que la víctima no podía oírlo—. Eso dice Su Eminencia. Y Su Eminencia sabe toda la verdad.

Luego se levantó y se acercó a una mesa donde había dispuesto varios utensilios. Cogió una cajita, sacó una jeringuilla, introdujo en ella un líquido blanquecino y regresó a la jaula.

— Buona notte , querido —dijo, y le inyectó el contenido de la jeringuilla en la vena del cuello.

El hombre se agitó e intentó gritar. Se contorsionaba en la jaula, de un lado al otro de las rejas, en un movimiento desesperado y primitivo. Le recordó a un oso desorientado. En breves instantes, todo acabó para él. Ya no sintió su cuerpo ni la música. Todo quedó en silencio.

El asesino esperó unos segundos más por seguridad y, solo entonces, se atrevió a abrir la puerta de la jaula.

La abrió lentamente, como si dentro tuviera una fiera peligrosa a punto de saltarle encima.

Una vez abierta la jaula, comenzaba el plan.

Suspiró. Todo lo que había preparado durante meses, con la supervisión y la ayuda de Su Eminencia, se estaba cumpliendo.

Se tocó el bolsillo del pantalón y palpó lo que había dentro.

Antes de empezar se secó el sudor que goteaba por su frente, a pesar de estar en pleno invierno.