22
Don Matteo echó a correr por el aparcamiento.
Corría mucho más rápido que Minerva. Esta había perdido la forma después de pasar tantos meses en el centro de rehabilitación, y ya no corría como antes. Aquella situación se lo recordó de nuevo.
No solo iba sin pistola por Milán, sino que, además, sus piernas se habían vuelto mucho más lentas.
Mientras tanto, Claudio la adelantó. Pasó por su lado, sujetándose la sotana a la altura de la cintura.
Debajo llevaba unos tejanos, de modo que no se le veían las piernas.
Claudio se movía rápido, sorprendentemente rápido y, a pesar de que Don Matteo tenía mucha distancia de ventaja, empezó a acercarse a él cada vez más.
Don Matteo serpenteó entre unos coches aparcados, en dirección al otro edificio del hospital. Esquivó un vehículo que maniobraba para aparcar y recibió improperios de otro conductor. Huía sin darse cuenta de que Claudio estaba a punto de alcanzarle.
Minerva observó la escena a distancia.
Le sorprendió lo rápido que podía correr Claudio.
Recordó el día en que la había ayudado a trepar a una verja, en el centro de genética de Madrid.
Recordó también el día en que Judith, la asesina de París, sujetaba su miembro viril en la mano, a punto de cortárselo con un cuchillo.
Desde luego, el seminarista dedicaba mucho tiempo al estudio teológico, pero también estaba en plena forma y tenía el cuerpo bien trabajado.
Cuando don Matteo estaba a punto de escabullirse por una puerta, algo le rodeó la cintura y una fuerza inesperada lo tumbó, haciéndolo caer al suelo.
La posibilidad de escapar por aquella puerta se esfumó cuando estaba a menos de un metro de ella.
—¡Suéltame, suéltame! —gritó don Matteo.
—¡Quieto! No vas a ir a ninguna parte —respondió Claudio jadeando, recuperando el aliento de la extenuante carrera.
Don Matteo se defendía con patadas y puñetazos, pero Claudio no lo soltó hasta que llegó Minerva y lo cogió por la solapa.
—¡No te muevas! —le gritó Minerva.
Don Matteo la miró a los ojos. No pudo más que resignarse y dejar de pelear.
Cuando llegó Tilda, con paso ralentizado por sus tacones, don Matteo ya se había calmado.
—¿Te ha contratado Su Eminencia? —preguntó Minerva con tono inquisitorio, muy diferente del que había usado en la capilla mortuoria.
Don Matteo, sujetado por Claudio, se había sentado a la sombra de un árbol, en una jardinera de las inmediaciones del hospital, y la miró con perplejidad.
—¿Su Eminencia? ¿De qué me habla? —respondió don Matteo.
—No nos hagas perder el tiempo —le cortó Minerva—. ¿Dónde tienes el móvil de usar y tirar que te ha enviado?
—¿Quién es Su Eminencia? ¿De qué teléfono me está hablando? Creo que se está equivocando de persona.
Minerva se agachó delante del cura. Sacó su placa y se la plantó a pocos centímetros de la cara.
—Soy de la Interpol. He venido, quiero decir, hemos venido —dijo indicando a Stan, a Tilda detrás, y a Claudio, que seguía con la mano en el cuello de Matteo para que no se escapara—. Llevamos desde París siguiendo el jodido paquete que recogiste. ¿Sabes ahora de qué narices hablo?
Don Matteo la miraba, pero no acababa de entender lo que decía Minerva. Parecía estar recuperándose de la carrera.
Minerva quiso insistir, y entonces el cura habló.
—¿El paquete? ¿Me está hablando del paquete que fui a buscar?
Minerva no respondió, no sabía si estaba hablando en serio o le estaba tomando el pelo.
—Le he dicho que era un favor. No era para mí ese dichoso paquete. No era para mí, se lo juro.
—Claro, era para su abuelita, ¿verdad? —intervino Claudio—. Eran unas ofrendas de la misericordia…
—En serio —dijo girándose hacia Claudio—. No estoy mintiendo. No era para mí, solo le hice un favor a un conocido.
Claudio y Minerva se miraron.
—Claro, y nosotros somos tan ingenuos que nos lo creemos.
—Es verdad —afirmó don Matteo y se giró hacia Claudio—. Ya sabes que los hombres de Dios no podemos mentir.
Claudio bufó.
—Soy seminarista, hermano. En el poco tiempo que llevo en el camino hacia el sacerdocio, he visto de todo. Y la mentira es el pecado más leve que me he encontrado en estos días.
—Pero deben creerme, por el amor de Dios, ¡no he hecho nada! Solo fui a recoger un paquete para un feligrés de mi parroquia.
Minerva negó con la cabeza lentamente, y le clavó los ojos al cura como si fueran cuchillos.
—No me lo trago. ¿Y por qué has echado a correr? ¿Se puede saber?
Don Matteo bajó la mirada y arrugó el ceño. Estuvo unos instantes pensando.
—¿Entonces? —insistió ella.
—Vengo de Nápoles. Allí, las cosas son diferentes.
El temor de ser perseguido no se quita con los años.
Fui cura de provincias en las zonas más degradadas de la región.
No os lo podéis imaginar. Cualquier cosa que hicieras podía ir en contra de las leyes de la calle, de las personas que mueven los hilos detrás del telón —dijo y se giró hacia Claudio que no lo soltaba—.
Tú vienes de Sicilia, tú sabes cómo es el sur…
Minerva lo miró perpleja, ¿cómo sabía de dónde era Claudio?
—Por favor, suéltame.
Cuando dijo esto, un coche se detuvo chirriando los neumáticos. En un lado aparecía la palabra “municipal” escrita en azul. La puerta se abrió al momento.
Salieron dos agentes y se acercaron a punta de pistola.
—¡Quietos! Policía municipal de Milán. Suelten al hombre.
Stan, que era el más cercano, se acercó y les enseñó su placa de la Interpol.
—Tranquilos, es solo un interrogatorio.
Los dos agentes enfundaron las armas al ver la placa.
—¿Qué pasa? —preguntó uno.
—Hemos tenido un chivatazo y estamos averiguando si es verdad —insistió Stan—. Está todo ok, pueden irse.
Los dos agentes uniformados se miraron.
—Si no les importa, nos quedamos. Nos han avisado del centro de salud y debemos hacer nuestro trabajo.
Minerva se giró de nuevo hacia Claudio. Le hizo un gesto con la cabeza y este entendió que tenía que soltar al hombre. Al hacerlo, Don Matteo dio las gracias a los policías y se masajeó el cuello. Luego, lo ayudaron a levantarse.
—¿Cómo sabe que es de Sicilia? —preguntó Minerva.
—Obvio, tiene un acento siciliano inconfundible… —afirmó con un toque divertido don Matteo—. Seguro que eres de Palermo o de los alrededores…
—Trapani —confirmó Claudio.
El cura chasqueó la lengua.
—¿Dónde está el paquete, don Matteo? —le preguntó Claudio.
—Lo vino a buscar esta mañana.
—¿Quién?
El cura miró al suelo, tensó los músculos del cuello y pensó.
—Por favor, don Matteo. Si no nos lo dice, lo consideraremos obstrucción a la justicia y terminará en un calabozo. Usted elige.
—Está bien, es un hombre que se llama Matteo, como yo. Es un feligrés de la parroquia de Beata Vergine Adorata di San Siro. No sé más de él.
Minerva negó con la cabeza.
—No me lo creo. ¿¡Nos toma por idiotas!? —gritó Minerva.
Claudio alargó una mano y le hizo una señal para que se calmara.
—Un momento… siga.
Don Matteo arrugó el ceño y a Claudio le dio la impresión de que se estaba avergonzando de algo que le pasaba por la cabeza en ese instante.
—Me pidió el favor. Él no podía ir. Trabaja, y era muy importante para él.
—¿No podía enviar a un amigo suyo, u otra persona más cercana?
El cura se encogió de hombros.
—No me lo creo. Es demasiado… —dijo Minerva y, antes de acabar la frase, buscó la palabra correcta—, absurdo.
—Matteo es un buen feligrés. Viene todos los domingos. Todos, desde que estoy allí como cura; no ha fallado ni una vez. Ni siquiera hace unos años, cuando cayó una nevada histórica. Ni cuando hace tanto calor en agosto. Siempre viene. Y siempre solo.
Minerva, con el ceño arrugado, lo escuchaba.
—Siga, por favor… —indicó Claudio.
—Es muy generoso. Siempre aporta dinero a la comunidad y nunca me ha pedido nada. Solo este favor. Y yo…
—¿Y tú? —preguntó ella.
—¿Cómo podía negarme? Era lo único que me había pedido en todos estos años, ¿me entiende? Recogerle un simple paquete de Correos. No podía imaginar que me metería en un lío de esta magnitud. ¿Me entienden?
Minerva seguía desconfiando; no se acababa de creer esa historia.
¿Estaban delante del próximo asesino material de Su Eminencia?
¿O era solo un pobre desgraciado al que le habían tendido una trampa?
Ninguna opción la convencía del todo.
—Si es así, quiero que me presentes al tal Matteo. Quiero saber dónde vive, su nombre completo, cómo te contacta. También quiero ver tu casa y toda tu iglesia —amenazó Minerva mientras le apuntaba con el dedo—. Quiero que me digas todo lo que sepas de este hombre…. ¡Ya!
Don Matteo miró por un segundo al seminarista y suspiró.
Luego negó con la cabeza.
—Lo siento, inspectora, pero no va a poder ser.