21
Minerva se quedó extrañada.
¿Había otra persona buscando al párroco Matteo Micheletti?
¿Quién podía ser?
Se dijo que eran demasiadas coincidencias.
Le mostró a la enfermera una fotografía del hombre que buscaban. Había sido tomada por las cámaras de seguridad de un cajero automático.
La enfermera le confirmó que era don Matteo, el mismo cura que celebraba las misas en el hospital.
Minerva tuvo la sensación de que estaban sobre la pista correcta.
No esperó ni un segundo: echó a correr hacia las escaleras y bajó tan rápido como pudo.
Detrás, alguien gritó su nombre en el pasillo.
—¡Espéranos! —la llamó Stan.
Pero el olor a pista fresca le había subido la sangre a la cabeza. Minerva era como un depredador que acababa de detectar a su presa.
Bajó los escalones de dos en dos y saltó los últimos peldaños de tres en tres.
Llegó al final de las escaleras y siguió las indicaciones hasta la puerta de la capilla de la cámara mortuoria.
Corría sin parar.
Se dio la vuelta, buscando la siguiente pista, y vio a un cura con sotana que estaba a punto de entrar en la cámara.
Como no podía apuntarle, intentó detenerlo a gritos.
—¡Quieto, policía!
El cura, que estaba a punto de empujar la puerta, se quedó quieto.
—¡Gírate lentamente, o disparo! —dijo Minerva, aunque no tenía pistola.
El cura obedeció. Levantó las manos y se fue girando muy despacio.
Al verlo, Minerva se quedó sin palabras.
—¿Claudio? —preguntó sin dar crédito a sus ojos—. ¡Claudio!
El seminarista, al verla, bajó los brazos.
—¿Minerva? —dijo, y luego bajó la voz, recordando que se encontraba en la puerta de una capilla donde estaban dando misa—. ¡Por todos los santos! ¿Qué diantre haces aquí?
—No. ¿Qué haces tú aquí? ¡Por todos los demonios!
Los rostros de los dos se destensaron y no pudieron evitar abrazarse. Se quedaron unidos unos segundos, incluso alguno de más. Después de todo, eran compañeros y habían compartido muchas cosas durante esa investigación que los traía de cabeza.
—He seguido el rastro del vídeo de Su Eminencia —explicó Claudio—. Y, ya sabes, todos los cabos se unen en esta ciudad. ¿Y tú?
—Nosotros hemos llegado siguiendo el rastro de un paquete.
—¿De un paquete? —preguntó Claudio.
—Sí —replicó Minerva y le explicó las pistas que los habían llevado hasta aquel hospital.
Entonces aparecieron Tilda y Stan. Ellos también se sorprendieron de ver a Claudio. Volvieron a explicarles rápidamente por qué Claudio estaba allí, y luego Minerva los devolvió al presente.
—No olvidemos para qué estamos aquí —los interrumpió, y empujó la puerta de la capilla.
Estaba abierta.
Unas notas de órgano se difundían por la estancia.
Se estaba celebrando un funeral, tal y como había dicho la enfermera. Minerva y los demás ocuparon los últimos asientos, sin que nadie se diera cuenta.
Había unas veinte personas en el recinto, casi todos dispuestos en los primeros bancos, cerca del féretro.
Una foto del difunto, un hombre mayor, estaba encima del ataúd de madera, y había una corona de flores apoyada en las escaleras que llevaban al altar.
Claudio se acercó a la inspectora y le habló al oído.
—Ya se está acabando.
Ella asintió.
Esperaron unos minutos más, hasta que la misa terminó.
El féretro salió por la puerta y, detrás, todos los parientes.
El cura que había oficiado la misa se puso a recoger los enseres litúrgicos. De pronto levantó la mirada y se encontró a cuatro personas que lo observaban fijamente.
Los miró uno a uno, de izquierda a derecha: un señor con gabardina, una mujer con el pelo blanco y vestido elegante, un hombre con pelo corto y sotana y otra mujer, también con el pelo corto, con delineador en los ojos y una chaqueta negra.
Los cuatro lo miraban atentamente, sin perderse ni un detalle de sus movimientos.
El cura tragó saliva, entendiendo que no eran familiares del difunto, y seguramente se preguntó quiénes eran.
Entonces Minerva se le adelantó.
—¿Don Matteo? —preguntó ella.
Él no contestó enseguida.
Stan, mientras tanto, se había colocado delante de la puerta para bloquear la posible huida del cura.
—Sí… ¿quiénes son ustedes? —preguntó titubeante.
Minerva se fue acercando, mientras Claudio y Tilda la seguían a unos pasos.
—Venimos a hablar con usted.
Don Matteo miró de nuevo a todos con cierta desconfianza.
—¿Son ustedes de Hacienda?
—No. Queremos saber qué hacía usted en la sucursal central de correos de Milán, recogiendo un paquete enviado desde Francia.
Minerva dio un paso corto y lento hacia el hombre. Claudio se acercó por el otro lado. Eran como una manada de lobos rodeando a una presa.
En un primer momento, don Matteo no pareció entender a qué se refería la mujer. Necesitó pensar un momento, y luego arrugó el ceño.
—¿El paquete?
—Sí, el paquete. ¿Qué había en él? ¿Quién lo enviaba?
Don Matteo negó con la cabeza.
—Solo era un paquete… un favor.
Minerva estaba a pocos pasos del cura.
—¿Un favor? —preguntó ella con un tono que delataba que no se lo había creído.
—Sí, un favor —insistió el cura.
Los miró a los cuatro otra vez. Primero a la periodista, luego al hombre de la sotana, luego a Stan y por último a Minerva.
Tragó saliva. Soltó el ostensorio y el cáliz de la misa. Estos cayeron al suelo con un ruido metálico.
Rápidamente, se escabulló de Minerva y se echó sobre Stan. Lo empujó y lo hizo caer. Luego abrió la puerta y echó a correr hacia el parking del hospital.