No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 20
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«Necesito una pistola», pensó Minerva.

Iba mirando por la ventanilla del Mercedes mientras se alejaban de la iglesia. Cuanto más se alejaban del centro, Milán iba siendo engullida por la niebla.

Tardaron cinco minutos en llegar al complejo hospitalario San Carlo Borromeo. Un cartel, de dimensiones considerables, indicaba el nombre sobre la entrada.

La berlina de lujo se detuvo y Tilda fue la primera en abrir la maneta para salir. Una vez fuera del coche, los tres avanzaron a paso acelerado hasta la entrada del hospital.

Los pocos transeúntes que salían del hospital los miraban extrañados.

Stan, con su gabardina grisácea de detective de otros tiempos. Tilda, con gafas negras, vestido ajustado y elegante, y abrigo corto de Prada por encima. Y Minerva también de negro, sin tacones, con ropa cómoda e informal.

Entraron en el hospital y Minerva se adelantó. Se acercó a la recepción y pidió que le indicaran dónde estaba la capilla. Después de escuchar la respuesta, se giró e hizo un gesto a sus acompañantes.

Caminaron hasta el ascensor, subieron y siguieron por un pasillo largo.

Se cruzaron con varios pacientes que caminaban con el gotero a cuestas, algunos acompañados por familiares; muchos solos.

Cuando llegaron a mitad del pasillo, encontraron un cartel que indicaba la capilla.

Minerva tenía en su mente la cara del hombre que había retirado el paquete.

Pero, ¿podía ser tan fácil?

La descripción coincidía y, además, era un cura.

Como Su Eminencia.

Minerva, Stan y Tilda se detuvieron ante la puerta.

Los tres se quedaron en silencio unos segundos.

Minerva observó el espacio y el cartel que colgaba de la puerta. Según todos los indicios, allí debía estar el cura que buscaban.

Sin embargo, no encontraron a nadie. La capilla del hospital de San Carlo Borromeo de Milán estaba vacía.

El cartel, en cambio, indicaba que en ese preciso momento se debería estar celebrando una misa. El día y la hora eran correctos, pero en realidad no era así.

—Aquí no hay nadie —dijo Tilda.

Minerva solo pudo asentir. Entró en la capilla para verla mejor, pero solo le sirvió para comprobar que en ese espacio no había ni un alma. Tampoco vio ninguna puerta por la que pudiera haber escapado el cura cuando entraron.

Salió y detuvo a una enfermera que pasaba por allí.

—Disculpe, ¿no debería estar dando misa ahora don Matteo?

La enfermera, que iba con prisa, se detuvo.

—¿Usted también? —dijo y se colocó las gafas en la nariz—. Creo que el sacerdote tenía un funeral en la iglesia de la cámara mortuoria.

La respuesta no satisfizo del todo a Minerva.

—¿Dónde está la cámara mortuoria? —preguntó acercándose más a la mujer—. Y, a qué se refiere con eso de “usted también”?

—Es que he pasado por aquí hace un minuto y me he encontrado con un cura, que me ha preguntado exactamente lo mismo —dijo e indicó la dirección de los ascensores, los mismos que habían cogido ellos hasta subir—. Debe de estar bajando por las escaleras ahora mismo.