No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 19
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Minerva y Stan, precedidos por Tilda, llegaron a la entrada del hotel Four Seasons de Milán. Allí, un Mercedes los esperaba.

Era una berlina reluciente y seguramente último modelo. Las manos del chófer sujetaban el volante con un ojo puesto en el retrovisor. Un botones les abrió las puertas y Tilda entró primero.

A Stan, tanta elegancia y pomposidad le venían grandes.

Prefería su Seat Toledo rojo, descolorido y a punto de jubilar.

Pero no estaba en Madrid, así que le tocó amoldarse.

La periodista indicó la dirección y la berlina arrancó con suavidad.

A Tilda le encantaba el olor a cuero nuevo, casi más que el de los cigarrillos mentolados.

Minerva no se percató del recorrido por las calles del centro de la ciudad italiana, porque iba centrada en su objetivo.

Revisaba toda la información que pudo encontrar en la web sobre el cura Matteo Micheletti.

Había algunos artículos de periódicos regionales, una cuenta en una red social y algún vídeo en Youtube, donde se le veía rodeado de niños, con un pañuelo enroscado de boy scout .

De repente, y sin darse cuenta, Minerva pensó en Claudio.

El seminarista seguía presente en la mente de Minerva, a pesar de estar lejos.

Pensaba en él a menudo, seguramente más de lo que debiera.

Minerva levantó la mirada y, de pronto, la iglesia Beata Vergine Adorata di San Siro apareció frente a ellos.

—Espérenos aquí —indicó Tilda al chófer.

—Sí, señora —confirmó este con un ligero movimiento de la gorra.

Los tres bajaron y se apresuraron a acercarse a la puerta.

Subieron los once escalones y empujaron la puerta.

Un chirrido de madera se esparció por la iglesia.

Se encontraron con un santuario sencillo, espartano, casi desnudo.

Una simple nave central, con dos más reducidas a los laterales, sostenidas por columnas cuadradas.

Un crucifijo sencillo, de madera tallada y colgando del techo, era el único ornamento de todo el ábside.

A esa hora no había ningún feligrés en el edificio religioso. Cuando llegaron a la mitad de la nave central, se detuvieron.

—Micheletti no está aquí —dijo Minerva—. Hay que buscarlo en alguna otra parte de la iglesia

Stan asintió y Tilda indicó una dirección.

—Por allí se ve una luz.

La periodista comenzó a caminar hacia la parte derecha de la nave.

Justo enfrente había una puerta entornada. De ella salían ruidos y una luz. Minerva aceleró el paso y los adelantó.

Metió la mano por dentro de la chaqueta, con un movimiento rápido e instintivo. De pronto recordó que estaba en Milán y no tenía pistola.

Susurró improperios mirando al techo y cerró los puños. No tenía ninguna intención de que ese hombre se le escapara. Estaba convencida de que, esta vez sí, llegaría a tiempo para detener al asesino contratado por Su Eminencia.

Costase lo que costase.

Empujó la puerta y entró en tromba en la estancia.

No gastó tiempo en mirar qué ni quién había dentro.

—¡Matteo Micheletti, quieto, policía! —gritó Minerva.

Al primer paso, la inspectora se detuvo. Un estrépito se escuchó en la estancia. Una botella de cristal cayó al suelo y se rompió en mil pedazos, liberando un líquido oscuro.

El ruido cogió desprevenidos a Stan y a Tilda, que entraron con cautela.

Cuando Stan consiguió enfocar mejor el interior de la sacristía, vio a una mujer temblando.

Iba vestida con una falda negra de tejido grueso y una blusa roja, con un crucifijo de madera encima.

Minerva se le acercó.

—Señora, disculpe. No era mi intención asustarla.

La religiosa asintió, pero su rostro seguía descompuesto por el miedo.

—Buscamos a Don Matteo Micheletti. ¿Dónde lo podemos encontrar? —preguntó Minerva.

—No está aquí.

Minerva asintió.

—¿Y dónde está?

La señora respiró forzadamente, con ganas de que esos forasteros se marcharan de su iglesia.

—Está en el hospital.

Minerva se dio la vuelta y miró a su jefe.

—¿Cómo que está en el hospital, desde cuándo? —preguntó Minerva sin dar crédito a lo que escuchaba.

Si ese hombre estaba en el hospital, solo había dos opciones: o aquello formaba parte del plan de Su Eminencia, o había sido ingresado por una enfermedad.

Si era por esto último, entonces no era la persona que estaban buscando, porque no podía haber estado en dos lugares a la vez: retirando el paquete que le había enviado Judith Delatour e ingresado en el hospital, el mismo día, a la misma hora.

La mujer se giró y miró a Minerva. Sus ojos eran pequeños y marrones. Su pelo era gris, tirando a blanco, recogido en una cola de caballo.

—Lleva ya tiempo allí…

—¿Pero, desde cuándo exactamente? Necesitamos saberlo. Es importante, estamos en medio de una investigación policial. Por favor, ¡conteste!

La señora negó con la cabeza.

—Más o menos desde que es párroco de esta iglesia. Ejerce también en la iglesia del hospital. Cada día celebra la misa allí y también algunos funerales —dijo y miró su sencillo reloj—. Estará en la capilla, dando la misa de la mañana. Si no les importa, ahora tengo que limpiar este desastre.

Minerva bajó la mirada e intentó ayudar a la señora, pero esta le dijo que se fueran y que ya se encargaría ella. Se dio la vuelta y se marcharon, en busca del asesino material de Milán.