No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 18
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Claudio saludó con algo de timidez.

Un hombre barría frente a la iglesia ortodoxa. Llevaba una cazadora sencilla, de esas que se compran en los hipermercados. Unos tejanos anchos y un jersey gris. Debajo, una camisa también gris, a cuadros y una camiseta blanca.

—Hola —dijo Claudio.

—¿Es que no te importa tu maleta? —dijo el hombre, dejando de barrer.

Claudio arrugó el ceño.

—Claro que me importa, ¿por qué?

El hombre indicó la maleta, que se encontraba en el mismo lugar donde Claudio se había sentado, al lado de la jardinera. Desde donde estaban hasta la jardinera, podía haber siete metros, diez a lo sumo.

—Tú no eres de aquí, ¿verdad?

Claudio sonrió.

—No, soy de Trapani.

El hombre asintió y sonrió.

—Ya lo decía yo.

—¿Por qué dice eso?

—Porque, en Milán, como te descuides, te roban hasta los calzoncillos. Una maleta… —dijo y rio bruscamente—. Eso es un caramelo. Yo, en tu lugar, la cogería.

Claudio miró la maleta.

—Pero llevo cuatro cosas y la mitad están para lavar, ¿a quién le puede importar mi maleta?

El hombre puso los ojos en blanco y negó con la cabeza mientras volvía a la tarea que había dejado.

—Tú mismo.

Claudio miró al hombre, se giró hacia la maleta y de nuevo al hombre.

—Está bien —afirmó y se fue a buscarla.

Lo volvió a intentar.

—Hola.

—Chico, ten cuidado, esto no es Sicilia.

—Esto es el norte, en teoría debería ser más seguro y más ordenado, ¿no?

—Claro, lo que tú digas. Pero si quieres un consejo, no dejes nunca de mirar dónde tienes la maleta, la cartera y el reloj. Esto es el salvaje Oeste.

—Está bien, gracias. Lo que quería preguntarle es si sabe dónde está San Carlo Borromeo.

El hombre se detuvo y apoyó sus dos brazos en el palo de la escoba.

—Pues ahí lo tienes, lo has encontrado.

Claudio sonrió.

—Ya, pero no estoy buscando una estatua. Estoy buscando una iglesia o algo parecido.

El hombre lo estaba mirando fijamente, estudiándolo.

—Llevo casi tres décadas viviendo en esta bendita ciudad y, que yo sepa, no hay ninguna iglesia de San Carlo Borromeo. Por lo menos en Milán. En los pueblos supongo que sí.

—No, tiene que ser aquí.

—Pues creo que no. Tiene gracia que vengan de fuera, como tú, a reconocer a las grandes personas que han hecho el bien por esta ciudad.

Claudio asintió.

—Suele ser así, nadie es profeta en su tierra.

—Exacto, y con San Carlo Borromeo sucedió lo mismo. No obstante, yo creo que hay algo que podría interesarte…

Claudio abrió los ojos de par en par y dio un paso adelante, dejando la maleta atrás. Al darse cuenta, alargó la mano y la volvió a poner a su misma altura.

—Veo que aprendes rápido —dijo el hombre.

—Dígame a qué se refiere, por favor, necesito seguir con mi investigación… —dijo Claudio sintiéndose como un auténtico investigador de los true crime que tanto le gustaban.