17
Stan y Tilda siguieron a Minerva por la suite presidencial del Four Seasons .
Minerva se sentó en la silla del escritorio. La suite disponía de todo tipo de lujos, incluso de una habitación para huéspedes con baño propio, sofá, minibar, cama King size y un televisor de gran formato colgado en la pared.
La inspectora tenía el ordenador encendido y lo había conectado con el televisor. En la pantalla aparecía una persona de espaldas.
—Como os decía, ya sabemos quién es nuestro hombre —explicó Minerva y señaló la imagen—. Pero sola no lo hubiera conseguido. Saludad a Fritz.
Los otros dos se giraron hacia la pantalla y levantaron la mirada. En la pantalla solo se podía apreciar la parte posterior de una butaca. De pronto, la persona se giró y apareció el informático forense de la DAS de Madrid.
—Hola, jefe —dijo con su acento alemán, mientras se enroscaba en el dedo la punta de su bigote—. Tilda, mis respetos.
Stan, en vez de sentirse feliz de verlo, se acercó al televisor y lo apuntó con el dedo.
—¡Tú! ¡Traidor! Me metiste en un avión directo a París sin decírmelo, sin darme la posibilidad de decidir, ni de pensar.
Fritz puso los ojos en blanco.
—Stan, la cámara está en el portátil, no en el televisor —dijo Minerva.
Stan se acercó al ordenador y repitió lo mismo.
—Jefe, te necesitaban en Francia —respondió Fritz—. Si te lo hubiese explicado, no habrías querido subirte al avión, ¿o sí?
Stan contuvo la respiración. Se estaba poniendo cada vez más rojo.
—Stan, déjate de tonterías —lo interrumpió Minerva—. Fui yo quien te metió en ese avión diciéndote que era un tren, Fritz no tuvo nada que ver con eso. Lo que importa es que hemos encontrado a nuestro hombre. Mirad.
En la pantalla, se redujo la imagen de Fritz. En primer plano apareció otra, más oscura, del interior de un edificio.
—Aquí estamos en la oficina central de correos de Milán.
Aquí, nuestro hombre se va después de haber recogido el paquete que le envió la asesina de París, la mujer del alcalde, Judith Delatour —dijo indicando con un bolígrafo en el centro de la pantalla, donde había un hombre de negro, con un gorro de lana y unas gafas de sol—.
Luego, este hombre salió y aquí entra en juego Fritz.
Entonces empezó a hablar el informático.
—¡Ha sido un juego de niños! Entrar en las cámaras de seguridad de esta ciudad es el paraíso de los hackers.
No sé en qué piensan estos italianos… Tanta pizza y tanta tarantella , pero poca seguridad —dijo negando con la cabeza—.
En fin, he podido seguir a este individuo hasta un cajero automático.
Y tenemos una foto muy clara y nítida del hombre —afirmó orgulloso—. ¿Adivináis quién puede ser?
Stan bufó y Tilda respondió.
—¿Qué has descubierto, Fritz?
—Es un cura. De negro, y con alzacuellos, lo que hace imposible no reconocerlo.
Stan se acercó.
—¿Qué más, Fritz?
La imagen de la pantalla cambió. De pronto, un programa tenía la imagen del cajero automático y, al lado, la de una base de datos que parecía la del Vaticano.
—Se llama Matteo Micheletti —afirmó Fritz y chasqueó la lengua—. Actualmente es el cura de una pequeña iglesia en la periferia de Milán. La iglesia es… —dijo y buscó en sus apuntes, pero Minerva lo dijo antes de que el alemán lo encontrara.
—Beata Vergine Adorata di San Siro.
Stan y Tilda se giraron hacia Minerva.
—¿Y eso dónde está?
—A unos siete kilómetros de la ciudad, unos treinta minutos de coche con el tráfico actual —dijo Minerva.
Tilda sacó el móvil y buscó un contacto.
—Vamos, no hay tiempo que perder.
—¿A quién llamas? —preguntó Minerva.
—Al servicio de chófer del hotel. Vamos bajando —dijo Tilda dándose la vuelta.