No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 16
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Rufus se sentó de nuevo.

La cafetería Cantun seguía en silencio; los clientes estaban concentrados en la pantalla de su móvil o entretenidos con algún periódico. En cambio, el tráfico milanés seguía siendo intenso a pesar de la niebla, a pesar del frío y a pesar de la pregunta que había dejado helado a Rufus.

Asombrado, con los ojos muy abiertos, Rufus se sentó de nuevo y apoyó los dos grandes y fuertes brazos encima de la mesa.

Estiró el cuello. Lo tenía corto, ancho, y parecido al de un toro.

—¿Cómo sabes eso de Su Eminencia?

Matteo no sonrió. Ni siquiera respiró, aguantó la respiración hasta que tragó saliva.

—Lo sé… y punto.

—Como no me lo digas, te voy a arrancar esa cabecita que tienes.

Matteo bajó la mirada a su café. Cogió la tacita de espresso y dio el último sorbo.

El líquido negro ya estaba muy frío. Al dejar la taza, el platito se tambaleó un poco, demostrando que estaba nervioso.

Matteo sabía que estaba estirando demasiado la cuerda.

Pero también sabía que ese hombre brusco que tenía delante no pensaba arrancarle la cabeza, porque lo necesitaba para su cometido. No obstante, Rufus imponía y mucho.

—He deducido que Su Eminencia no se encuentra bien —respondió Matteo.

—Esa no es una respuesta —indicó Rufus apretando los puños, con tanta fuerza que su piel olivácea se puso de color blanco en los nudillos—. ¡¿Dónde, cómo?!

Matteo parpadeó.

—La última vez que hablé con Su Eminencia, me pareció que estaba en un hospital.

—¿Cómo sabes que estaba en un hospital? ¿Te lo dijo Su Eminencia? —preguntó Rufus extrañado.

Matteo negó con la cabeza

—Se oía de fondo el pitido de un monitor cardíaco.

Nadie tiene eso en casa. Bueno, a lo mejor podría estar en casa si estuviera enchufado o entubado.

Me pregunto si su situación ha empeorado, porque ya no me llama.

Y ahora… —dijo y levantó la mano indicando al pitbull humano—, has aparecido tú en su lugar. Simple deducción.

Rufus dejó de apretar los puños.

Bajó la mirada y se reclinó en la silla. Miró rápidamente a su alrededor. El camarero entregó un pedido a una mesa de detrás y se marchó de nuevo.

Rufus dejó de seguir de soslayo al camarero y levantó de nuevo la mirada hacia Matteo.

—Su Eminencia se encuentra en óptima forma. Esto es todo lo que tienes que saber.

—¿Y el monitor cardíaco?

—Puede que fuera una coincidencia, un sonido de la televisión, no sé qué pudo ser. Yo solo sé que Su Eminencia está como un roble.

Matteo asintió.

—Nunca me habló de ti. ¿Por qué has aparecido de pronto?

Rufus estiró el cuello hacia lo alto y sacó pecho.

—Yo soy solo una ayuda de campo. Estoy aquí para ayudarte a que la operación salga bien.

Por eso tienes mi número, por si necesitas mi intervención, mi ayuda o lo que sea.

—Alargó una mano y lo apuntó con el dedo—.

Nuestro trabajo es completar esta misión como está programado y entregar un mensaje claro y sin precedentes a nuestros hermanos que han perdido el camino. ¿Entendido?

Matteo volvió a asentir. Y sin decir nada más, Rufus se levantó y se marchó.

Matteo, sentado, suspiró. Siguió con la vista a Rufus, hasta que desapareció por una de las calles que empezaban en la plaza.

Las palabras de Rufus se le quedaron en la mente. Como buen soldado de Dios, Rufus intentaba dar una imagen de tranquilidad, pero Matteo estaba seguro de que a Su Eminencia le estaba pasando algo. No tenía dudas. Y por mucho que Rufus lo negara, no consiguió que cambiara de idea.

En definitiva, todo eso era secundario: él tenía una misión y debía llevarla a cabo. Esa noche empezaba todo y se tenía que apresurar, o no le daría tiempo de completar la voluntad divina. La primera de las voluntades divinas que tenía asignadas.

Se levantó y se fue también.

Rufus acababa de disparar el pistoletazo de salida.