No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 15
18%

15

Recién llegado de Roma, Claudio fue directamente al centro de la ciudad.

No se dejó impresionar por las calles elegantes ni los monumentos del centro de Milán, porque él iba directo a algo que había encontrado en la web.

San Carlo Borromeo no tenía ninguna iglesia a su nombre. No. A pesar de haber leído las mil maravillas que había hecho por la ciudad, se encontró con que a ese pobre hombre no le habían dedicado ni una pequeña capilla, ni una ermita. Nada.

Sin embargo, no muy lejos del centro, Claudio había encontrado un lugar que le llamó la atención.

Esa era su meta mientras caminaba por Via Orefici .

Se cruzaba con transeúntes, la mayoría elegantes, con abrigos y sombreros sofisticados.

Las mujeres caminaban con porte y delicadeza, como si las calles fueran una pasarela.

Luego estaban los turistas, que destacaban por su falta de elegancia y estilo. No porque fueran mal vestidos, no era eso; pero algo hacía que desentonaran al verlos junto a los milaneses.

Giró por Via Cordusio y siguió entre oficinas y tiendas elegantes de ropa, hasta la plaza que buscaba.

Cuando llegó, leyó la placa de mármol blanco: Piazza Borromeo .

Una vez allí, caminó hasta la fachada de una iglesia. La indicación era correcta, la estatua del ilustre hombre estaba allí, delante de él. Justo al lado de una iglesia ortodoxa.

¿Qué podía hacer allí esa estatua?

¿Por qué un santo católico estaba justo al lado de una iglesia de otra fe?

La estatua era imponente. El santo aparecía sujetando una cruz, en una posición que se acercaba al cielo, buscando la mirada de Dios.

—¿Por qué me ha enviado aquí Su Eminencia? —susurró Claudio—. ¿Qué hay aquí que quiere que vea? —se preguntaba mientras miraba a su alrededor—… Si es que aquí hay algo…

Claudio negó con la cabeza.

Sujetaba la maleta con sus pertenencias mientras miraba el móvil y lo que había a su alrededor, como en una búsqueda del tesoro.

Leyó la placa de mármol que estaba en la base de la estatua, buscando una pista, un enlace de ese lugar con el vídeo que Su Eminencia había publicado. No encontró nada.

Se rascó la cabeza y decidió alejarse de la iglesia y de la estatua, para tener una visión más amplia del lugar.

Al final se sentó en el borde de una jardinera y pensó.

Nada allí parecía ser un mensaje para él.

Bufó.

«¿Qué te esperabas?», pensó en su interior. «¿Que te dejaría una nota indicando que la próxima parada era el cofre del tesoro y dentro estaba el pasaporte de Su Eminencia y una nota donde encontrarlo?».

Ladeó la cabeza. Se sintió un ingenuo y algo perdido.

Estaba en el centro de Milán, sin lugar donde dormir, sin nadie y, sobre todo, sin nada para seguir su búsqueda.

Pero entonces vio a un hombre que salía de una puerta, se acercaba a la fachada de la iglesia ortodoxa y comenzaba a barrer el suelo.

Se lo quedó mirando por más de un minuto, hasta que admitió que no perdía nada por ir a hablar con ese hombre.