No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 14
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Stan se quedó atrás por un momento, mirando el hotel que había justo delante de ellos.

—Vamos, ¿a qué esperas? —le dijo Minerva—. Tilda nos está esperando.

Stan, a pesar de haber estado varias veces en esos hoteles de cinco estrellas y de gran lujo, no se acostumbraba del todo a ellos.

Los veía como un territorio desconocido, casi hostil.

Él iba con una gabardina vieja, como los inspectores de policía de otros tiempos.

En cambio, Minerva, con su ropa moderna, negra y sin marcas, se mimetizaba sin problemas.

—Vamos —lo llamó Minerva.

Entraron en la recepción. A Stan le pareció que entraba en el mismo hotel de Madrid y de París.

Eran como calcos. Seguramente, si hubiera compartido esa sensación con Minerva o con Tilda, le habrían recriminado que no se fijaba en los detalles.

Pero a él realmente le parecían todos iguales.

Preciosos, perfumados, con gente elegantísima… pero todos iguales.

Un amable y sonriente botones, que ya los estaba esperando, cogió sus maletas y los acompañó hasta la habitación de Tilda.

Llamó a la puerta y esta se abrió proyectando un haz de luz, deslumbrándolos.

—Queridos… —dijo Tilda, recibiéndolos con los brazos abiertos—. Entrad, por favor.

Minerva fue la primera en entrar, adelantándose al botones. Se acercó a la periodista y se abrazaron efusivamente.

—Ha pasado tan solo un día, pero ya te echaba de menos, Minerva —dijo Tilda.

—¿Dónde dejo las maletas? —preguntó el botones.

Tilda le indicó un punto del vestíbulo de su habitación.

—Allí mismo —dijo y le acercó la mano cerrada—. Gracias. Por ahora eso es todo.

El hombre la saludó alejando los dedos de la visera del uniforme. Se giró y cerró la puerta detrás de sí.

—Vaya, vaya. Mira por dónde, ya nos volvemos a ver —dijo Stan sin acercarse a ella.

Tilda respetó la distancia del policía y no le dio un abrazo. Les indicó que la siguieran con un gesto.

—Venid, os enseño la habitación —dijo abriendo la puerta de la estancia y dejando atrás el vestíbulo—. Al saber que veníais, he cambiado mi habitual suite por la presidencial. Minerva, esta es tu estancia. Puedes dejar tu ropa allí.

La inspectora dio un vistazo rápido y se giró hacia la periodista.

—¿Qué quieres decir con “tu estancia”?

—Pues lo que he dicho, que te puedes quedar aquí a dormir, si quieres —dijo, pero Minerva seguía sin entender—.

Ya lo sabes, en Milán no hay DAS, así que necesitaremos un cuartel general.

Podemos usar esta habitación como base de investigaciones y así ahorraremos tiempo —afirmó y señaló un escritorio—.

Ahí tienes un ordenador con conexión a internet y un lector de DVD externo —indicó y se acercó a Minerva—.

No sabes lo que me ha costado encontrarlo. La gente ya no usa esos chismes.

Minerva sonrió, pero no contestó. Simplemente se acercó al ordenador y, sin esperar ni un minuto, introdujo el DVD con las grabaciones de las cámaras que habían conseguido y empezó a repasarlas.

Tilda, mientras tanto, se dio la vuelta y regresó a la estancia principal. Allí, Stan seguía de pie, con su maleta aún en la mano.

—Puedes relajarte un poco —dijo Tilda mientras se sentaba en un sofá.

—Me relajaré cuando tengamos a Su Eminencia entre rejas.

Tilda asintió.

—¿Y no has pensado que quizá no conseguirás detenerlo?

Stan se giró. Dejó de mirar por la ventana que daba al claustro ajardinado, con sombrillas blancas.

—Me cuesta dormir por la noche, Tilda.

—¿Por qué?

—Porque temo que no lo podamos coger y que lleve a cabo todo su maldito plan —afirmó y dio un paso hacia ella—. Si cada mensaje es un mandamiento y, por cada mandamiento, hay tres o cuatro víctimas, entonces estamos hablando de casi cuarenta personas que morirán. ¿Te das cuenta?

Tilda asintió y con un gesto le indicó que se sentara a su lado.

Stan aceptó.

Los dos se miraron a los ojos.

—Ya te echaba de menos —dijo ella provocando una tímida sonrisa al inspector—. Tenía ganas de volverte a ver.

Al decir esas palabras, Tilda apoyó su mano en la de Stan.

Él no quitaba sus ojos de los de la mujer.

—Le he dicho a Minerva que os podéis quedar aquí. Tienes una habitación para ti, o si prefieres… —dijo ella, y sus mejillas se sonrojaron levemente por un instante.

—¿Sí? —preguntó Stan.

—Si lo prefieres, puedes quedarte a dormir en mi habitación.

Stan subió las cejas.

—No vas con rodeos, ¿verdad, Tilda?

—Ya hemos pasado el ecuador de la vida, Stan. Eso de perder el tiempo no va conmigo. Quiero saber si estamos o no estamos. No hay medias tintas, Stan.

A Stan le pareció extraño que esa frase saliera de los labios de Tilda. Era posible que no la conociera tan bien como para prever todas sus reacciones, pero su olfato de investigador estaba oliendo a chamuscado.

—Espera, espera. ¿Esto es un ultimátum o algo parecido? No lo entiendo.

Ella no respondió enseguida.

—¿Es que hay alguien más? —preguntó Stan—. Es eso, ¿verdad? ¿Hay alguien más?

Al oír la pregunta, fue Tilda la que se quedó sorprendida.

¿Cómo podía haber olido eso? ¿Cómo podía haber intuido esa situación?

De repente, le pareció que se había equivocado al decirle aquello.

Tragó saliva y le devolvió la mirada.

—¿Cómo se llama?

—Michael Lee.

Stan asintió.

—Entiendo.

—No, no puedes entender nada, porque no te he dicho nada.

—No hace falta, es suficiente —dijo Stan—. La verdad es que supongo que es mejor así. Yo vivo en Madrid y tener un novio en Londres es mucho más práctico.

Tilda se levantó de golpe.

—No es practicidad. Quiero estar contigo, pero yo no puedo hacerlo todo en una pareja.

La discusión fue interrumpida por la irrupción de Minerva en la estancia. Su cara de total asombro llamó la atención de los dos.

—Venid, ya lo tenemos. Ya sé quién es nuestro hombre —dijo Minerva entusiasmada.