No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 13
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A pesar del toldo, en la terraza hacía mucho frío.

Los dos hombres se miraban intensamente, estudiándose. Los dos iban envueltos en abrigos pesados que los protegían de la inclemencia del tiempo.

El invierno en Milán era rígido. El viento frío de los Alpes bajaba hacia la Pianura Padana y arrollaba la ciudad más importante del norte de Italia.

Ciertas mañanas los milaneses también se despertaban con niebla.

No tanta como hacía años, y mucho más liviana que aquella descrita por la pluma de Giorgio Scherbanenco en sus relatos, en los que hablaba de un Milán atrapado en una tenaza de frío y sumergido en una densa niebla.

El camarero salió del local y dejó dos cafés sobre la mesa.

Los dos hombres se distrajeron al verlo llegar.

Uno, el más corpulento, miró al camarero y no dejó de observarlo hasta que regresó al bar. El otro, en cambio, bajó la mirada y cogió la pequeña tacita de porcelana blanca. La envolvió con las dos manos, para calentarse.

—No necesito saber tu nombre —afirmó el primero—. Es más, no quiero saberlo.

El otro levantó de nuevo la mirada y asintió.

—Me puedes llamar Matteo —dijo y el otro gruñó—. ¿Y yo cómo te tengo que llamar?

—No me vengas con formalismos. No tenemos que ser amigos.

—No es por ser amigos, es para que podamos llamarnos de alguna manera, ¿no crees? Tenemos una misión conjunta.

El otro hombre gruñó otra vez.

—Su Eminencia me llama Rufus —indicó el hombre con voz grave, profunda y directa—. Puedes llamarme así.

—Rufus… —dijo el otro, casi suspirando—. ¿Qué te ha pasado en las orejas, Rufus?

El hombre corpulento bebió el espresso de un solo sorbo.

Dejó la tacita en el plato y miró al otro hombre.

—Vayamos al grano. No tengo tiempo para esas tonterías —respondió tajante—. Quiero que me expliques cómo va la misión.

Matteo, que había adoptado el nombre del apóstol de Jesús, bajó la mirada al café.

Miró fijamente el líquido y decidió dar un trago.

Al dejar la tacita en el plato otra vez, levantó la mirada y, antes de contestar, miró a su alrededor.

Lo que iba a decir era demasiado importante como para que los demás clientes de la terraza de la cafetería se enterasen.

Cantun era un local que hacía esquina en plena plaza Giorgio Ambrosoli.

Lo habían elegido al azar; era un local como otros.

A pesar de ser muy concurrido y tener un café y pastas deliciosas, los dos hombres solo lo usaban como punto de encuentro por estar en una zona de Milán estratégica para ambos.

—Lo tengo todo controlado.

—Quiero que seas más detallado en tus explicaciones —respondió Rufus.

—Está bien —aseguró Matteo alargando el cuello y acercándose al otro hombre, que parecía un pitbull en versión humana.

En la terraza había más gente, pero estaban prudencialmente lejos. Aun así, Matteo se acercó a Rufus y bajó la voz.

—Ya tengo al primero.

Rufus asintió.

—Bien, tendrá que ser hoy.

Los ojos de Matteo se abrieron de par en par.

—¿Hoy? —preguntó con voz algo trémula.

Rufus asintió sin dejar de mirarlo fijamente.

—Hoy —afirmó.

—Su Eminencia no me ha llamado para decirme…

—Su Eminencia no te va a llamar. Ya te lo he dicho yo —afirmó Rufus y sacó un móvil naranja, pequeño, de usar y tirar—. ¿Lo tienes?

Matteo asintió lentamente y sacó de su abrigo el móvil, que era exactamente igual al de Rufus. Exactamente igual al que había tenido Román en Madrid, y Judith en París. Todos lo recibían por correo para comunicarse sin dejar rastro con el jefe, Su Eminencia.

—Bien, mañana te llamaré para concretar el resto —afirmó y guardó el móvil—. No lo pierdas. No se lo dejes a nadie. No lo dejes sin batería. No lo dejes en casa. Siempre lo debes llevar encima, no hay excusas, hasta al lavabo tienes que llevártelo, ¿está claro?

Matteo asintió.

Rufus hizo ademán de levantarse, pero Matteo le cogió de la mano para retenerlo.

—Espera.

—No me toques —afirmó Rufus con contundencia, aunque en voz baja—. Ni se te ocurra volver a tocarme.

La frase, aún ahogada, hizo que los demás comensales de la terraza se girasen.

—Perdona.

—Mira lo que has hecho. Has hecho que nos miren todos. No vuelvas a tocarme, ¿está claro?

Matteo bajó la mirada y asintió, pero volvió a mirar a Rufus enseguida.

—¿Qué quieres?

Matteo tragó saliva.

—Quiero que sepas que estoy muy contento. Estoy listo para servir a Nuestro Señor y a la causa de Su Eminencia —dijo con euforia controlada, conteniéndose para no llamar más la atención—. No quepo en mí de felicidad. Seré pulcro. Seré meticuloso. No le fallaré a Su Eminencia, ni a ti.

A Rufus le dio la impresión de que, si no hubiesen estado en un local público, el tal Matteo se habría puesto a saltar para demostrarle muy efusivamente o, mejor dicho, demasiado efusivamente, lo que sentía.

—Matteo —dijo Rufus muy serio, con las cejas bajas—. Esto no es una excursión escolar. No vamos a un parque de atracciones. Se trata de la religión, se trata de la vida y de la muerte, se trata de los mandamientos, se trata de dejar un legado, ¿lo comprendes?

Matteo asintió, con una sonrisa que no pudo evitar.

—Perfectamente.

«Que Nuestro Señor nos ampare», pensó Rufus. ¿Dónde había encontrado Su Eminencia a ese tipo?

—Quiero conocerlo —dijo, dejando desubicado a Rufus.

—¿A quién?

Matteo contestó con una sonrisa.

—A Su Eminencia. Quiero conocer a Su Eminencia, ¿a quién si no?

Rufus lo miró fijamente y en silencio. Tenía los ojos pequeños, separados y claros.

Posiblemente de un verde grisáceo, como un hielo sucio.

A Matteo, le recorrió una sensación extraña por el cuerpo.

Una descarga eléctrica le erizó el vello y lo estremeció.

No sabía quién era ese hombre y cómo podía estar relacionado con Su Eminencia.

De no saber que estaba involucrado en el cometido divino, le habría parecido un descargador de puerto.

Podría pasar por un viejo boxeador venido a menos, un portero de discoteca de los que te echan a la calle sin despeinarse.

Viniese de donde viniese, aquel hombre intimidaba. Y mucho.

—A Su Eminencia no lo vas a conocer —respondió Rufus sin pestañear—. Tu cometido no es conocer a Su Eminencia; es simplemente ejecutar su voluntad, y llevar a cabo nuestra Misión Divina. Nada más. Ni nada menos. Así tendrás de vuelta lo que Su Eminencia te ha concedido.

Matteo asintió, aunque la respuesta no le había servido.

—Entiendo. Soy solo un peón.

Rufus suspiró y arrugó el ceño. Estaba a punto de marcharse, pero sintió que en ese momento debía dedicar un minuto más a esa persona, a esa ficha del dominó que formaba parte del plan de Su Eminencia.

Si Matteo no realizaba su parte, el resto del plan no se podría llevar a cabo.

Faltaría un mensaje, un mandamiento, una pieza importante del puzle que llevaban años estudiando minuciosamente.

—Eres un soldado de Dios. Como yo, como Su Eminencia. Todos somos importantes. Tienes que realizar hoy la primera parte y mañana volveremos a hablar —le dijo contundente, sin una esquirla de indecisión—. Su Eminencia cuenta contigo, ¿está claro?

Matteo no pudo más que asentir.

—Me tengo que ir y tú tienes trabajo —continuó Rufus—. Deus sit laudatus.

Matteo no respondió.

—¿Qué te ha pasado en las orejas? —volvió a preguntar.

—No te importa —respondió Rufus y se levantó.

—Sí que me importa. Siempre me ha interesado saber con quién trabajo. ¿Quién eres tú?

Rufus se levantó. No le gustaban todas esas preguntas. Las personas curiosas a menudo acaban mal.

Cuando estaban a punto de despedirse, Matteo hizo una pregunta que Rufus no se esperaba; tanto, que lo hizo volver a sentarse.

—¿Cómo se encuentra Su Eminencia? —dijo—. Estoy seguro de que no se encuentra bien, ¿verdad? Llevo demasiado tiempo sin escucharlo.