12
—¿Milán? —preguntó Claudio—. ¿Por qué Milán?
—Aparte del vídeo se ha publicado un artículo en el periódico —explicó Mangiafuoco—, que dice que este blasfemo debería encontrarse en Milán ahora mismo.
Claudio asintió.
—Su Santidad me ha dicho que confía en usted —continuó Mangiafuoco—. De modo que tendrá que ir allí a investigar. No podemos permitir que esto continúe, ¿lo entiende, verdad?
—Claro —respondió.
El cura que se ocupaba del proyector dejó el mando y se sentó de nuevo. El cardenal, por su parte, se levantó y se acercó al seminarista.
—Si Su Santidad confía en usted, yo también —dijo apoyando su pesada y enorme mano en el hombro de Claudio.
—Sí, pero, espere… Anoche dijo que ustedes sabían algo. ¿Sospechan de alguien en concreto?
Mangiafuoco bufó.
—Hemos analizado con detenimiento todos los artículos de esa periodista británica, así como las muertes y cómo actúa este individuo, y…
—¿Y? —preguntó Claudio.
El cardenal bajó la mano.
—Como le dije, creemos que es alguien de dentro.
Alguno de nosotros —dijo mirando al otro cura, que desvió la mirada—.
Alguien del Vaticano o, al menos, de la Iglesia.
Pensamos que se trata de una cruzada personal.
Además, tiene recursos; no se puede organizar algo así sin dinero.
Y, sobre todo, no hay que dejarse embaucar por las apariencias.
Ese inmundo ser despreciable tiene un objetivo oscuro.
Se escuda en la voluntad de Dios y los Mandamientos, pero el quinto mandamiento es claro: no matarás.
Sin embargo, él hace justamente lo contrario.
Lo que hace este individuo no tiene nada que ver con la fe, y es necesario que la gente lo entienda.
Ese tal Su Eminencia no representa a la Iglesia. Debemos dejarlo bien claro.
Claudio asintió.
—Por supuesto.
—Bien. Entonces vaya inmediatamente a Milán, y haga la voluntad del Santo Padre.
Claudio arrugó el ceño.
—¿Inmediatamente?
—Sí, ahora mismo. Recoja sus cosas y lo acompañarán a la estación. Cogerá el primer tren de alta velocidad que salga hacia Milán.
Dicho eso, Mangiafuoco sacó una tarjeta de visita y se la tendió.
—Si necesita algo, cuenta con todo el apoyo del Vaticano —dijo y Claudio quiso coger la tarjeta, pero el cardenal la mantuvo entre sus dedos unos segundos más, mientras lo miraba fijamente—. ¡Todo! ¿Me ha entendido? No importa lo que necesite, pero esto tiene que acabar cuanto antes.
Claudio asintió.
—Bien —concluyó Mangiafuoco entregándole la tarjeta, y se marchó sin más.
Claudio miró la tarjeta de visita. Era de color blanco amarillento. Llevaba el escudo de la Ciudad del Vaticano por un lado. En el otro estaba el número de teléfono y el nombre completo de Mangiafuoco, junto a su cargo como secretario personal del papa.
El cura, que seguía en la sala, le indicó que lo siguiera.
Después de recoger sus pocas pertenencias y meterlas en la maleta, fue acompañado por un coche hasta la estación Termini y, tal y como había indicado Mangiafuoco, subió en el primer tren.
Se sentó en unos anchos asientos de piel gris. El Iryo surcaba velozmente los campos, dejando atrás la capital de Italia, rumbo a la capital de la moda y de las finanzas italianas.
Cuando llevaban menos de media hora de viaje le sirvieron una bandeja con varios platos de comida.
Disfrutó del inesperado banquete con inmenso placer.
Cuando terminó, retiraron todo menos el café que aún estaba saboreando.
Entonces regresó a la página del The Britannia Post y leyó el artículo de Tilda otra vez, repasando palabra por palabra.
Leyó también la trascripción del texto del vídeo.
Estaba convencido de que había algo más de lo que saltaba a simple vista.
Tenía esa sensación desde que había visto el primer fotograma del vídeo.
Se fijó mejor en la iglesia del fondo. No era un experto en inteligencia artificial, ni mucho menos, pero había un compañero del seminario que sí la dominaba.
Este había realizado fotos y algún vídeo y le hablaba constantemente de los programas que usaba.
También le había explicado que, con ellos, uno podía generar imágenes que mostraran cualquier cosa que uno quisiera.
Se podía elegir la luz, los estilos, los ambientes y con todo eso, componer las instantáneas más bizarras que a uno se le ocurrieran.
Sonrió recordando cómo su compañero había generado una imagen de San Francisco paseando por el zoo de Nueva York, y otra del papa Wojtyla deteniendo a un toro con la cara del presidente de Estados Unidos.
Después se representó a él mismo, contemplando la escena de la crucifixión en Jerusalén, dos mil años antes.
Todas esas fotos parecían reales, pero no lo eran.
Claudio se dijo que, si Su Eminencia había elegido cierta iglesia para el fondo, seguramente no fuera por una cuestión de azar.
Empezó a investigar qué iglesia era, pero fue como buscar una aguja en un pajar.
Luego hizo un pantallazo con el móvil. Recortó la cruz y el rosetón.
Los metió en Google y esperó a que el buscador hiciera su magia.
A los pocos segundos obtuvo lo que estaba esperando.
Se trataba de una iglesia del interior de Sicilia, en una ciudad pequeña.
La iglesia estaba dedicada a San Carlo Borromeo.
Claudio levantó la mirada. Las casas, cerca de la vía del tren, pasaban a toda velocidad.
Dentro del vagón, en los asientos separados entre ellos, varias personas leían periódicos, miraban sus móviles o alguna película que daban por las pantallas.
Pero a él no le interesaba nada de eso. Toda su atención estaba centrada en saber más sobre San Carlo Borromeo.
Buscó qué relación podía tener aquel santo con Su Eminencia, y pronto apareció la respuesta. Claudio negó con la cabeza, dándose cuenta de nuevo de que Su Eminencia nunca dejaba nada al azar.
San Carlo Borromeo fue arzobispo de Milán.
En su época reformó la Iglesia y combatió la corrupción y los abusos.
Buscó la verdad y vivió de forma muy austera.
Fue todo un referente en la Iglesia católica.
Pero el detalle más importante era que este santo había vivido en Milán, y Milán era su destino.
En la pantalla, delante de su asiento, aparecían los kilómetros que faltaban para llegar.
San Carlo Borromeo había vivido buscando la verdad.
La verdad…
El octavo mandamiento: «No darás falso testimonio ni mentirás».
Al final del vídeo se leía: «No mentirás».
Estaba claro: el siguiente mandamiento sería el octavo.
¿Qué mentiras escondía Milán, según Su Eminencia?
¿Cuál era el castigo que, en su opinión, debía sufrir Milán?
Y lo más importante, ¿quiénes serían los próximos blancos del asesino?
Esas preguntas le estaban produciendo un dolor de cabeza terrible.
Después de darle muchas vueltas, llegó a una conclusión. Fue justo cuando llegaba a Milán, a la Stazione Centrale .
Comprendió que ese vídeo iba dirigido a él. A Claudio.
Había elegido el rostro de Monseñor Bevilacqua porque era una clara referencia a su seminario. Pero iba vestido de cardenal, en un claro indicio de que era él, Su Eminencia, quien hablaba.
El tren se detuvo lentamente.
El trayecto se había acabado. Al bajar de ese tren, Claudio se sintió como si Su Eminencia lo estuviera esperando. Para bien o para mal, así era.
Cuando pisó el andén, se preguntó adónde tenía que ir. No sabía dónde empezaría la primera etapa de su visita milanesa. Caminó hasta la salida, entró en un bar para ganar tiempo y pidió un espresso .
Después de meditar un poco, pensó que el primer paso podía ser visitar una iglesia o algún otro lugar que hiciera referencia a San Carlo Borromeo de Milán.
Quizá eso le ayudaría a entender un poco mejor el mensaje que le había dejado Su Eminencia.