11
A Minerva aún le dolía la mano de lo fuerte que se la había apretado Stan durante el vuelo. Se la masajeaba mientras esperaba turno para subir a un taxi.
—Eres una exagerada —dijo Stan, mirándola.
Ella optó por no responder, porque le habría faltado al respeto.
Stan, en cuanto salió del aeropuerto de Milano Linate , se encendió un cigarrillo. Para él, volar era una tortura aún peor porque no le dejaban fumar. Echaba de menos los años setenta y ochenta, cuando aún se podía fumar a bordo de los aviones.
—¿No quieres mi teléfono para llamar a Tilda? —le preguntó Minerva, porque él no usaba teléfono móvil.
Stan negó.
—Luego lo haré, desde el hotel.
Ella asintió.
—¿Estás bien?
Su jefe se giró y la miró intensamente.
—Yo siempre estoy bien.
Ella aguantó una risita.
—Siempre que estás en tierra firme, querrás decir.
Stan puso los ojos en blanco. Justo entonces, un taxista los llamó con la mano. Metieron las maletas en el maletero y subieron al vehículo.
Desde Linate hasta Via Cordusio se tardaba unos cuarenta minutos. Fritz les había conseguido unos billetes de British Airways en primera clase que, seguramente, costaron una fortuna a la Interpol. Gracias a eso, a la hora de comer ya estaban en la ciudad transalpina.
El taxi siguió una carretera recta hasta entrar en el centro de la ciudad, y la forma de conducir del taxista habría hecho vomitar a Minerva si no hubiera tenido la precaución de comer algo en el avión.
El conductor sorteaba coches y pitaba a los peatones que intentaban cruzar por los pasos de cebra. Insultaba a motoristas y gente con patinete. Y encima, las calles estaban llenas de socavones.
Por todo ello, el primer contacto de Minerva con la ciudad de Milán fue algo accidentado. Le gustó tan poco el viaje en taxi que, cuando se detuvo delante de la sucursal de correos italiana, se bajó como si le ardieran los pantalones.
Una vez el taxista giró hacia el Duomo, por Via Orefici, Minerva miró a Stan.
—¿Crees que todos los italianos conducen tan mal?
Stan se rio.
—Supongo que no, pero ahora sabes lo que siento yo cuando viajo en avión —afirmó con retintín—. Venga, vamos.
Entraron y preguntaron por el responsable de seguridad. Necesitaban ver las cámaras de vigilancia del establecimiento.
Sabían la casilla postal y el día que había llegado el paquete.
Apareció un chico joven, apuesto, y con una camisa amarilla con el logo de Le Poste Italiane bordado.
Se presentó como Paolo y les indicó que lo siguieran hasta su puesto de trabajo.
Los dos policías lo siguieron y se quedaron de pie mientras el chico buscaba la información de la casilla postal indicada.
—Miren, el servicio está contratado por un señor que se llama Mario Rossi.
—Mario Rossi —repitió Minerva. Eso ya se lo habían dicho en París—. ¿Tiene la dirección de dónde vive?
Paolo asintió.
—Veamos, aquí tengo su documentación de identidad escaneada.
Cuando la tuvo, se la mostró girando la pantalla.
—Vive en Via Terra , número quince, de Milán.
A Minerva le hicieron chiribitas los ojos.
—¿Está muy lejos de aquí? —preguntó rápidamente—. ¿Podemos ir caminando?
Stan le apoyó la mano en la espalda.
—Recuerda que no podemos actuar solos, tendremos que informar a la policía de aquí primero…
—No pienso compartir este hallazgo con los italianos, que no han movido ni un dedo. Esto es nuestro. La medalla es para nosotros.
—Lo sé, pero necesitamos cobertura policial, no sabemos a lo que nos enfrentamos. Y no vamos armados, las pistolas se las devolvimos al comisario en París.
—Perdón… —interrumpió Paolo.
—Da igual. Vamos, averiguamos y luego informamos. No sé, ya veremos —dijo Minerva, emocionada.
—Señores… —insistió Paolo.
—¿Qué? —preguntaron Stan y Minerva al unísono.
—Lo siento, pero la dirección es falsa. En Milán no existe ninguna calle con ese nombre —dijo, interrumpiendo la euforia de los dos policías—. Y el nombre también es algo sospechoso, si me permiten decirlo.
—¿Por qué? —preguntó Stan, mientras Minerva se pasaba la mano por el pelo.
—Porque Mario Rossi es un nombre muy común en Italia.
La frase le sentó a Minerva como un tiro.
Era lo mismo que les había dicho la mujer de La Poste de París, y no podía ser al azar.
Probablemente, Judith y el que se hacía llamar Mario Rossi se habían conocido a través de Su Eminencia.
Y su intuición le decía que esa persona podía ser el próximo asesino.
En parte, se sintió derrotada. Pero, por otro lado, vio que el patrón era el bueno. Aunque fuera una pista falsa, sintió que iban en la dirección correcta.
Minerva se dio la vuelta. El vestíbulo del establecimiento estaba lleno de gente, a pesar de ser a primera hora de la tarde. Los mostradores estaban llenos de folletos que vendían seguros, créditos personales, servicios de telefonía, y hasta la posibilidad de poder abrir una cuenta corriente.
Mucha gente entraba y salía de ese lugar. Unos iban a retirar paquetes o abrían sus casillas postales. Otros acudían a pagar facturas o comprar sellos.
Ese establecimiento era un lugar perfecto para camuflarse entre la mundana vida de los milaneses. Seguramente había pocos lugares más concurridos donde pasar desapercibido.
Minerva sonrió al llegar a esa conclusión. Estaban muy cerca. Lo sentía.
—De acuerdo, Paolo —dijo Stan—. Si no podemos rastrearlo por la documentación, ¿nos podría facilitar una copia de las cámaras de seguridad de ese día, del día que vino a retirar el paquete?
Paolo asintió y salió un momento.
Desapareció durante casi un cuarto de hora. Luego regresó con un disco de DVD, indicando que allí estaban las grabaciones.
—Lo siento, no son muy buenas, no se le ve la cara.
A Minerva no le importó demasiado, porque ya lo suponía, pero ya era un primer paso.
Dieron las gracias y salieron del establecimiento.
Cuando estuvieron fuera, Minerva se plantó en la calle con el DVD mientras miraba a su alrededor.
—¿Qué pasa, Minerva?
Ella esperó unos instantes antes de contestar.
—Su Eminencia lo planeó todo, Stan, menos que encontráramos ese resguardo en una papelera. Es verdad que todos los mínimos detalles están minuciosamente estudiados, pero Su Eminencia no se podía imaginar que llegaríamos hasta aquí tan pronto.
Stan no perdió ocasión para encenderse un cigarrillo.
—Pues hay que seguir esta pista sin perder tiempo.
Minerva levantó la mano y señaló una dirección con la carcasa del DVD.
—Mira todas las cámaras que hay por aquí.
Muchísimas. Podemos rastrear el minuto que salió de la oficina de correos y se fue.
Seguro que pasó por delante de un cajero, y luego subió a un coche, una moto o un transporte público —dijo con una mezcla de euforia y ambición—.
Aquí empieza todo, Stan, y si lo pillamos a tiempo, conseguiremos salvar vidas.
Cuando Minerva bajó la mano, su móvil sonó.
Un mensaje apareció en la pantalla.
Levantó la mirada.
—Es Tilda.
—¿Y qué dice?
Minerva sonrió.
—Que está en el Four Seasons de Milán, y que vayamos, que nos espera allí —dijo Minerva y bajó el móvil—. Comienza la caza, Stan.