No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 10
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«Inteligencia artificial», pensó Claudio.

En un mundo cada vez más conectado y a la merced de la informática y de la inteligencia artificial, esa tecnología había llegado a alcanzar hasta los comunicados de Su Eminencia.

Claudio había leído en los periódicos sobre la potencia de esa tecnología, que podía crear cosas absolutamente increíbles.

Ese vídeo que habían visto resultaba ser obra de un hacker.

De una persona que estaba lanzando un boomerang a la población, deseando que regresara tras causar cierto efecto.

Y la pregunta clave era: ¿por qué lo había hecho?

¿Por qué se molestó Su Eminencia en difundir ese vídeo falso, con ese mensaje y con una cara que evidentemente no era la suya?

Habría sido demasiado fácil si Su Eminencia hubiera mostrado su cara al mundo.

Mientras leía novelas sobre criminales, Claudio había aprendido que un secuestrador solo enseña su rostro cuando ya no hay nada que esconder.

Cuando sabe que va a matar al rehén. Si lo quiere liberar, no le muestra su cara, ni lo deja oír su voz.

Mantiene el anonimato para que, cuando llegue el turno de los interrogatorios, no sepan reconocerlo.

Seguro que Su Eminencia usaba el mismo principio. Aún había mucho por hacer. Era demasiado pronto para mostrar su cara.

No obstante, desde el primer momento que vio ese vídeo, Claudio supo que encontraría varias capas de información en él. Seguro que no era solo un vídeo, sino un mensaje encriptado en toda regla.

El informático les explicó que, para estas cosas, los hackers solían usar imágenes y voz disponibles libremente en internet, posiblemente en la cuenta de redes sociales de cualquier persona anónima.

Pero esa persona anónima no era tan anónima. Era Monseñor Bevilacqua. Y Claudio pensaba que eso podía contener un significado oculto.

Por una parte le alegró que Bevilacqua, su rector, no estuviera involucrado con el asesino de los mandamientos.

Pero le preocupó que Su Eminencia los estuviera tratando como burdos títeres, cuyos movimientos estaban a merced de sus caprichos.

—¡Por todos los santos! —exclamó el cardenal Mangiafuoco—. ¿Entonces el vídeo es falso? Eso sí que no me lo esperaba —admitió.

—Si no tienen más preguntas, será mejor que regrese a… —dijo el cura informático, señalando fuera de la estancia.

—Claro. Gracias, hermano. Dio sia lodato .

— Sempre sia lodato —respondió este y cerró la puerta.

Los ojos de todos los presentes cayeron en Claudio. Este sonrió ligeramente, solo por un instante.

—Tendrá que ir a Milán, seminarista —dijo el cardenal—. Su labor con la casa del Señor no se ha acabado.

Claudio arrugó el ceño, sin entender por qué precisamente a Milán. Así que se lo preguntó.