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Después de desayunar, Claudio salió del comedor a esperar a que el cardenal lo acompañara a dar un paseo por los jardines vaticanos, tal como le había prometido la noche anterior.
Sin embargo, un inesperado vídeo de Su Eminencia desmontó el programa previsto, y terminó sentado en otra sala de reuniones, con una pantalla en la pared a punto de emitir las imágenes.
Cuando el cura que lo había acompañado hasta allí estaba a punto de apretar el play , se abrió la puerta.
Claudio se giró y vio cómo el cardenal Onelio Mangiafuoco entraba en la sala. No consiguió entender si su rostro era de preocupación o de enfado.
—Maldigo el día en que Nuestro Señor me concedió el don de la premonición. Ese maldito don me ha traído hasta aquí —dijo y después de sentarse apoyó los codos en la mesa y apuntó a Claudio—. Y también lo ha traído a usted hasta aquí, seminarista. Más vale que se dé prisa en decirme lo que ha visto.
Claudio tragó saliva, sin saber qué decir.
—Padre cardenal, el seminarista acaba de entrar —dijo el cura.
El secretario del papa se quedó con la boca abierta y miró a Claudio.
—¿Entonces no ha visto aún la grabación?
Claudio negó con la cabeza.
Mangiafuoco se pasó la mano por el rostro.
—Odio perder el tiempo —susurró—. Está bien, poned el vídeo —indicó molesto.
El cura le dio al play y Claudio pudo ver finalmente el famoso vídeo del que todos hablaban.
La imagen se centraba en un hombre vestido de cardenal que hablaba directamente a la cámara, mirando a los ojos del espectador.
Cuando empezó a mover sus labios, Claudio abrió los ojos de par en par, mientras las imágenes seguían delante de él.
Se levantó de la silla. Cuando estuvo delante del cardenal, señaló la pantalla, incrédulo.
—¿Qué le pasa, seminarista? —preguntó Mangiafuoco.
—¿Es… es…?
—Este vídeo acaba de ser publicado en la página del The Britannia Post por una periodista que usted ya conoce.
Parece tratarse del asesino que se hace llamar Su Eminencia.
Lo estamos averiguando internamente. Es verdad que este hombre va vestido de cardenal, pero no es ninguno de los doscientos cuarenta y dos que actualmente están en activo —afirmó Mangiafuoco, mientras el hombre del monitor seguía hablando—.
Yo los conozco a todos personalmente, y a este hombre no lo he visto nunca.
Aunque pertenezca a la Iglesia, descubrir quién es exactamente nos puede llevar meses.
¿Sabe cuántos somos en la Iglesia Católica, entre seminaristas, diáconos, sacerdotes, obispos, arzobispos y demás?
Sin contar, obviamente, al papa, somos más de medio millón de personas.
Pero una cosa le digo, Addante: por mucho tiempo que nos lleve, vamos a descubrir quién demonios es.
Claudio seguía con la boca abierta, mirando la pantalla. Parpadeó y señaló el monitor. Se giró y le dijo al cardenal.
—A este hombre lo conozco.
La expresión del cardenal cambió por completo. El cura, que seguía con el mando a distancia en la mano, se giró hacia Claudio.
—¿Como dices, seminarista?
—Que yo conozco a este hombre —repitió.
—¡Por todos los santos! ¿Quién es?
Claudio tragó saliva.
—Este hombre es el rector de mi seminario, Monseñor Bevilacqua.
El cardenal arrugó el ceño y enarcó la boca.
—¿Bevilacqua? —preguntó extrañado.
Claudio asintió y se giró de nuevo hacia la imagen.
—Pero él no va nunca vestido de esta manera, y ni siquiera es…
—Acabe la frase, por favor —añadió el cardenal—. ¿Qué es lo que no es?
—Esta iglesia no es la de nuestro pueblo, no la reconozco.
El cardenal cogió enseguida su móvil y buscó un contacto. Una vez encontrado apretó la pantalla y se acercó el teléfono a la oreja.
—En esta historia nadie es lo que aparenta ser. Ese hijo de satanás pagará por lo que ha hecho —dijo y se levantó cuando la otra persona le respondió.
El cardenal se alejó un par de metros. Parecía que hablaba con alguien de seguridad del Vaticano.
Le ordenó que hablara con la policía y que procedieran a detener a esa persona.
El individuo de rostro anónimo ya tenía un nombre, un rol en la Iglesia católica, un apellido y, sobre todo, una ubicación.
Al colgar, miró a Claudio.
La grabación se había acabado.
—En menos de un cuarto de hora, monseñor Bevilacqua ya estará a disposición policial.
—Pero, Monseñor Bevilacqua…
—Lo hemos tenido delante nuestras narices todo el tiempo y no hemos sabido verlo. ¿Cómo hemos sido tan miopes?
Claudio negó con la cabeza. Apartó una silla de la mesa y se sentó delante de la pantalla, al otro lado de la mesa donde estaba cuando el cardenal entró.
—No me cuadra.
El cardenal arrugó las cejas.
—¿Cómo que no te cuadra? Es él. Tienes razón, yo hablé con él hace unos días para que fueras a París. Hablé con él porque conseguiste descifrar el Donum Vitae , escrito en Samaritano en un cadáver de Madrid. Es su voz, por el amor de Dios.
—Cardenal… —intervino el cura con tono reprobatorio.
Mangiafuoco se santiguó.
—Lo siento, sé que no debo decir el nombre de Dios en vano, pero esto es demasiado.
—Lamento decírselo, pero Bevilacqua no puede haber organizado todo esto —dijo Claudio—. Es una buena persona.
El cardenal se rio ruidosamente.
—Que Bevilacqua es buena persona, dice. Puede ser. Pero el mundo está lleno de buenas personas que, por acercarse al Santo Padre, sacarían una daga y acuchillarían a quien fuera. Desde fuera, todo parece muy bonito, pero no lo es.
El silencio se adueñó de la estancia. La foto de monseñor Bevilacqua seguía en la pantalla y el cardenal dio un suspiro.
—En definitiva, yo no sé si estamos más cerca del final de esta pesadilla, pero puede que este hombre nos aclare muchas preguntas que llevamos haciéndonos desde hace demasiados días.
Claudio bajó la mirada. Bevilacqua era como un padre para él, su mentor en el seminario. ¿Podía ser el sanguinario y cruel asesino de los mandamientos? ¿Podría haberle engañado tanto?
Todos se quedaron en silencio unos instantes y al levantar la cabeza, Claudio pidió volver a ver la grabación.
La imagen estaba quieta y el ruido de fondo era casi inexistente. Esa iglesia podría ser la catedral de San Lorenzo Mártir de Trapani o alguna de la provincia.
El rosetón y la cruz del fondo no le sonaban. Podía haber grabado ese vídeo en otra parte de Italia, pero, ¿dónde?
Como seminarista, desconocía la capacidad del rector para moverse de un lado al otro del país. El director de una escuela siempre debía estar en el edificio, o eso era lo que él creía.
La grabación se detuvo de nuevo y la puerta de la estancia se abrió de par en par.
Al otro lado apareció un cura. Era joven y delgado. Afeitado perfectamente. Llevaba el pelo tan corto que parecía aún más delgado, como recién salido del ejército.
—Cardenal Mangiafuoco, en el departamento informático hemos analizado el vídeo.
Claudio se quedó callado observando la escena. Así que el Vaticano tenía un departamento de informática. Eso le estaba resultando muy interesante.
—¿Y qué habéis averiguado?
—Está confirmado, el vídeo está hecho con inteligencia artificial.
Mangiafuoco lo miró de reojo. En un primer momento no lo entendió.
—¿De qué me hablas?
El delgado cura levantó la mano, señalando la pantalla.
—El vídeo publicado por The Britannia Post está hecho con inteligencia artificial, es decir, es falso. Lo hemos confirmado.
La revelación dejó atónito al cardenal, que soltó en la mesa su móvil y lo miró con aire desconsolado.