No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 6
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Minerva y Stan estaban plantados delante de la puerta, esperando a que el establecimiento abriese.

La oficina principal de correos de París abría a las ocho en punto. Sobre la puerta había un cartel con la inscripción «La Poste - París Louvre».

Minerva miró el resguardo amarillo que había sacado de la papelera. En una esquina del mismo aparecía esa misma dirección, la sede central de correos de la capital.

Guardó el resguardo y se calentó las manos, frotándoselas a la altura de la boca, mientras soplaba aire caliente.

La mañana en París era gris y tremendamente fría.

Ya se estaba formando cola delante de la puerta, justo detrás de los policías.

Habían conseguido dormir esa noche en un hotel, nada glamuroso, de la periferia.

Se despertaron pronto y desayunaron de camino, en una boulangerie , un café con leche muy caliente.

Cuando la puerta se abrió, Minerva dejó de mirar a los transeúntes y se centró en el asunto por el que habían acudido. Hablaron con el empleado que había abierto la puerta. Después de identificarse, el hombre les pidió que lo siguieran. Caminaron por un pasillo hasta un despacho.

—Aquí les ayudarán —dijo el hombre antes de irse.

Minerva asintió y Stan lo siguió con la mirada hasta que desapareció.

Llamaron a la puerta y, desde el interior, la voz de una mujer les dio permiso para que pasaran, y los policías entraron en el despacho. Minerva se presentó y le expuso para qué habían ido a esa sucursal.

—Claro, siéntense.

Minerva y Stan se acomodaron en las butacas delante del escritorio.

La policía sacó su resguardo amarillo y se lo pasó a la mujer. Esta lo cogió y lo miró, afinando la mirada a través de sus gafas.

Dejó el papelito al lado del teclado y tecleó en el ordenador el número de envío.

Esperó unos segundos y el resultado de la pantalla le hizo subir las cejas.

—¿Qué sucede? —preguntó Minerva.

La mujer que los atendía tenía el pelo moreno con una melena corta, los labios rojos y una blusa blanca, abierta, enseñando un escote generoso.

—Es una persona que ha enviado un paquete, hasta aquí todo normal.

—¿Pero? —preguntó Stan.

—Pero el nombre me llama la atención.

—¿Qué le pasa al nombre? —preguntó Minerva.

—Pues que, si no me lo hubiera pedido la policía, no me habría fijado en esto, pero es muy curioso.

—¿El qué? —preguntó Minerva intrigada.

—Quien envía el paquete es una persona que se llama Marie Martin.

Minerva no se esperaba eso. Pensaba que lo habría enviado Judith.

—¿Está segura? —preguntó Minerva.

—Segurísima —dijo y se detuvo un segundo. Agarró la pantalla con las dos manos, pero el cable corto no le permitió girarla hacia los dos policías.

—¿Y qué es lo que no le convence?

—El nombre, Marie Martin.

—¿Por qué?

La mujer fue a contestar enseguida, pero se lo pensó un segundo más.

—Es el nombre más común para una mujer que pueda existir en este momento en Francia.

Minerva asintió.

—Como Paco García en España —añadió Stan.

La mujer se encogió de hombros.

—Supongo —añadió la mujer—, y está dirigido a un tal Mario Rossi en Italia.

—¿Italia? ¿Dónde en Italia? —preguntó Minerva.

—Milán.

—¿Dónde exactamente?

Ella negó.

—No es una dirección, es una casilla postal. Puede que sea una sucursal de correos italiana.

—¿Puede imprimir la dirección? ¿Y puede decirnos cuándo ha sido entregada?

Ella asintió y sonrió.

—Puedo darles esto… —afirmó y se empujó con la silla un metro hasta el mueble que tenía justo detrás, donde una impresora empezó a moverse. Luego les acercó el papel que salió.

—Aquí tienen el día y la hora en que se entregó en la otra oficina. Pero cuándo se retiró el paquete ya no es cosa nuestra. El tracking acaba ahí.

Minerva sonrió y lo cogió.

—¿Podríamos saber el tamaño del paquete?

La mujer de La Poste se acercó y señaló las dimensiones.

—Ahí las tiene, más o menos era así, mire —dijo mientras intentaba con sus manos crear un volumen en el aire—, lo que vendría a ser la mitad de una caja de zapatos. Y de peso, unos doscientos gramos.

Minerva alzó la mirada y la clavó en la mujer.

—¿Tiene grabaciones de este día a esta hora? ¿Podríamos ver quién es esta tal Marie Martin?

La mujer se levantó.

—Síganme.

Los dos policías la siguieron hasta un puesto de seguridad que se encontraba cerca de la entrada.

El agente de seguridad, que controlaba varios monitores, rescató las grabaciones y se las puso.

La tal Marie Martin resultó ser la famosa asesina del sexto mandamiento: Judith Delatour.

La mujer entró, dejó un paquete envuelto en papel marrón y atado con una cuerda del mismo color. Lo entregó, firmó, pagó y se marchó.

Minerva y Stan se miraron y se entendieron enseguida. Agradecieron la atención y se marcharon.

Cuando la puerta se cerró, Minerva se plantó en medio de la acera, apuntando a su jefe con la hoja de papel enrollada que había impreso la mujer de La Poste .

—Tengo un presentimiento, Stan.

—Pues si tienes corazonadas, hay que seguirlas, Minerva.

Minerva asintió y se giró hacia el final de la Rue du Louvre. Había una neblina que impedía ver más allá de unos cincuenta metros. El frío se le calaba en los pulmones y sintió cómo punzaba el frío.

Le propuso a Stan que se fueran a tomar un café; lo necesitaba.

Cuando se sentaron en el interior de una cafetería, dijo lo que él más se temía.

—Stan, tenemos que ir a Milán. Creo que esa pista nos llevará directamente al próximo asesino.