No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 5
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El conserje miró hacia el techo.

Minerva no necesitaba ser criminóloga para darse cuenta de que el hombre se sentía incómodo en el estrecho ascensor. Miraba las luces de neón y despegaba los talones del suelo con pequeños movimientos, casi imperceptibles, mientras los pisos pasaban.

El ascensor se detuvo en el último piso. Él sujetó la puerta para que ellos salieran. Luego, caminó por el rellano hacia una de las dos viviendas.

—Este es el ático —señaló—. Pero hay un problema.

Dos cintas policiales impedían cruzar la puerta. Estaba sellada por ser una posible fuente de pistas sobre el caso.

El conserje levantó la llave.

—Yo puedo abrir, pero…

Stan se acercó y miró a Minerva.

—¿Estás segura?

Ella asintió y él, sin miramientos, arrancó las cintas de un plumazo.

—Ahora ya puede abrir la puerta.

El conserje se encogió de hombros y obedeció. Abrió la puerta, encendió las luces y los dos policías entraron en casa del alcalde y de la asesina. Un piso elegante, moderno y con muchas ventanas se abrió delante de ellos.

—La policía lo ha sellado esta misma tarde.

—Normal —dijo Stan—. ¿Vivían solos?

El conserje asintió.

—Menuda desgracia.

Minerva, mientras dejaba su maleta en el suelo, dio un paso adelante y miró a su alrededor. Después de un rápido escáner de la estancia, se giró hacia el conserje.

—Necesito ver el dormitorio y el despacho de la señora.

El hombre asintió y se abrió paso. Cruzaron una sala de estar en tonos claros.

Obras de arte, un sofá de piel clara y una televisión no muy grande.

Al fondo, una terraza cerrada con carpintería de aluminio que ampliaba el salón y le daba un aire de invernadero.

Se podía entrever la torre Eiffel en medio del horizonte parisino.

La estancia de dormir era amplia, con dos puertas y una moqueta clara.

—Una puerta da al baño y la otra a un ropero.

Stan asintió. Minerva se puso unos guantes y empezó a mirar por cajones y armarios, intentando no dejar ningún rastro de su paso.

—¿Qué se ha llevado la policía esta tarde? ¿Lo recuerda? —preguntó Stan.

El conserje no se lo pensó mucho y negó con la cabeza.

—No tengo la menor idea. Solo sé que han precintado la casa. Cuando se fueron, yo entraba en mi turno. Esta semana me toca de noches —afirmó mirando el reloj.

Stan entendió, con ese gesto, que estar ahí, con ellos, no era una práctica habitual para el conserje. Su trabajo era permanecer en la entrada, no hacer de guía turístico por el edificio.

Al cabo de unos minutos, Minerva regresó al dormitorio.

—¿Has encontrado algo en el ropero? —le preguntó Stan.

—A pesar de que esa habitación es casi más grande que mi apartamento —respondió malhumorada—, no hay nada. ¿Dónde está el estudio de Judith? ¿Tenía uno?

El conserje asintió y los llevó hasta otro lado del piso.

El rincón privado de Judith era una estancia alargada que parecía un pasillo y terminaba con una ventana. A un lado, había una librería y, por el otro, una escribanía con un ordenador, unas libretas y una taza de la isla de Capri con lápices, todos Staedtler , todos afiladísimos, todos 2-HB.

Minerva se acercó.

Desde la ventana se podía ver la calle principal, con coches aparcados y, del otro lado del edificio, la punta de la torre Eiffel. Sobre esta, un cielo estrellado de finales de invierno.

Al girarse a su derecha, vio que la librería estrecha estaba repleta de libros sobre perfumes. Abrió alguno, pero estaba impoluto, sin anotaciones, sin marcapáginas, como si aquello fuera una tienda de libros y no una casa particular.

Minerva se sentó en la silla frente al escritorio. El ordenador era un elemento importante, pero no tenía tiempo de investigarlo. Pensó en meterlo en una maleta y llevarlo a casa para que Fritz lo repasara de arriba a abajo, pero eso habría generado demasiados problemas.

Pero sí podía pedirle a Sophie que investigara en él.

Era posible que dentro encontrara alguna traza digital de Su Eminencia.

Aunque, al pensarlo mejor, Minerva se dijo que un asesino subliminal que se comunicaba con teléfonos desechables, haciendo pasar toda su información por un paraíso digital irrastreable, seguramente tendría cuidado de no dejar trazas en el ordenador de cualquiera.

Luego miró las agendas de Judith.

Eran unas Moleskine de colores.

Abrió la primera, mientras sentía los ojos de Stan y del conserje encima, observándola, casi analizándola.

La libreta estaba llena de plegarias y de anotaciones sobre religión. También dibujos y crucifijos.

Pasó página por página y no encontró nada que le pudiera interesar. Cerró la libreta morada y abrió la de color amarillo.

Parecía una copia de la anterior, pero con un cambio substancial: el tema principal eran los perfumes. Recetas, fórmulas, viajes e ideas de perfumes. Había nombres de personas, posiblemente clientes. Anotaba su personalidad y los olores e ingredientes acordes a esta.

Miró hasta la última hoja y nada le llamó la atención. Cerró lentamente la segunda libreta, la amarilla.

Se acercó al bote de lápices. Los sacó todos. Dentro no había nada. Le asombró la limpieza y el orden de esa casa, que estaba presente en todos los rincones, en todos los objetos y superficies.

Dejó las libretas donde estaban.

Se reclinó en el respaldo y miró de nuevo el ordenador.

—Minerva, es tarde. Estamos cansados —dijo Stan con delicadeza—. Volvemos mañana. Ya sabes, con la luz del día las cosas se ven mejor y las ideas fluyen más…

Ella tensó el cuello. En el fondo, sabía que su jefe tenía razón. Había sido un día complicado y estaban cansados. Fue a levantarse y entonces su mirada recayó sobre la parte inferior del escritorio. Justo al lado del espacio de los pies había una papelera.

Se agachó a mirarla. Era una papelera de diámetro pequeño y muy alta. Negra y estrecha, como un paragüero. No podía ver lo que había dentro. La cogió y la atrajo hacia sí. Luego, la subió al escritorio y la volcó sobre la superficie.

En un primer momento parecía estar vacía, pero después un papel cayó.

Cuando aterrizó en la superficie de madera lujosa, justo al lado del teclado, llamó la atención de Minerva enseguida.

Dejó la papelera y cogió el papel.

Era amarillo y ligero, como un resguardo. En la parte superior estaba el logo de la empresa estatal de correos, La Poste.

Luego había un número de serie y una palabra que abría el abanico de posibilidades que buscaba Minerva: Expédié , que significaba «enviado».

Minerva sonrió.

Miró a Stan y se lo enseñó. Había encontrado algo.