No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 4
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Claudio, ya sentado en el Fiat Panda blanco del aeropuerto, se dispuso a revisar los mensajes de su móvil. No lo había encendido hasta ese momento.

Al activarlo, el móvil empezó a sonar con todos los mensajes que había recibido en el lapso de tiempo que había durado el viaje entre París y Palermo.

Encontró uno de Monseñor Bevilacqua, en el que le informaba de todos los cambios. Le explicaba que una persona lo recogería en Palermo y lo acompañaría a un avión que lo llevaría a Roma. Desde allí, debía dirigirse al Vaticano. Su viaje no se había acabado, por lo menos de momento.

Guardó el móvil mientras llegaba al otro avión; este era más pequeño y con hélices. Un vuelo nacional.

El avión estaba listo para el despegue.

Corrió hacia la escalera y subió por ella. Arriba, unas azafatas le cogieron la maleta y le indicaron el lugar donde sentarse.

Recorrió el pasillo del avión, entre malas caras y miradas inquisidoras.

—¡Media hora de retraso para esperar a un maldito cura! —dijo un hombre, bastante enfadado.

—Más vale que haya sido por algo importante, porque voy a perder el enlace con Nueva York —gritó otro.

—Hubiera apostado mis cojones a que era alguien de la Iglesia —bramó otro hombre cuando Claudio pasó por su lado.

Después de aquel recibimiento estelar, Claudio suspiró y se santiguó para el vuelo. Rezó para que todo fuera bien y sacó el libro de Simenon. Intentó leer, pero no conseguía concentrarse.

¿Qué estaba ocurriendo en el Vaticano para que lo llamaran con tantas prisas?

¿Se había producido otro crimen? ¿Qué mandamiento sería esta vez? ¿O simplemente querían que les explicara lo que había pasado en París?

Finalmente cerró los ojos e intentó dormir.

Se despertó a causa de unas turbulencias. La capital se podía apreciar desde la ventanilla.

Una vez aterrizado el avión, esperó para ser el último en salir. No quería volver a cruzarse con los demás pasajeros, o hacerles perder más minutos importantes al bajar.

Finalmente fue a la salida y, tal y como se esperaba, encontró a un señor esperándole.

Un coche lo llevó directamente al Vaticano. Claudio imaginaba que, siendo tan tarde por la noche, lo conducirían directamente a una habitación de huéspedes para que pudiera asistir a una reunión al día siguiente.

Pero no fue así. Lo llevaron a una estancia en la que había una mesa enorme en el centro y cuadros de incalculable valor que decoraban las paredes.

—Espere aquí —le indicó un sacerdote.

Claudio se sentó y esperó, hasta que la puerta se volvió a abrir.

Entró un hombre, vestido como un cardenal: sotana escarlata, fajín de seda roja, muceta sobre los hombros y un solideo que le cubría la coronilla.

Un cardenal era, en la escala jerárquica, la máxima figura religiosa de toda la Iglesia, solo por debajo del papa.

Claudio se levantó y el hombre se acercó a él, tendiéndole la mano.

El seminarista se la estrechó, respetando el silencio.

Luego, el cardenal juntó las manos en el pecho y cerró los ojos.

— Dio sia lodato —dijo.

— Sempre sia lodato —respondió Claudio.

Entonces, el hombre apartó la silla que encabezaba la mesa y se sentó.

—Gracias por acudir tan rápidamente.

Claudio sonrió.

—No he tenido muchas alternativas, la verdad.

El hombre se quedó en silencio.

—¿Sabe quién soy?

Claudio negó, lentamente.

—Me llamo Onelio Mangiafuoco. Soy el secretario personal de Su Santidad —afirmó con orgullo.

—Un apellido bastante elocuente —dijo Claudio con atrevimiento, ya que Mangiafuoco, en italiano, significaba «comefuego».

—Seminarista Addante —continuó el otro—.

Le hemos hecho venir para que nos explique todo lo que pasó en París.

Creemos que, después de todo lo ocurrido, es usted el mejor candidato para seguir con este caso —explicó—.

Estamos seguros de que estas barbaridades seguirán, pero estamos aún más seguros de que el asesino, que se hace llamar Su Eminencia, es alguien de dentro de la Iglesia.

Claudio se quedó callado. Esa última afirmación era una acusación muy fuerte. Pero, seguramente, poseían información de la cual él, obviamente, no disponía.

¿Qué más sabría el Vaticano?

¿A lo mejor tenían espías o informáticos que vigilaban a cada cura?

La mente de Claudio se activó y empezó a inventar ideas conspiranoicas.

Al final entendió que la única manera de saber la verdad era preguntar.

—Si contemplan esa idea, comprendo que tienen pistas e información de la que yo no dispongo. ¿Podría ver esas pruebas?

El cardenal sonrió y se levantó.

—Primero, descanse. Mañana, a primera hora, le despertaremos para rezar con el resto de seminaristas. Luego, daremos un paseo por los jardines y le explicaré personalmente lo que yo creo y lo que cree Su Santidad —afirmó con pomposidad.

Después, el cardenal se marchó, dejándolo con esa idea que lo atormentaría durante toda la noche.

El Vaticano podía tener información que no poseía la DAS.

De ser así, los hallazgos podrían ayudarles a resolver el caso de un plumazo.

Sin embargo, debía esperar hasta el día siguiente.

Lo habían dejado con la miel en los labios y más preocupado que cuando cruzó los muros de la ciudad del Vaticano.