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Minerva y Stan cruzaban una París nocturna, en silencio, inmersos en sus pensamientos.
Minerva había estado a punto de cometer el mismo error que en Madrid: dar por cerrado el caso y seguir con su vida hasta la siguiente llamada.
Pero ella sabía bien que el asesino subliminal, el que se hacía llamar Su Eminencia, no había acabado. Su legado no eran los asesinatos, sino aparecer en los medios de comunicación.
Tras el caso del quinto mandamiento, «no matarás», el asesino los llevó de Madrid a París. Después de eso, sentada en el avión, se planteó a dónde los llevaría el asesino la próxima vez.
Empezaba a ver el patrón: una ciudad por cada mandamiento. Una venganza escondida detrás de una frase, escrita con sangre en la pared. Un mensaje a los fieles que se estaban descarrilando por la modernidad.
Frente a una sociedad descarriada y sin control, Su Eminencia quería encender una luz. Y esa luz era retomar la vía justa; la de los diez mandamientos.
Minerva, pensativa, negó con la cabeza.
—Somos unas malditas marionetas de Su Eminencia —dijo, rompiendo el silencio del taxi.
Stan se giró.
—¿A qué te refieres?
—Vamos a donde él quiere. Intentamos resolver el caso y después volvemos a nuestra madriguera, a escondernos otra vez bajo el Palacio Real de Madrid.
—Shh —dijo Stan señalando al conductor.
Minerva lanzó una mirada al retrovisor y se cruzó con los ojos del hombre, de aspecto asiático.
—Tranquilo, no creo que un taxista de París tenga particular interés en saber dónde está afincada la sede de la DAS de España —dijo y regresó a mirar por la ventanilla—.
Estamos comportándonos como pollos sin cabeza, correteando de un lado al otro.
No, Stan. Esta vez, tenemos que adelantarnos a Su Eminencia.
Stan asintió mientras la miraba.
—¿En qué estás pensando exactamente?
—Muchas cosas. ¿Por qué eligió a Judith? ¿Cómo la contactó? ¿Cuánto hace de eso? ¿Cómo fue? ¿Cómo seguían en contacto? ¿Por qué ella accedió? —dijo levantando las manos y apoyándoselas sobre la cabeza—. No sé, son solo algunas de las preguntas que me hago.
—Te entiendo —asintió Stan—. Una vez más, creo que tienes razón, Minerva.
Ella suspiró.
—En fin, no sé lo que encontraremos en París, pero si no estudiamos al asesino y su modus operandi , no podremos entender el patrón, y no podremos adelantarnos a los movimientos de Su Eminencia.
Mientras Minerva explicaba sus razonamientos, el taxi se detuvo. El taxista apretó un botón en el salpicadero y les dijo en francés lo que había costado la carrera.
Stan sacó la tarjeta de crédito de la Interpol y pagó, mientras Minerva daba una rápida ojeada al lugar donde estaban a punto de bajar.
Era un edificio blanco de estilo señorial, con una fachada tan clara que, a pesar de ser de noche, se veía deslumbrante.
Bajaron y cogieron sus maletas.
El conductor esperó a que cerraran las puertas y se marchó.
Minerva miró a su alrededor. En la calle silenciosa vio varios coches de alta gama aparcados.
—Bueno, ya estamos. Entramos —indicó Stan.
Ella, después de analizar la zona, caminó hacia la puerta de entrada.
Tocaron a la puerta y un hombre abrió solo una rendija. Iba vestido con traje y corbata. Transmitía elegancia y suntuosidad, como todo el edificio.
Levantó la mano y movió el dedo de un lado al otro.
«No, ¿qué?», pensó Minerva.
Entonces Stan sacó la placa.
El hombre subió las cejas y abrió un poco más la puerta.
—¿Sí?
—Buenas noches, somos de la policía, de la Interpol. Es importante que nos deje pasar.
El hombre asintió.
—Lo siento, pensaba que buscaban un Airbnb o algo por el estilo.
Minerva asintió.
—Claro, por las maletas. Supongo que muy pocos policías se presentan aquí con sus maletas.
El conserje sonrió y luego negó con la cabeza.
—¿Qué necesitan?
—Necesitamos visitar el domicilio de la señora Judith Delatour y del señor Rémi Dati.
El conserje tragó saliva y los miró un instante sin saber qué decir.
—La policía ya vino.
Minerva no dudó.
—Nosotros somos de la Interpol y también necesitamos ver el domicilio. Es muy importante. ¿Nos podría acompañar?
El hombre suspiró y asintió.
Retrocedió hasta su escritorio, bajó el volumen de la radio que le proporcionaba compañía por la noche y cogió unas llaves de un cajón.
Les indicó que lo siguieran y los llevó directamente al ascensor.