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Claudio no podía parar de caminar mientras dejaba atrás una París diferente.
Era por la tarde y estaba cansado, pero no conseguía detenerse.
Dos ideas lo perseguían como una sombra.
Caminaba arriba y abajo del aeropuerto, de una puerta de embarque a la otra, siempre con un ojo vigilando su maleta.
Sentía que dejaba atrás en París un caso sin resolver.
Cierto que Judith ya no podía matar a nadie, pero el caso no estaba cerrado, ni mucho menos.
Como en las películas, o en todos esos libros que leía sobre casos reales e investigaciones criminales, estaba seguro de que la verdad estaba escondida bajo varias capas más de investigación.
Claudio tenía esa pasión por las historias de crímenes, paralela a su vida en el seminario.
Monsignor Bevilaqua nunca habría aprobado algo así, de saberlo.
¿Cómo podía ser compatible el misterio criminal con el misterio de la fe?
Claudio tampoco tenía la respuesta.
Pero tenía una certeza: ese caso no había terminado.
La otra sensación que lo afligía era el recuerdo de los ojos de Minerva. En particular, la mirada que le dedicó al saber que había estado a punto de casarse. Pensaba en su expresión perdida y deslumbrada por una verdad que, claramente, no se esperaba.
¿Qué se escondía detrás de esos ojos, y de esa reacción?
Claudio, al reflexionar, prefería no barajar las posibles opciones. No podía ser. No quería escucharlas, ni hurgar más en su interior.
Minerva era una compañera de la policía, y no podía ser nada más.
Miró el reloj.
Faltaban pocos minutos para el embarque.
Si perdía ese avión, tendría que dormir en el aeropuerto, acurrucado y abrazado a su maleta. No era el mejor de los finales para su viaje.
Se puso en la cola de embarque.
Miró a su alrededor a los pasajeros: familias de regreso a Sicilia y otros que se marchaban en busca de sol y buena comida. Un grupito de chicas lo miró, y al darle la espalda se rieron con malicia.
Aún le sucedía, a veces. Había momentos en que olvidaba que llevaba una sotana. Que era un cura en medio de los feligreses. Un seminarista, mejor dicho.
Una vez embarcado, sacó una vieja novela de George Simenon y leyó solo unos minutos después del despegue. Luego, se durmió hasta llegar a Palermo.
El aterrizaje fue dulce y la tripulación indicó que habían llegado con varios minutos de antelación.
Ya era de noche, y del aeropuerto solo se veían líneas de luces que daban forma a una estructura casi dormida.
Claudio guardó su libro, cogió su maleta y fue hacia la puerta trasera de embarque. Una vez que bajó por la escalerilla, agradeció volver a pisar su tierra natal, la isla siciliana. Aunque no sabía cuánto tiempo se quedaría allí.
Mientras seguía a los otros pasajeros que entraban en el autobús, un señor con chaleco reflectante se le acercó, casi corriendo.
—¿Es usted el cura? —preguntó el hombre. Tenía un logo del aeropuerto de Palermo impreso en el chaleco—. ¿Addante, Claudio?
Él asintió con la cabeza.
—¿Qué ocurre?
El hombre suspiró. Lo cogió de un brazo y fueron caminando en la dirección contraria a la de la terminal.
—¿A dónde vamos? —preguntó Claudio, preocupado.
—Suerte que lo he encontrado a tiempo. Debe subir urgentemente a un avión que va a despegar en diez minutos.
Claudio se soltó y lo miró.
—Exijo una explicación. ¿¡Qué pasa!? —insistió.
El hombre suspiró de nuevo.
—Tiene que ir a Roma. Solo me han dicho que es algo muy urgente. Le enviarán todo lo que necesita saber a su móvil. Solo debe encenderlo y leer los mensajes —indicó el empleado del aeropuerto—. Pero por favor, hágalo en el coche, llegamos tarde y mis jefes se van a enfadar conmigo.