No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 1
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No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3)

No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3)

Por Riccardo Braccaioli

© inepub.com

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París, aeropuerto de Charles de Gaulle.

Minerva estaba convencida de que permanecer sentada habría sido un error.

Sentía una corazonada, o a lo mejor era solo una deducción de su lado más analítico, como buena criminóloga que era.

«El peor del avión», pensó.

Frente a ella, la publicidad de la aerolínea de bajo coste mostraba un amplio menú de refrigerios para pedir a bordo. Pero ella no tenía hambre, ni menos aún, intención de seguir sentada.

Miró a su derecha. Stan estaba sudando. Su fobia a los aviones estaba alterando su estado anímico. No paraba de juguetear con el cinturón y mirar por la ventanilla.

—Tengo una idea —dijo Minerva a su jefe.

Él la miró.

—No pienso tomar ningún narcótico, medicina, chicle del mareo ni ningún tranquilizante del diablo —replicó Stan, y levantó un poco más la voz—. ¡¿Me has entendido?!

—Shh, no grites, Stan —susurró Minerva—. Creo que voy a bajarme.

Estanislao sacó un pañuelo y se secó la frente, que goteaba sudor por los nervios.

—¡Vete al diablo! —le espetó—. ¿Te crees muy graciosa, verdad?

El inspector miró un segundo a su compañera. Minerva permanecía seria, con las cejas enarcadas y una mirada muy profunda.

—Voy a bajarme del avión —repitió ella.

Stan parpadeó dos veces seguidas y miró nervioso a un lado y a otro de su asiento.

—¿Cómo? Pero, espera… ¿qué estás diciendo, Minerva?

Ella se desabrochó el cinturón. Alzó la vista un palmo y miró hacia la cabeza del avión, y luego rápidamente hacia la cola.

—Están acabando de embarcar, creo que aún tengo tiempo.

—¿Tiempo de qué? ¿De bajar, en serio? ¿Y me dejas así? ¿Qué mosca te ha picado? ¡Por el amor de Dios!

Minerva se levantó, pidió paso a un hombre trajeado que estaba sentado a su lado, y antes de marcharse se giró hacia su jefe.

—Mi investigación en París no ha acabado. Tú vete a casa, yo necesito seguir unas pistas. Sé que las hay y no puedo dejar esto así —dijo con decisión—. Quiero adelantarme al asesino, en vez de esperar a que haga su próximo movimiento.

Stan se quedó pensando. Parpadeó con la boca abierta y se preguntó qué diablos estaba haciendo Minerva.

Ella bajó su maleta del portaequipajes.

—Nos vemos mañana en la DAS —le dijo a Stan—. Cogeré el primer avión de vuelta a Madrid.

Dicho eso, se dio la vuelta y se marchó hacia la salida trasera.

Cuando llegó a la cola del avión, un auxiliar de cabina alto y rubio la detuvo.

—Perdone, ¿qué está haciendo?

—¿Es que no lo ves, guapo? Me voy. Me lo he pensado mejor.

Ante la indecisión del empleado, Minerva lo apartó y se dirigió a la escalera del avión. Caminó con paso rápido para que nadie la detuviese, hasta que escuchó una voz conocida.

—¡Minerva, espérame! —gritó Stan.

Ella sonrió apenas, solo con una comisura. El jefe bajó torpemente las escaleras arrastrando su maleta.

—¿No quieres volver a casa? —preguntó ella.

Él negó con la cabeza.

—No pienso dejarte sola en esta ciudad —dijo él—. Estoy convencido de que necesitarás ayuda.

Minerva asintió.

—¿No es por el miedo a volar solo?

Él hizo un ademán despectivo.

—Ni hablar. Es que me preocupa que te quedes aquí tú sola.

Ella sonrió otra vez y le hizo un gesto con la cabeza en dirección a la terminal.

—Claro. Vamos, tenemos trabajo.

Él sonrió y la siguió.

—Minerva, te has perdido lo mejor.

—¿Qué me he perdido, Stan?

—Las caras del resto de pasajeros al vernos salir corriendo. Como si hubieran visto un fantasma o, peor aún, un terrorista.

Ella sonrió ligeramente.

—Me lo imagino. Ahora vamos, no tenemos ni un minuto que perder. Las pistas son como los pétalos: son efímeras, y se las lleva el viento.