No Mentirás (El Asesino de los 10 Mandamientos 3) 8
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Stan dio un sorbo al café.

Desde que había reclutado a Minerva para la DAS, siempre había confiado en ella. Y en esta ocasión parecía tener razón, una vez más.

Minerva dio un sorbo a su café con leche mientras miraba el papel impreso.

Vía Cordusio, número cuatro, en Milán. Era la central de correos de Italia. El Palazzo della Posta Centrale estaba situado en el corazón del centro financiero de la ciudad, según encontró en internet.

—Me temo que tendremos que tomar un avión e ir allí, Stan.

—¿Y si alquilamos un coche en vez de eso?

—Tardaríamos un día de viaje y costaría una pasta. La Interpol no te lo aprobará —aseguró Minerva.

—Eso déjamelo a mí.

—Stan, no seas niño. Hay que llegar lo antes posible, ¿es que no te das cuenta?

Podemos coger al asesino antes de que cometa los próximos asesinatos.

Es la primera vez que estamos en esta posición.

Siempre hemos ido a remolque de Su Eminencia, pero ahora podemos ir por delante.

Esto es oro puro —dijo indicando la hoja impresa.

Stan no contestó. Dio un sorbo al brebaje negro y miró por la ventana.

—Llamaré a Fritz para que nos reserve unos billetes —dijo Minerva.

—Pero tenemos un problema… —le advirtió el jefe.

—¿Cuál?

—No hay ninguna sede de la DAS en Milán.

—¿Y eso?

—Las sedes de la DAS solo están en las capitales de los países, no en las otras ciudades. Así que no podrán apoyarnos desde ahí.

Minerva asintió.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Minerva.

Él se encogió de hombros, dio un sorbo al café y le entraron unas ganas incontrolables de fumar.

—Según el protocolo, debemos informar a la policía central de la ciudad y ellos nos darán soporte.

Minerva se pasó la mano por el pelo corto, estilo pixie .

—Nos las arreglaremos —dijo.

—Está bien, habla con Fritz, yo saldré a fumarme un pitillo.

Minerva lo agarró por un brazo.

—Stan, tanto fumar te matará.

Él negó con la cabeza.

—No, me matarás tú al obligarme a coger otro avión.

Ella sonrió apenas y lo soltó.

Stan se marchó fuera y se encendió un cigarrillo mientras Minerva lo miraba por la ventana. Aún no había dado la segunda calada cuando el teléfono de Minerva vibró con un mensaje de Tilda.

—Por fin da señales de vida… —susurró ella.

El mensaje era corto y escueto.

Minerva le dio la vuelta y se lo enseñó a Stan por la ventana.

«Mira esto», vocalizó en silencio.

Stan tiró el cigarrillo y entró en la cafetería.

—¿Cuándo te ha llegado?

—Ahora mismo —contestó Minerva y apretó el enlace que venía a continuación del email.

De repente apareció un vídeo, que encabezaba un artículo de Tilda.

Le dio al play y lo miraron juntos.

El vídeo, que Tilda había recibido por Telegram , mostraba la imagen de un cura en una iglesia, con un gran rosetón detrás.

Después leyeron el artículo de Tilda.

—¿Por qué Tilda no nos ha llamado antes para decírnoslo?

Stan no tuvo respuesta a esa pregunta.

—No lo sé, ya lo averiguaremos, pero tienes razón, nos vamos a Milán, seguro que allí está el próximo asesino de Su Eminencia. Y tú… —dijo Stan apoyando el dedo en la chaqueta de cuero de Minerva—, vas a encontrar al próximo asesino antes de que mate.

Ella asintió.

—Asesino, o asesina…

Stan sonrió, solo un instante, hasta que recordó que tendría que coger otro avión. Pero no con rumbo a casa, sino a una ciudad de Italia.