No me toques la corbata CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

Encerrona

Maya

Tras la primera semana de trabajo, después de las vacaciones, me sentí mucho mejor.

Las niñas acabaron de instalarse en casa esos días festivos.

Ellas empaquetaron todo lo que tenían en casa de su padre e Iker lo trajo hasta mi portal con el coche.

Apenas intercambiamos un par de palabras.

Yo aún seguía un tanto indignada por su comportamiento, pero había decidido no discutir.

Por supuesto, seguimos con la historia de que él debía trabajar muchas horas, por eso se trasladaban de manera definitiva a casa, y su padre las vendría a buscar algunos fines de semana para estar con ellas.

Eso sí se lo dejé claro a Iker; si las recogía para llevarlas con sus padres, más valía que ni se molestara en aparecer.

Él prometió que así lo haría. El tiempo nos daría la razón a uno u a otro.

El jueves, mi madre me llamó para decirme que el viernes por la tarde irían a recoger a las niñas al colegio y las llevarían a merendar.

Ambos se quedaron igual de sorprendidos que yo al saber lo que ocurrió con Iker, así que, de vez en cuando, me ayudaban con ellas por si yo tenía que hacer algún recado o salir a tomar un café con mis amigas, que también tenía derecho a disfrutar de unas horas libres.

No me opuse; lo cierto era que necesitaba un descanso.

Chicas, ¿quedamos un rato

mañana por la tarde?

Nora:

¿Un café?

Greta:

O una cerveza. Me apunto.

Nora:

Cuenta conmigo.

Quedamos en una cafetería cerca del centro de yoga de Nora, cosa que agradecí porque hacía un frío del demonio y ese local siempre tenía un ambiente cálido y cómodo. Llegué con las manos y la nariz casi congeladas.

—Qué ganas tengo de que llegue la primavera —dije mientras me quitaba el abrigo, los guantes y la bufanda.

Mis amigas ya estaban allí, sentadas a una mesa, junto a la ventana.

—Pues esto no ha hecho más que empezar, querida —respondió Greta.

—Calla, no me lo recuerdes. ¿Qué tal estáis?

—Bien.

—Genial.

Respondieron a la vez, aunque su tono sonó a respuesta estándar.

—¿Ocurre algo? —pregunté, al tiempo que las miraba a una y a otra.

—No. La cuestión es cómo estás tú, cómo llevas todo lo que ha ocurrido, ahora que ya están las niñas en casa —respondió Nora.

—Estoy bien, chicas, de verdad. Mucho más tranquila.

Todo está en orden, claro y calmado. Ya no tengo que preocuparme por cambios de casa, ni de Iker.

No acabo de entender su postura, pero es la que tiene, así que, por mí, como si no aparece nunca más, aunque eso sería un desprecio hacia sus hijas. Hecho que, al parecer, se la suda.

—A veces pienso que le ha dado algún tipo de crisis de los cuarenta —intervino Greta—, pero luego pienso en las reuniones que tuvimos y se me pasa. Es un jodido gilipollas.

Me reí por lo bajo.

—Pues esa crisis le viene desde los treinta, ya te lo digo. —Miré en dirección a la barra y levanté la mano para pedirle al camarero un café con leche.

Cuando volví la vista hacia el frente, mis amigas me miraban con una sonrisa franca.

—Me alegro de que te encuentres bien —dijo Nora.

—¿Seguro? —dudó Greta.

—Sí, todo bien —asentí.

—Y, ¿qué tal con Ander? —preguntó Nora.

Noté que la sonrisa desaparecía de mis labios y que un nudo se agarraba a mi pecho.

—No lo sé. No encuentro la forma de volver al buen rollo que teníamos en la oficina, me da miedo que piense que quiero volver a… bueno, a estar juntos —confesé.

—¿No quieres?

—Tampoco lo sé. Ha sido todo muy complicado.

—Déjame decirte algo, amiga —Greta me miró a los ojos—: lo has complicado tú.

—Lo sé.

—Vaya, algo que sí sabes —se burló.

—Eres muy perra cuando quieres —contesté con un amago de sonrisa.

—En eso tienes razón. —Me guiñó un ojo.

—Pero ¿qué sientes? —insistió Nora.

—Que he perdido la oportunidad de conocer a alguien estupendo —confesé. Justo en ese instante, el camarero dejó una taza frente a mí. Levanté la vista—. Graci… —no pude acabar la palabra, se me cortó la respiración—. Ander…

—Hola, Maya —saludó con una leve sonrisa.

—Nosotras nos vamos para que podáis hablar —anunció Greta. La miré con el ceño fruncido—. Yo no he sido —levantó las manos—, te lo juro.

—Lo he llamado yo —atajó Nora—. Espero que tengas el valor de decirle todo lo que nos has confesado a nosotras durante este tiempo.

Ambas se levantaron de las sillas y recogieron sus pertenencias, mientras yo las miraba con los ojos muy abiertos y el corazón al galope en las sienes.

—Adiós, Ander. —Greta le guiñó un ojo.

Nora solo le dio un apretón en el brazo.

—Adiós, chicas. Y gracias —se despidió él.

Yo seguía sin emitir palabra. Ander se sentó frente a mí, en la silla que hasta hacía unos segundos ocupaba Nora.

—Ander…

—Sí, soy yo —se rio.

—Dios, lo siento. Debo de parecer idiota. Es que… no te esperaba.

—De eso se trataba. Aunque, si no quieres que esté aquí, puedo irme.

—No, no. Está bien. —Alargué la mano y la puse sobre su antebrazo, en un intento de que no se marchara.

Él pasó sus dedos por los míos. No pude evitar cerrar los ojos ante su contacto.

Lo había echado tanto de menos… Había pensado tanto en la suavidad y el calor de sus manos, en su risa, en su voz…

Levanté los párpados, para comprobar que seguía ahí, mirándome, con esos ojos cálidos y llenos de tantas cosas por decir.

Aunque, en realidad, era yo quien tenía demasiadas palabras atragantadas.

—¿Cómo te encuentras? He estado un poco preocupado por ti. Tuve que preguntarle a Martín si sabía lo que te ocurría. Solo me dijo que tenías problemas con tu ex por la custodia de tus hijas. —Su voz sonó tranquila pero también inquieta.

—¿Nora no te ha contado nada?

—Bueno, algo sí —sonrió.

—Ya —imité su gesto—. Han sido unas semanas un poco duras, pero ya está todo en su sitio. —No quería perder ni un minuto con él hablando de Iker—. Lo que en realidad me agobia es no saber cómo arreglar las cosas contigo.

—¿Qué cosas?

—En primer lugar, nuestra dinámica en la oficina. Sé que es culpa mía, pero me resulta difícil mirarte a los ojos sin que se me note que… sigo pensando en ti.

—Yo también pienso en ti, Maya. —Apretó su agarre en mis dedos—. Nunca he dejado de hacerlo.

—¿No estás enfadado conmigo?

Negó con movimientos lentos.

—Quizá al principio, porque no entraba en mis planes renunciar a ti, pero no podía obligarte a intentarlo.

—¿Y ahora?

—¿Ahora qué?

—¿Sigues queriendo que… lo intentemos?

—¿Por qué crees que estoy aquí? Quiero que me hables, que me cuentes lo que te preocupa, lo que sientes.

Quiero estar contigo. Y, si en un futuro no sale bien, que sea por nosotros, por lo que sentimos o dejamos de sentir, pero no por algo ajeno.

—Se detuvo un momento—. Bueno, todo lo que tenga que ver contigo no es ajeno, creo que me he expresado mal…

—Te he entendido a la perfección. No volveré a cortar por lo sano por pensar en lo que yo creo que es mejor para ti.

—Te lo agradecería —se rio—. Me da igual que trabajemos juntos, que seas mi jefa, que seas mayor que yo, que tengas dos hijas… Eso forma parte de ti y, por lo tanto, lo acepto, porque me gustas tú, con todo lo que conlleva.

—¿Y si algún día quieres ser padre?

—Maya, ¿de verdad es necesario hacer planes a tan largo plazo?

—No lo sé. Me da miedo que, llegado el momento, tengamos ese problema.

—Y yo estoy convencido de que lo solucionaríamos. Deja de preocuparte.

—Vale —asentí—. Tienes razón, pienso demasiado.

—Creo que sí —sonrió.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—¿Qué te parece retomarlo donde lo dejamos?

—Me parece bien.

Ander se levantó de la silla y se sentó en la que había junto a mí, yo no pude evitar observar cada uno de sus movimientos; había estado tan ocupada evitándolo que había olvidado cómo me encantaba mirarlo. Me recorrió la cara, la barbilla, la sien, con los dedos.

—¿Puedo… besarte? —susurró sin apartar sus ojos de los míos.

Afirmé despacio. Sentía el corazón a punto de estallar, el hormigueo de su caricia se expandió por cada centímetro de mi piel, mientras acercaba su boca a la mía.

Cerré los ojos en cuanto noté su tacto en mis labios.

Nos besamos despacio, en busca de reconocernos, de encontrarnos de nuevo.

Sin esa tensión desmedida que a veces nos invadía.

—Pensé que nunca volvería a sentirte —murmuró.

—Yo también.

Me acogió entre sus brazos, me apoyé en su pecho y el aroma de su piel envolvió todos mis sentidos. Aferré mis dedos a su jersey de lana y me di cuenta de algo. Levanté la vista hacia su rostro.

—No llevas corbata —observé.

Soltó una pequeña carcajada y me besó la nariz.

—El lunes volveré a ponérmela —prometió.