EPÍLOGO
Tres años después
Maya
Ana y Elena construían un castillo… bueno, más bien, parecía una fortaleza por semejante tamaño, con la arena húmeda de la orilla, tal y como Ander les había enseñado días atrás. Yo las observaba sentaba en una silla de playa, bajo la sombrilla. Habían crecido mucho y muy rápido.
No sabía si solo me ocurría a mí o, de verdad, el tiempo había tomado una dimensión distinta en los últimos años.
Lo cierto era que los días parecían tener apenas unas cuantas horas, incluso en vacaciones, cuando ni siquiera íbamos a trabajar, ni ellas, al colegio.
Pasábamos las veinticuatro horas juntos y, aun así, me parecían pocas.
Todo era así desde que Ander se trasladó a vivir con nosotras, un año después de aquella tarde en la cafetería.
Odié a mis amigas por la encerrona, sobre todo a Nora, que fue la artífice y la ejecutora de la idea, pero también las amé por la misma razón.
Me brindaron la oportunidad que yo había echado a perder por decidir en nombre de Ander, a pesar de no estar de acuerdo conmigo misma.
Nadie se escapa de cometer errores. Y yo había cometido unos cuantos.
Iker fue el más grande y absurdo. Pensé que, con los años, se le pasaría esa crisis suya, pero fue al revés.
El transcurso de los meses dio la razón a Greta.
El padre de mis hijas disminuyó sus visitas en lugar de aumentarlas.
Ya apenas las veía una tarde de fin de semana al mes.
Era algo que seguía sin entender, pero a lo que me había acostumbrado, igual que las niñas; no les quedó más remedio.
Tuve que explicarles el verdadero motivo por el cual su padre no pasaba tiempo con ellas cuando empezaron a preguntar demasiado por el tema.
No lo entendieron, como es lógico, pero acabaron por aceptar que las personas tenemos distintas prioridades en la vida.
Aproveché esa conversación para explicarles que salía con alguien desde hacía seis meses. Abrieron tanto los ojos por la sorpresa que pensé que se les saldrían de las cuencas.
—¿Tienes novio, mamá? —preguntó Elena.
—Podría decirse que sí.
—Se nota. Ya no estás tan triste como antes —argumentó.
—Ah, ¿no? —Me asombró que estuviera tan atenta a mi estado de ánimo.
Negó con vehemencia con un movimiento de cabeza.
—Y, ¿cómo se llama? —Esa fue Ana.
—Alexander, aunque todos lo llaman Ander.
—¿Cuántos años tiene?
—¿Es guapo?
—¿Vivirá con nosotras?
—¿Él también tiene hijos?
—¿Sabe jugar a piedra, papel o tijera?
—¿Sabe patinar?
—¿De qué color tiene el pelo?
…
La retahíla de preguntas se extendió durante más de una hora. Intenté responderlas de la mejor forma, con prudencia, escueta y sin dar demasiados detalles, pues era la primera vez que les hablaba de Ander.
—¿Podemos conocerlo? —dudó Ana.
—¿Crees que le gustaremos? —cuestionó Elena.
—¿Por qué no ibais a gustarle? —Me extrañó esa pregunta.
—A papá no le gustamos —contestó Ana. Ambas se miraron durante un segundo. Supuse que habrían hablado entre ellas del asunto.
—El problema lo tiene vuestro padre, no vosotras. ¿Lo entendéis? Ninguna de las dos ha hecho nada para que él prefiera hacer otras cosas. No es culpa vuestra.
Tuve que repetir esa frase muchas más veces de las que me hubiera gustado, pero no me cansaría de decirla hasta que lo comprendieran. Esperaba que el comportamiento de Iker no provocara una grieta en su autoestima.
En cambio, conocer a Ander les produjo el efecto contrario.
Conectaron en menos de cinco minutos. El puñetero polluelo, como lo llamaban mis amigas, se metió a mis hijas en el bolsillo en menos tiempo que a mí.
Les proponía excusiones, planes de todo tipo, les contaba chistes malos…
Malísimos. Pero las niñas se partían de risa, y yo, solo por eso, me enamoraba cada día un poco más de él.
Ander tenía razón. Cualquier problema tenía solución si lo enfrentábamos juntos.
Volví a centrar la vista en las niñas, que habían terminado su obra arenosa y caminaban hacia mí.
—Mamá, ¿va a tardar mucho en venir Ander? —preguntó Elena.
—No creo. Ha ido a buscar unas bebidas al chiringuito.
—Vale. Es que queremos preguntarle una cosa —anunció Ana.
—¿El qué?
—Es una pregunta para él, mamá, no para ti —me contestó.
—Ah, vale, vale —levanté las manos—, perdón por meterme donde no me llaman —bromeé.
—Mira, ahí viene. —Elena echó a correr en su dirección, a mi espalda.
Ana la siguió, y yo me di la vuelta en la silla para observarlos.
Las niñas se detuvieron frente a él. Elena tenía las manos entrelazadas y las movía de un lado a otro; eso significaba que se sentía intranquila.
Ana se cruzó de brazos y juntó las piernas; otra señal de inquietud.
Arrugué el ceño. ¿Por qué estaban tan nerviosas?
Ander, en cambio, sonreía como siempre, pero, en un momento dado, levantó las cejas y abrió la boca. Luego, soltó la bolsa de bebidas que colgaba de su mano, se agachó y las abrazó con fuerza. No acababa de entender qué ocurría, estaban demasiado lejos para oír la conversación.
Después se soltaron y las niñas volvieron a correr hacia la orilla, sin detenerse a darme alguna explicación. Ander recogió la bolsa de la arena y caminó hacia mí, parecía contento, incluso más que de costumbre. Sonreía de oreja a oreja y negaba con la cabeza.
—¿Ocurre algo con las niñas? Me han dicho que tenían que preguntarte una cosa, pero no me han querido contar el qué —indagué cuando estuvo lo suficientemente cerca. Ander parecía un poco descolocado—. ¿Estás bien?
Metió las bebidas en la neverita que usábamos y se sentó a mi lado, en la otra silla de playa. Se quitó las gafas de sol y me miró. Tenía los ojos enrojecidos, como si se le hubiese metido algo y se hubiera rascado con demasiada fuerza.
—Las niñas me han preguntado si pueden… llamarme «papá» —dijo con la voz un tanto rasposa.
Se me elevaron las cejas hasta el nacimiento del pelo, pero también sonreí tanto que temí provocarme una contractura en los pómulos.
—Ya sabía yo que tramaban algo… —bromeé. Ander parecía realmente emocionado—. Y, ¿qué les has contestado?
—Que sí, que pueden llamarme…
—¡Papá! ¡Te necesitamos! —el grito de Elena lo interrumpió.
—Suena… bien, ¿verdad? —susurró con una sonrisa.
—Y te queda bien. —Le guiñé un ojo, mientras un escalofrío de felicidad me ponía los vellos de punta.
—¿Ves como no debías preocuparte por si quería ser padre o no? —Arrugué el ceño—. No he tenido que decidirlo, ellas —señaló a las niñas— me han elegido. Y eso es aún mejor —sentenció con los ojos a punto de desbordarse.
—Ander… —Lo abracé con tanto ímpetu que pensé que me rompería los brazos—. Te quiero muchísimo.
—Y yo, maldita sea, no sabes cómo te quiero. —Me agarró de ambas mejillas y me plantó un beso fuerte, enérgico, abrasador.
—¡Papá!
—Puajjjj, otra vez se están besando.
Nos reímos uno en los labios del otro.
—Tus hijas te reclaman, polluelo. —Sonreí.
—Este polluelo te va a dar un buen picotazo esta noche, jefa. —Volvió a darme un beso y salió a la carrera hacia la orilla, donde se arrodilló junto a las niñas.
Saqué el móvil de la bolsa de tela y apreté varias veces el botón de la cámara en su dirección. Sería una preciosa foto para colgar al lado de sus corbatas enmarcadas.
FIN