No me toques la corbata CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Algo menos de tensión

Ander

Las vacaciones de Navidad fueron muy distintas a las últimas semanas de trabajo; se me pasaron volando entre comidas familiares y visitas por la ciudad en compañía de mis padres y mis sobrinos.

Martín agradeció que nos lleváramos a los niños de vez en cuando para pasar unas horas a solas con Belén.

Lo entendía, no debía de ser fácil llevarlo todo adelante, pero yo estaba encantado y mis padres, aún más.

No volví a preguntar a mi hermano por Maya, ya me había dejado claro que no tenía intención de contarme nada al respecto; por eso me extrañó que, en Nochebuena, mientras preparábamos la mesa en su casa para cenar todos juntos, me soltara:

—Maya y su ex han llegado a un acuerdo. Las niñas se quedan con ella, en custodia exclusiva.

Me detuve en seco.

—¿Cómo? ¿Su ex ha renunciado a la custodia compartida?

—Eso parece. Y no preguntes más, ya sabes lo que pienso acerca de ello. —Me guiñó un ojo.

Al menos, era una buena noticia. Sabía lo que Maya sentía por sus hijas y estaba seguro de que lo había pasado mal por ese tema. A la vista estaba su cambio de ánimo y actitud de las últimas semanas.

Me alegré por ella y esperaba que hubiera recuperado su alegría y esa fuerza que la caracterizaba, y de la que yo me había pillado desde el primer momento en que la vi. Ya lo tenía claro.

Con el paso de los días, me encontré un poco más tranquilo. Quizá se debiera a que, durante esas vacaciones, no la vi; aunque eso no quería decir que, cada noche, cuando me acostaba, en el silencio y la solitud de mi habitación, no pensara en ella. Eso aún no lo había conseguido.

La primera mañana que volví al trabajo, todo fue saludos, comentarios, anécdotas y risas con mis compañeros.

Maya llegó unos minutos después; sus pasos no eran tan contundentes como al principio, pero nos saludó con una sonrisa más amplia que antes de Navidad.

Supuse que haber cerrado el asunto de sus hijas con su ex la dejó tranquila.

Sin embargo, se metió en su despacho y, aunque no cerró del todo, dejó la puerta entornada.

Algo era algo.

La reunión fue mejor, distendida, hecho que me relajó, pues empezaba a pensar que a Maya le molestaba tenerme en su departamento.

Incluso, en alguna ocasión, había pensado en decirle a Martín que me trasladara si había alguna persona en la empresa con la que poder intercambiar mi puesto.

Parecía que no sería necesario. Maya me preguntó directamente cuestiones de trabajo, de agenda, de previsiones…

Eso sí, siempre delante de otros y de una manera demasiado profesional para lo que me había acostumbrado al tratar con ella.

Pero entendí que esa debía ser nuestra dinámica.

De hecho, se comportó de igual modo con el resto.

El viernes de esa semana de trabajo, cuando salí de la oficina a primera hora de la tarde, recibí la llamada de un número que no conocía.

—Dígame —contesté.

—Hola, Ander. Soy Nora, la amiga de Maya.

—Eh… ¿Nora? —Me dio un vuelco el corazón. ¿Le habría pasado algo a ella? Aunque, si así fuese, ¿para qué llamarme a mí?

—Sí, nos conocimos en la terraza de un bar en la calle…

—Sí, sí, te recuerdo.

—Perdona, le he pedido tu número a Martín —explicó.

—¿Conoces a mi hermano?

—No somos íntimos, pero sí, hemos coincidido en algún cumpleaños de Maya y, además, mi marido juega al pádel con él de vez en cuando.

—Entiendo.

Recordé que Martín me invitó alguna vez a ir con él, pero no era un deporte que se me diera bien, prefería hacer otras cosas.

—Necesito hablar contigo —continuó.

—¿Conmigo? ¿De qué? —Cada vez me parecía más extraña la situación.

—De Maya.