CAPÍTULO 43
Para flipar
Maya
Tuve que mentir a mis hijas de por qué, de momento, no volverían a casa de su padre; más bien, a casa de sus abuelos. Jamás habían mencionado que, prácticamente, vivían con mis exsuegros. Imaginé que, al dormir en el piso de Iker, ya les valía como eso, por lo que no las quise sacar de su error.
Al parecer, Iker les había contado a sus padres la milonga de que trabajaba horas extras para llegar a fin de mes, puesto que, con el divorcio, necesitaba más dinero para mantener a las niñas y pagar el piso.
Sería lógico si fuese verdad. Pero no. El tío dedicaba esas horas a ir al gimnasio, tomarse unas cañas con compañeros o follarse a alguna amiga.
Que me parecería bien si no fuese porque no diferenciaba entre las semanas que tenía a las niñas y las que no.
Entendía que tuviera necesidad de disfrutar de tiempo libre, pero a costa de no pasarlo con sus hijas… pues no.
¿Para qué demonios quería entonces la custodia?
Greta dio en el clavo. Para joderme. Sabía que, para mí, las niñas eran lo más importante, lo primero de mi lista de prioridades, y que no aceptaría por las buenas verlas un fin de semana cada quince días, así que el muy cretino pretendía que dejara de salir a cambio de mantener la custodia compartida.
Que me comportara como una madre de verdad.
¿Había algo más estúpido y mezquino por parte de un padre?
¿De alguien que hacía lo que le salía de los huevos mientras dejaba a sus hijas al cuidado de los abuelos?
No podía entenderlo. No había por dónde cogerlo.
Con todos los documentos sobre la mesa, tanto los que habían recopilado Greta y Nora y el puñetero informe del detective de Iker, no tardamos en convencer a mi ex de que, si llegábamos a juicio, lo íbamos a destrozar vivo.
Sin embargo, insistió en buscar otro abogado, puesto que Raúl no estaba dispuesto a representarlo en ese asunto.
Temí que encontrara a alguien que lo aceptara, no por miedo a que ganase, sino por el lío en que nos meteríamos y el tiempo que perderíamos para nada.
Greta lo tenía claro. Y, además, había grabado todas las conversaciones que tuvimos en el despacho de su marido.
Incluso, me contó que, junto a las fotografías, tenía una grabación con la madre de Iker, que no quiso utilizar para no meter a la mujer en un problema con su hijo.
Cuando empezó a seguir a Iker, se hizo la encontradiza con mi exsuegra, y Carmen le contó con mucha pena que, desde el divorcio, su hijo trabajaba muchísimas horas, que el pobre no tenía tiempo para nada, que apenas podía ver a sus hijas, y que ella lo ayudaba en todo lo que podía, para eso era su madre. Capullo.
Pasé dos semanas con los nervios de punta, mientras Iker buscaba a otro abogado.
Y, además, me sentía culpable por lo que había hecho con Ander.
Sí, solo había cortado con él, pero… es que no hubiera querido dejar de verlo.
Era la primera vez que me sentía a gusto con un hombre.
Ander me hacía reír, me escuchaba, teníamos una conexión que me hacía sentir viva, era un hombre interesante, divertido…
Y, en la cama, joder… Pero no podía ser. Estábamos a años luz el uno del otro.
Decidí cerrar la puerta de mi despacho en la oficina por dos razones: la primera, no quería que nadie me viera en ese estado de nervios, de frustración, de tristeza, de rabia…
, y segunda, no era capaz de dejar de observar a Ander.
Cuando nos reuníamos todo el equipo, intentaba no mirarlo, hablar de la forma más profesional posible, sin tartamudear incluso.
Me fijé en que dejó de ponerse camisa y corbata; en su lugar, vestía jerséis de diferentes tipos, pero eso no le quitó ni una pizca de atractivo.
Sin embargo, en su rostro se reflejaba una seriedad poco habitual en él; ya no sonreía tanto, al menos, cuando yo estaba delante.
En cambio, lo oía reír con los demás. Eso me reconfortó de alguna manera.
Estaba convencida de que, con el tiempo, llegaríamos a tener una relación laboral menos tensa.
Eso era precisamente lo que quería evitar cuando empezamos a vernos, pero, al parecer, se nos había ido un poco de las manos.
Iker dio señales de vida casi tres semanas después de habernos reunido en el despacho de Raúl.
Nos convocó para informarnos de su decisión.
Greta y yo nos presentamos en el bufete de su marido, como las veces anteriores, aunque nos extrañó que Iker quisiera que fuese allí; pensé que nos indicaría la oficina de su nuevo abogado.
Sin embargo, cuando llegamos, estaba solo con Raúl.
—Creo que es mejor que te quedes tú con la custodia exclusiva de las niñas —expuso, incluso antes de que pudiéramos acomodarnos en las sillas.
—¿Cómo? ¿Has pasado de quererla tú a dármela a mí? ¿Dónde está la trampa? ¿Qué pretendes? —pregunté de corrido. Ya no me fiaba ni un pelo de él.
—No estoy hecho para ser padre —atajó—. Y menos, padre soltero.
—Flipo… Todo lo que has montado, todo lo que he sufrido estas semanas, ¿para esto? —Miré a Greta, en un intento de que me indicara cómo proceder. Tenía la boca tapada con la mano, pero se veía a la legua que se estaba aguantando la risa.
—No hay trampa. Te concedo la custodia. Acordaremos un importe de manutención y, si hay algún gasto extra, lo compartimos —siguió Iker, como si aquello fuese un mero trámite.
—Y, ¿no quieres ni siquiera verlas algún fin de semana? —cuestioné.
—Sí, sí, eso sí. Visitas, vacaciones, lo que tú creas conveniente.
—¿Yo? También son tus hijas.
—Ya, pero a mí no se me dan bien este tipo de asuntos. Prefiero que pongas tú las condiciones.
Si no hubiera estado sentada, me habría caído de culo al suelo.
—¿Hablas en serio? —quise asegurarme.
—Por completo.
—¿Dónde está tu abogado? ¿Eso es lo que te ha recomendado?
—No ha hecho falta. Me he dado cuenta en estas semanas de que estarán mejor contigo. Yo… no…
—Que prefieres vivir a tu rollo, sin la responsabilidad de implicarte en el cuidado de tus hijas, vamos —intervino Greta con sarcasmo—. Pagas una cantidad y que se encarguen los demás. Muy bien, Iker, con dos cojones. Esto ya lo sabía yo.
Miré de nuevo a mi amiga. Asentía mientras sonreía de lado. Volví a girarme en dirección a mi ex.
—¿Es eso? ¿No quieres interactuar con ellas, verlas crecer, ser parte de su vida?
Iker inspiró en profundidad y luego expulsó el aire poco a poco.
—Lo siento, Maya. No me gusta el papel de padre, me… ahoga demasiado —confesó—. Cuando las tuvimos, tú te encargabas de todo, yo pasaba ratos con ellas, pero lo cierto es que no me sentía satisfecho. Nos divorciamos por eso, ¿recuerdas?
—La madre que me parió… —susurré—. Y, ¿por qué no lo dijiste entonces? Podríamos haber acordado este tipo de custodia desde el divorcio.
—Me daba reparo. No quería darte la razón en cuanto a que hacía lo mínimo. —Sus ojos ya no estaban cargados de esa rabia de la última vez. Parecía avergonzado pero, a la vez, esperanzado—. No me malinterpretes, las quiero, son mis hijas, pero… no soy capaz de asumir esa responsabilidad.
—¿Estás seguro?
—Sí. Lo estoy.
—Entonces, no hay nada más que hablar. —Me dirigí a Raúl—. Prepara el documento para el cambio de custodia y de las cuotas correspondientes por ley como importe de manutención. —Volví a fijarme en Iker—. Lo firmamos y lo presentamos en el juzgado. ¿Te parece bien así?
—Me parece bien. Lo que tú digas.
—Bien. Ya te puedes marchar, Iker.
—De acuerdo. —Se levantó de la silla—. Lo siento, Maya. —Y se fue. Sin más.
—Os juro que estoy flipando —dije cuando se cerró la puerta.
—Yo no —respondió Greta—. Lo vi en cuanto tuvisteis a Ana.
—Coño, ¿y no podías habérmelo dicho? —le recriminé.
—¿Y meterme en una relación de pareja? Ni de coña. Aunque seas tú, Maya. Con total seguridad, habríamos acabado discutiendo, o peor.
Cerré los ojos.
—Tienes razón. No hay más ciego que el que no quiere ver —sentencié.