No me toques la corbata CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Sin corbata

Ander

Las siguientes semanas fueron poco menos que un calvario.

Los días se me hacían eternos en la oficina, pasaba de un estado anímico a otro sin ton ni son.

La puerta del despacho de Maya siguió cerrada a cal y canto; fue entonces cuando mis compañeros empezaron a inquietarse, pero no se atrevían a preguntarle si ocurría algo.

Yo no sabía qué pensar. Me parecía una forma exagerada de llevar nuestra…

¿ruptura? Ni siquiera habíamos empezado en serio.

Eso era lo que me repetía una y otra vez cuando me sentía frustrado o pensaba en ella a todas horas.

Aunque lo cierto era que estaba preocupado, no parecía la misma en las reuniones de departamento o cuando nos cruzábamos por los pasillos.

Nuestras conversaciones eran solo profesionales, cortas y sin apenas mirarnos.

Sus gestos ya no eran enérgicos, ni sus sonrisas tan amplias como antes.

Dejé de ponerme corbatas, porque, cada mañana, cuando la anudaba, me recordaba su mirada traviesa, sus palabras provocadoras. Como ya hacía frío, mi excusa de llevar jerséis no pareció rara para mis compañeros, aunque Lucas no dejaba de meterse conmigo por haber perdido la esencia de mi atuendo.

Me centré en el trabajo, en mi familia, en el deporte y en salir con los amigos de Lucas. Además, coincidí con un par de chicos en el gimnasio y empecé a ir a tomar algo de vez en cuando con ellos.

Pero era prácticamente imposible sacarme a Maya de la cabeza.

Cada noche, al acostarme, pensaba en ella, sobre todo porque no entendía que se comportara de forma tan distinta a como cuando la conocí, incluso en la oficina.

No me atrevía a preguntarle a mi hermano si sabía algo, pues, en teoría, Maya solo era mi jefa y hacía poco más de tres meses que teníamos trato profesional.

Aparte de que Martín dejó de preguntarme cómo llevaba el trabajo a medida que vio que me integraba sin problemas.

Llegó mediados de diciembre y, con él, mis padres. Mi madre no consintió quedarse en el piso de ninguno de sus hijos, prefirió alquilar una pequeña casa a las afueras de la ciudad para su estancia durante un par de semanas.

—No pienso interferir en la vida de mis hijos ni que ellos lo hagan en la mía —fue su respuesta.

Y ya no hubo más que hablar.

Bueno, eso era un decir, porque una tarde de aquellos primeros días, se presentó en mi piso, con la excusa de que se lo enseñara, para hacerme un tercer grado.

—No has vuelto a contarme nada acerca de la chica que te gusta —dijo, como si el tema fuese lo más normal del mundo.

Era cierto. En mis posteriores llamadas había evitado comentar cualquier detalle que hiciera referencia a Maya.

—Bueno, la cosa no salió bien —contesté, escueto.

—¿Por qué? ¿Qué ocurrió? —No iba a darse por vencida, lo tenía claro.

—Ella decidió cortar la relación antes de empezar más en serio. Me dijo que no le parecía correcto que saliéramos, dadas nuestras circunstancias.

—¿Circunstancias?

—Ya sabes; edad, trabajo y posición dentro de la empresa. —Me encogí de hombros.

—Entiendo. Y, ¿cómo estás? Te veo un poco… apagado. —Por supuesto, era mi madre y se daba cuenta de cualquier cambio en sus hijos, por muy lejos que viviera de ellos y a pesar de haber intentado disimular.

—Bueno, estoy. Si te soy sincero, no pensé que me afectara tanto. Al principio sí, incluso me enfadé. —Alzó las cejas—. Ya, no me siento orgulloso. Pero, con el paso de los días, empecé a echarla de menos, a pensar demasiado en ella, a cavilar una forma de convencerla, a… No lo sé, mamá.

—A darte cuenta de que estás enamorado —atajó mi madre.

Inspiré hondo.

—¿Es posible que ocurra en tan poco tiempo?

Mi madre soltó una carcajada.

—Y en menos. Dicen que los flechazos no existen, yo creo que no es verdad.

—Lo más jodido es que la veo a diario y, aunque no hablemos de nada personal, se me remueve algo por dentro cada vez que oigo su voz.

—Y, ¿cómo está ella?

—No lo sé, pero te aseguro que no es la misma de antes.

—¿También está apagada?

—Y preocupada. Creo que tiene algún otro problema, familiar o personal, no lo sé, pero estoy convencido de que le ocurre algo.

—¿Por qué no le has preguntado?

—No lo sé, no… me ha parecido correcto, después de que me dijera que nuestra relación sería estrictamente profesional.

—Podrías preguntarle como compañero, como amigo. ¿No lo haces con el resto?

—Sí, lo hago. Pero no sé si sería capaz de aguantar que me contestara que no es asunto mío.

—No creo que lo hiciera.

—No la conoces, mamá —sonreí sin ganas.

—Sé lo que me has contado.

—Ya. ¿Podemos dejar el tema?

—Está bien. —Levantó las manos en señal de rendición.

Sabía que volvería al ataque antes de regresar a Nueva York. Igual que ella nos conocía a nosotros, yo la conocía a ella.

A un par de días de las vacaciones de Navidad, decidí que le preguntaría a Maya, aunque no sabía cómo hacerlo sin que pensara que la observaba a escondidas. Si le decía que la notaba triste y preocupada, entendería que seguía pendiente de ella.

Pero a los pocos minutos de estar sentado en la silla de mi escritorio, apareció Martín.

—Buenos días, chicos. Maya no vendrá hoy. Tiene un tema personal que resolver. Para cualquier duda o problema, pasad por mi despacho, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, jefe. —Lucas levantó el pulgar.

—Deja de llamarme así —rio mi hermano—. Me da urticaria.

Estuve a punto de preguntarle si conocía la índole de ese asunto particular de Maya, pero me quedé callado. Sin embargo, un par de horas después, me presenté en su despacho.

—¿Qué pasa, Ander?

Cerré la puerta y me acerqué a la mesa.

—¿Sabes qué le ocurre a Maya? —pregunté sin rodeos.

—Ya pensaba que no vendrías nunca a preguntar por ella. —Alzó una ceja. Su rostro me mostró una mueca estúpida.

Arrugué el ceño.

—Mamá… —Caí en un segundo—. Menuda bocazas.

Se echó a reír con ganas.

—Solo está preocupada por ti. ¿Por qué no me has contado lo de Maya?

—Ella no quería que lo supieras, le daba… reparo.

—Aquí no hay ninguna norma que diga que no se pueden establecer relaciones personales si se cumple con el trabajo —expuso.

—Pero ella piensa que soy demasiado joven.

—Ya.

—No es la misma de antes, y no creo que sea porque me dejó claro que no volveríamos a vernos fuera de la oficina.

—Bueno, no soy quien para contarte sus asuntos, deberías preguntárselo a ella.

—No voy a hacer eso.

—Lo imaginaba. —Tomó aire—. Vale, solo te informaré de que tiene un problema con el padre de sus hijas y la custodia de estas.

—Joder… —bufé—. Sabía que le pasaba algo. —Me recliné en la silla.

—Sobra decir que yo no te he explicado nada.

—Sí, ya, claro. Pero ¿lo está solucionando? ¿Sabes…?

—Ander, eres mi hermano y te quiero —me interrumpió—, pero no puedo decirte más. Es un tema privado de Maya.

Volví a soplar. Por su postura, codos apoyados sobre la mesa y los dedos entrelazados, entendí que no iba a sonsacarle información, así que me di por vencido.

Tenía razón, no era una cuestión para soltársela a cualquiera, ni siquiera a mí, que era su hermano y, además, había tenido una relación estrecha con ella.

—De acuerdo. Lo comprendo —asentí.

—Bien. Ahora, vuelve al trabajo y no te preocupes por Maya, ha salido airosa de otras situaciones parecidas.

—Sí, lo sé. —Me levanté—. Gracias por todo, Martín.

—De nada. Sería estupendo tener a Maya de cuñada —soltó con una risita.

—Vete a la mierda.

Esta vez, esa sonrisa de imbécil se convirtió en una carcajada de lo más escandalosa. En cuanto salí de su despacho, supe que mi hermano me ocultaba algo.