CAPÍTULO 41
El cazador cazado
Maya
Cuando Ander desapareció tras la puerta, me tapé la cara con las manos.
Un nudo se me atragantó en las cuerdas vocales y sentí otra vez el picor en los ojos.
Había estado a punto de echarme a llorar.
Esa conversación había sido la más dura en varios años, con diferencia.
Mentir no se me daba bien; ocultar lo que sentía, aún peor.
Pero era mejor así. Mejor para él. Encontraría a una chica con quien compartir su vida sin cargas adicionales.
Una vez me convencí de nuevo de mi propio argumento, escribí a Greta. No tenía noticias suyas y empezaba a preocuparme.
Greta, ¿puedes decirme
si lo que sea que estés
tramando va bien?
Llevo encerrada todo el día
en mi despacho, no quiero
que nadie vea lo nerviosa
que estoy.
No tardó ni diez segundos en responder.
Greta:
Tranquila, todo va según
lo previsto. Nos vemos a las
siete en la entrada al bufete
de Raúl.
Vale. Espero que lleguemos
a un acuerdo, porque… si
vamos a juicio, esto se va a
poner difícil. Y no quiero
que las niñas salgan perjudicadas.
Greta:
Nadie va a salir perjudicado.
Confía en mí.
De acuerdo. Nos vemos dentro
de un rato.
Apenas eran las cinco y veinte, así que, para no pasarme una hora elucubrando acerca de lo que se me podía venir encima y de que había hecho daño a Ander, me puse a repasar varios proyectos hasta que llegó el momento de ir hacia el despacho de Raúl.
Al salir del coche, en el aparcamiento, noté con mayor fuerza el temblor de mis piernas.
Fue entonces cuando entendí a Greta. Si Iker notaba que estaba tranquila, sospecharía que yo tenía algo que ver con lo que fuese que ella iba a presentar como contramedida a su acusación.
En teoría, tendría que saberlo, pues un abogado y un cliente deben consultarse y estar de acuerdo en la estrategia que se vaya a llevar a cabo, pero, con sinceridad, prefería no conocer qué preparaba mi amiga, porque seguro que no era nada ortodoxo.
Como abogada era una profesional que le sacaba punta a cualquier situación con la ley en la mano; como amiga era una bestia parda.
Y, si se juntaban las dos, aquello podía convertirse en una salvajada.
Mientras me acercaba a la puerta del despacho, ya vi a Greta, pero también vi a Nora. Ambas me esperaban con una sonrisa.
—Nora, ¿qué haces aquí? —pregunté al tiempo que nos dábamos ese abrazo de, mínimo, seis segundos.
—Vengo como apoyo emocional —se rio.
—De eso nada, viene porque hemos hecho juntas lo que vamos a presentar —intervino Greta.
Me separé de Nora y levanté las cejas.
—Pero ¿qué narices habéis hecho? —cuestioné.
—Dame un abrazo, anda. —Greta me agarró con una sola mano, en la otra llevaba una carpeta—. Tengo toda la documentación dentro. Vamos.
Entramos directas a la sala en la que estuvimos la tarde anterior, aunque Nora se sentó en una de las sillas de la zona común.
—¿No entras? —le pregunté.
—No. En teoría, solo soy una testigo. Entraré si no hay más remedio, pero no creo que Greta necesite ayuda. —Me guiñó un ojo.
Pero ¿qué demonios habían maquinado esas dos? Y en tan poco tiempo. Solo habían transcurrido veinticuatro horas desde la reunión con Iker.
—Venga, Maya, Iker ya está dentro con Raúl —me apremió Greta.
Lancé un beso a Nora, en señal de agradecimiento por estar ahí, ya fuese como testigo o como apoyo, o por ambas cosas.
Iker y Raúl estaban sentados en las mismas sillas que el día de antes. Iker me miraba del mismo modo, frío y tenso. Raúl, en cambio, parecía tranquilo.
—Hola, Maya —saludó el marido de mi amiga.
—Hola, Raúl. Iker…
Mi exmarido solo movió un mínimo la cabeza.
—Bien. Vamos allá —dijo Greta, mientras yo tomaba asiento.
Ella, sin embargo, se agachó bajo la mesa y cogió una caja de cartón, que depositó sobre la mesa con más estruendo del necesario.
Se quedó de pie, con las manos apoyadas sobre la tapa —.
Iker, ¿sigues con la idea de cambiar la custodia de vuestras hijas?
—Por supuesto. Raúl ya ha redactado el documento para presentarlo en el juzgado —contestó con seguridad.
—De acuerdo. —Greta levantó la tapa y empezó a sacar diferentes carpetas, también de cartón marrón—.
Aquí —colocó una de ellas sobre la mesa— hay pruebas de que no pasas ninguna tarde con tus hijas —expuso.
Cogió otro archivador—. Aquí hay pruebas de que apenas pasas un par de horas con tus hijas los fines de semana que están contigo —siguió.
—¿De qué estás hablando, Greta? ¿Qué significa esto? —Iker me miró con una furia que jamás le había visto hasta la tarde anterior.
—No lo sé… —Me encogí de hombros, tan sorprendida como él.
—No, ella no sabe nada. He sido yo quien te ha seguido desde que te vi entrar en el portal de tu piso con una chica. Era una tarde, sobre las seis, de una semana que tenías a las niñas contigo. En teoría. En la práctica, estaban con tus padres —aseguró Greta.
—¿Cómo? —cuestioné. Miré a Iker—. ¿No tienes a las niñas contigo? ¿En tu piso? No… No entiendo. —Desvié la vista hacia Greta.
—Eso es mentira —casi gritó Iker, con los dientes apretados.
—Ah, ¿sí? ¿No es tu madre quien recoge a las niñas del colegio cada tarde y las acompaña a merendar y al parque, para luego llevarlas a su casa, estar con ellas, bañarlas y darles de cenar, hasta que llegas tú, sobre las nueve, también para cenar, las recoges, ya en pijama, se acuestan en tu piso y las llevas al colegio por la mañana?
—¿Qué? ¿Quién te ha dicho eso? —cuestionó Iker.
—Me lo has dicho tú. —Greta abrió una carpeta y empezó a lanzarle varias fotografías en las que aparecían las niñas con su madre, en la calle, en el parque, en una cafetería; también a él al salir del gimnasio, entrar en su portal, a veces solo; otras, acompañado; salir de nuevo, cambiado, en dirección a casa de sus padres, que vivían en la misma calle, a menos de doscientos metros.
—¿Me has seguido? —cuestionó mientras cogía una foto detrás de otra.
—Oh, vaya, el cazador cazado —se mofó Greta.
—Eres… eres…
—No lo digas, Iker. Porque te juro que cojo la pala que tengo en el coche y te entierro en la puta montaña —lo interrumpió mi amiga.
—Greta —la advirtió su marido, que no había abierto la boca en toda la reunión.
—Esto no significa nada, pueden estar trucadas, modificadas. Ser del mismo día y convertirlas en lo que quieras. Voy al gimnasio de vez en cuando…
—Ah, entonces, ¿admites que las fotos que le hicieron a Maya también pueden estar retocadas?
—No. Esas son reales, se puede comprobar.
—Estas también —aseguró Greta—. Vas al gimnasio a diario, cuando sales del banco, alrededor de las cuatro de la tarde.
No ves a tus hijas hasta las nueve, que las pones a dormir.
Lo único que haces es levantarlas, darles el desayuno y llevarlas al colegio.
Hay fines de semana que, incluso, las niñas pasan la noche en casa de tus padres, porque su puñetero padre se va de copas.
Yo no daba crédito, miraba las fotografías una y otra vez, escuchaba las palabras de Greta con respecto a Iker como si se refirieran a otra persona.
—Entonces —notaba la boca seca, las palabras se me pegaban al paladar—, ¿por qué quieres la custodia exclusiva si no estás con ellas? —Levanté la vista hacia el que había sido el amor de mi vida desde los años universitarios. No lo reconocía.
Se quedó en silencio.
—Para hacerte daño, Maya. Ni más ni menos. Y porque es un capullo —soltó Greta.
—Pero ¿por qué? ¿Ahora, después de dos años divorciados? No lo comprendo. —Seguía sin poder creer la situación.
—Porque, hace unos meses, empezaste a salir, a divertirte, a vivir, como cualquier mujer. Hasta hace poco, te dedicabas a trabajar y a cuidar de tus hijas; ni siquiera salías cuando no estaban contigo, a no ser que fuese con Nora y conmigo —argumentó Greta.
—¿Es eso cierto? —cuestioné.
—Eres madre. No deberías andar por ahí… fulaneando —confesó Iker.
—También es una mujer joven, atractiva y dueña de su vida, imbécil —soltó Greta.
—Esto es increíble —murmuré.
No me entraba en la cabeza. No conseguía entenderlo.
—¿Qué quieres hacer, Maya? —preguntó Raúl.
Levanté la cabeza de entre mis manos y lo observé. Raúl lo sabía. Sabía todo lo que iba a exponer su mujer. Quizá hasta la ayudó. Sonreí con desgana.
—Quiero que acompañes a tu cliente a casa de sus padres y recojáis a mis hijas para traerlas aquí —contesté con firmeza.
Desvié la vista hacia Iker, que seguía sumido en las fotografías—.
Las niñas se quedarán conmigo hasta que tome la decisión con respecto a tu demanda, pero no esperes que sea benevolente, ya no —sentencié.