CAPÍTULO 40
Última palabra
Ander
Entré en el edificio con el móvil en la mano, a la espera de que Maya enviara su habitual mensaje para subir juntos en el ascensor, pero pasaron los minutos y no recibí nada.
Quizá aún no hubiera solucionado el imprevisto que me dijo la noche anterior que le surgió, así que entré en el cubículo y marqué el número siete; no quería llegar tarde.
Mónica y Lucas salieron de la sala de descanso cuando me acercaba a la puerta.
—Buenos días, tío. —Lucas alargó la mano para chocármela.
Mónica levantó el café que llevaba en la mano.
—Dejo esto —señalé mi mochila con el desayuno— y voy para allá.
—Tranquilo, no va a venir de un minuto —dijo Mónica.
Me hice un café, con la intención de llevármelo a la mesa, y me dirigí a mi puesto sin perder más tiempo.
Me fijé en que el despacho de Maya aún estaba vacío, no había llegado.
Las semanas que tenía a sus hijas, solía llegar más tarde porque debía dejarlas en el colegio, pero, que yo supiera, esos días estaban con su padre.
No le di mayor importancia, así que me acomodé en la silla y empecé mi jornada laboral como cada mañana. Maya aparecería en cualquier momento, aunque me extrañaba que no me hubiese avisado de que no estaría a la hora.
Quince minutos después, oí el sonido de sus pisadas, rápidas y contundentes. Sonreí. Quizá solo se le habían pegado las sábanas.
—Buenos días a todos —saludó en tono neutro.
Contestamos como siempre. Aunque hubo algo que me resultó raro.
Cerró su despacho al entrar. Desvié la vista de mi pantalla hacia su puerta y, después, hacia mis compañeros.
Ellos siguieron como si nada. No hicieron ningún comentario al respecto, no vieron extraño ese comportamiento de Maya.
Llevaba trabajando casi tres meses allí, y ella jamás había cerrado la puerta de su despacho si estaba sola.
Era posible que yo estuviese haciendo una montaña de un grano de arena, pero entre el mensaje de la noche anterior, la ausencia de aviso de esa mañana y que hubiera decidido levantar un muro entre ella y el departamento no hizo más que preocuparme.
¿Habría ocurrido algo con la empresa, con dirección? Por supuesto, no quise preguntar al resto, que se comportaba como siempre, así que no tuve más remedio que seguir con mi trabajo y esperar a que Maya me dijera lo que fuese.
***
Diez minutos antes de las cinco, hora en la que se acababa la jornada, Maya abrió esa puerta que había estado cerrada durante todo el día.
—Ander, ¿puedes pasar unos minutos antes de marcharte, por favor? —Apenas me miró. Soltó la frase y volvió al interior.
—Claro —contesté, y me levanté en el acto, sin pensar. Ni siquiera cogí la tablet o algún papel para anotar lo que tuviera que decirme.
Apenas tardé un par de segundos en estar en la misma estancia que ella por primera vez ese día.
—Cierra —pidió antes de acomodarse en la silla— y siéntate, por favor. —Su tono era serio y tenso.
—Vale. —Hice lo que me pidió y esperé a que dejara de mover los papeles que tenía sobre la mesa—. ¿Ocurre algo?
Inspiró hondo, cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos para mirarme de una forma que hizo saltar una alarma en mi interior. Parecía triste pero, a la vez, confiada.
—Lo siento mucho, Ander, pero hoy no vamos a poder quedar —carraspeó—. De hecho, ni hoy ni ningún otro día. No volveremos a vernos fuera de esta oficina. —Me observó durante un par de segundos, luego desvió la mirada hacia su pantalla.
La alarma empezó a tronar en mi cabeza, en mis oídos, en mis sienes.
—Eh… ¿Alguien de la empresa se ha enterado de que nos hemos visto? ¿Es eso?
—No —negó con los ojos cerrados, de nuevo—. No es eso. —Volvió a mirarme—. Me precipité al decirte que nos viéramos, lo siento. Creo que lo mejor es que lo dejemos aquí, ahora.
—Pero… ¿qué ha ocurrido? ¿Qué te ha pasado?
—Ander —inspiró en profundidad—, acordamos que, cuando cualquiera de los dos quisiera dejarlo, lo haríamos sin dramas. El otro debía aceptarlo y nos comportaríamos como personas profesionales dentro de la empresa.
—Sí. Eso dijimos —corroboré. Me sudaban las manos y tenía un pequeño temblor en el tobillo derecho. Desvié la vista hacia la ventana, casi era de noche—. Aunque, después de estas semanas, de la cena del sábado, pensé que…
—Lo siento, no…
—Deja de disculparte. —Apreté la mandíbula—. No soy un crío a quien le has quitado el caramelo de la boca, ¿vale? —Elevé el tono. Suspiré. Joder—. Perdona. Pero me gustaría saber qué ha ocurrido para que cambies de opinión de un día para otro —añadí con un tono que demostraba mi frustración.
Se le humedecieron los ojos.
Mierda.
Parpadeó varias veces.
—No debí permitirlo. Trabajamos juntos, soy tu jefa y te llevo once años. No está bien.
—¿Es tu última palabra? —quise asegurarme. Me debatía entre abrazarla u odiarla.
Joder, me sentía estúpido pero, a la vez, conmovido. Sus palabras pretendían ser duras, firmes, sin embargo, sus ojos decían todo lo contrario. O eso quise creer. Quizá esa desesperanza que veía en el brillo de sus pupilas era solo lástima por mí.
Asintió. Ni siquiera lo verbalizó.
Genial.
Me levanté, salí del despacho y cerré a mi espalda. Si eso era lo que quería, yo no podía obligarla a hacer lo contrario, por mucho que me gustara, por mucho que ya la echara de menos, por mucho que supiera que, en realidad, no parecía convencida de lo que acababa de decirme.