CAPÍTULO 39
Tengo una pala en el maletero
Maya
Cuando entré en casa, las fuerzas y la tensión me abandonaron. De pronto, mi cuerpo se aflojó y solo tenía ganas de meterme en la cama. Dormir. Desaparecer. Y que, al volver a abrir los ojos, todo lo que había pasado en el despacho de Raúl no hubiera existido.
No sabía qué le ocurría a Iker, por qué ese sentimiento de odio repentino, qué había hecho yo para recibir esa clase de rabia tensa y desmedida.
¿De verdad le molestaba tanto que saliera de copas?
¿De tener rollos de vez en cuando? Estaba convencida de que él hacía lo mismo; era imposible pensar que llevara dos años de celibato.
Y, en cualquier caso, era su vida, ¿qué más me daba a mí lo que hiciera como hombre libre que era?
Mientras no influyera en las niñas, podíamos hacer lo que nos viniera en gana.
¿En serio pensaba que cobraba dinero por acostarme con tíos?
¿Que pagaba? Era de locos. Por el amor de Dios.
Me había tirado sobre la cama, con la vista en el techo, sin ni siquiera quitarme los zapatos, pero no podía dormirme, tenía que esperar la llamada de Greta.
¿Qué estaría tramando? Se la veía muy segura de lo que debía hacer.
Eso fue lo único que me tranquilizó un poco.
Confiaba en ella, por supuesto; sin embargo, no saber qué planeaba también me inquietaba.
A veces, Greta era demasiado impulsiva y hasta temeraria.
Necesitaba dejar de pensar por un rato, así que me levanté y fui al baño para darme una ducha. Hablar con las niñas me había dejado un sabor agridulce. Se encontraban bien, estaban contentas, pero temía que esa inocente felicidad se truncara por culpa de lo que pretendía su padre.
El agua caliente me empapó la melena y, por un instante, me concentré en ese pequeño placer.
Fue entonces cuando Ander me vino a la mente.
Abrí los ojos de golpe. Ander. Justo esa mañana había decidido ser valiente e insinuarle que nos viéramos más a menudo.
Probar. Olvidar todo lo que creía que nos separaba y darme la oportunidad de salir con alguien no solo por pasar un rato en la cama.
Lo cierto era que, desde que lo había conocido, cada vez me apetecía menos ir al club.
En cambio, el destino parecía pasarse mis deseos por el forro.
¿Cómo iba a meter a Ander en mis problemas?
Era un hombre libre, joven, atractivo, inteligente y divertido, ¿quién era yo para importunarlo con mis asuntos personales?
Nadie. Y ya no solo por lo que acababa de ocurrir con Iker, que no tenía ni idea de cómo iba a solucionar, sino cargar con mis responsabilidades; con mis horarios, mis imprevistos, mis hijas.
No. En definitiva, no era negociable la libertad de elección que tenía para montar una vida a su antojo sobre la obligación de adaptarla a la mía. Eso sería muy egoísta por mi parte.
En cuanto salí de la ducha, miré el móvil por si había noticias de Greta.
Ander:
Hola, ¿qué tal te ha ido
la tarde? Acabo de llegar
a casa. Voy a darme una
ducha y a cenar algo.
¿Hablamos luego?
Inspiré hondo.
Hola. Lo siento, Ander,
me ha surgido un imprevisto.
Nos vemos mañana en la
oficina. Buenas noches.
Ander:
¿Va todo bien? ¿Son tus hijas?
¿Se encuentran bien?
Sí, sí, tranquilo. Mañana te
cuento.
Mentí. No iba a contarle nada en absoluto, pero sí tenía que decirle que había cambiado de idea con respecto a nosotros.
Ander:
De acuerdo. Buenas noches.
Eran casi las diez cuando recibí la llamada que esperaba de Greta.
—Greta, dime qué pasa.
—Hola, Maya. Todo va según lo previsto —contestó con calma.
—Pero ¿qué hay previsto? Nada de lo que ha ocurrido hoy estaba previsto.
—Ya, ya. Era una forma de hablar. Escucha, mañana por la tarde, a las siete, ve de nuevo al despacho de Raúl. Volveremos a tener una reunión con Iker.
—Vale, genial. Y, ¿no me vas a contar qué demonios vamos a hacer para quitarle de la cabeza a mi exmarido esa idea ridícula de que soy…? Joder, es que no puedo creer lo que ha dicho y que haya mandado a alguien a seguirme. Esto parece una película de mierda. —Bufé de la frustración.
—Lo siento, vas a tener que confiar en mí. No puedo explicarte nada, necesito que tu reacción a lo que va a ocurrir mañana sea real. Si te lo cuento, Iker va a pensar que es cosa tuya y no quiero que crea eso.
—Pero…
—Pero nada. De verdad que lo siento. Sabes que te lo diría, pero no puedo.
Suspiré de nuevo.
—Vale, de acuerdo. Espero que sepas lo que haces porque, como esto salga mal, no sé qué…
—Si no sale bien, tengo una pala en el maletero, ya lo sabes —me interrumpió.
—¡Greta! Hablo en serio.
—Y yo, no te jode.
—No me lo puedo creer…
—Nos vemos mañana. Intenta descansar y no te preocupes. Soy tu abogada.
—Y mi… amiga.
—Eso por descontado. Abogada y amiga. No tienes ni idea de lo que significa para mí la combinación de esas dos palabras.
—Claro que lo sé.
—Entonces, como te acabo de decir, no tienes de lo que preocuparte.
—Vale. Hasta mañana.
Cuando colgué, no pude más que sonreír. Sabía que, si llamaba a Nora, me diría lo mismo que Greta.
Estaba convencida de que ella también era partícipe del plan.
Como solía decir Greta, no tenía pruebas, pero tampoco dudas.
Recordé la primera vez que mi amiga dijo esa frase en el campus de la universidad, porque Nora le contestó:
—Menuda abogada de mierda vas a ser; si no tienes pruebas, no hay dudas que valgan.
—Cuando no tengo dudas, busco las pruebas hasta debajo de las putas piedras. Todas las acciones dejan rastro, por mucho que se quieran esconder. ¿Quieres que encuentre las tuyas? —La miró, desafiante.
Allí, sentadas en el césped, bajo un árbol, tanto Nora como yo supimos que Greta sería una de las mejores abogadas que conociéramos jamás.