CAPÍTULO 37
Esto no puede estar pasando
Maya
Esa tarde, justo cuando recogía mis cosas para marcharme a casa, sonó mi teléfono. Miré la pantalla. ¿Raúl? Arrugué el ceño, era raro que me llamara el marido de Greta. ¿Le habría pasado algo? Lo cogí enseguida.
—Hola, Raúl. ¿Qué ocurre? ¿Es Greta?
—Hola, Maya. No. Greta está bien —contestó, en un tono más serio del que me tenía acostumbrada.
Suspiré, aliviada.
—Vale. Dime.
—¿Sería posible que vinieras a mi despacho esta tarde?
—¿Cuándo? ¿Ahora?
—Sí, a las siete.
Miré mi reloj de pulsera. Pasaban dieciocho minutos de las seis.
—Supongo que sí. Pero ¿qué ocurre? —Tanta prisa empezó a preocuparme.
—Es Iker. Me ha llamado porque quiere que nos reunamos los tres.
—¿Iker? ¿Para qué? —Me extrañé.
Lo oí bufar al otro lado de la línea.
—Quiere… modificar la custodia de vuestras hijas —respondió. Parecía también inquieto.
—¿Qué? Y, ¿por qué no me ha llamado a mí? No te preocupes, ahora hablo con él, a ver…
—No. No quiere hablar contigo. Me ha dicho que… lo que tengas que decir me lo comentes a mí.
—Pero… no lo entiendo.
—Créeme, yo tampoco. No me ha explicado mucho, la verdad, pero lo conozco. Su tono ha sido… tosco e impertinente. A quien sí voy a llamar es a Greta, para que esté aquí contigo.
—¿A Greta?
—Sí. Iker me ha pedido que sea su abogado en este asunto. Solo el suyo, no tuyo, no de ambos.
Cada vez comprendía menos todo lo que me decía Raúl.
—Bueno, voy para allá. A ver qué quiere.
—Perfecto. Yo me encargo de Greta. No te preocupes, lo solucionaremos.
—Vale, ahora nos vemos.
Colgué la llamada y salí del despacho. Ya no quedaba nadie en el departamento, ni siquiera Ander, que se había marchado a la hora porque quería ir a ver entrenar a sus sobrinos. Bajé a por el coche y crucé media ciudad hasta el bufete donde trabajaba Raúl.
Le di vueltas al asunto durante todo el trayecto. Iker quería cambiar la custodia, pero ¿cómo? No quería hablarlo conmigo, ¿por qué? Cada vez entendía menos.
Llegué al edificio y aparqué en un parking de pago subterráneo, era imposible dejarlo en la calle. No iba a perder el tiempo en busca de un hueco que sabía no encontraría.
Di mi nombre a la recepcionista y pedí ver a Raúl. En menos de un minuto, aparecieron él y Greta. Ella no trabajaba allí, pero había llegado enseguida, así que aún me alarmé más.
—Hola, Maya —saludó mi amiga, y me dio un abrazo. La encontré demasiado seria.
—¿Se puede saber qué pasa? —pregunté, ya un tanto irritada.
—Ahora te lo explicamos —intervino Raúl.
Asentí. Greta me cogió del brazo y caminamos hacia el despacho de su marido.
—Al parecer, Iker quiere pedir la custodia exclusiva de las niñas —me informó en voz baja.
Me detuve en seco.
—¿Qué? —casi grité.
—Ssshhh. —Tiró de mi muñeca para que avanzara—.
Tranquila, no será posible si tú no estás de acuerdo.
Tiene que haber un motivo importante y demostrable para solicitarlo de forma unilateral.
Y que nosotros sepamos, no ha cambiado nada desde que os divorciasteis —me explicó con una calma que fingía fatal.
—Greta, que Iker quiera algo así, ya es un puto cambio, ¿no crees? —Me puse a la defensiva.
—Déjanos hablar a Raúl y a mí, tú solo intenta calmarte.
—Eso es fácil de decir.
—Lo sé.
Llegamos al despacho de Raúl, en el que ya estaba sentado a la mesa Iker, con cara seria e imperturbable. Sentí la inquina de su mirada en el centro del estómago. Algo iba mal. Muy mal.
—Sentaos —anunció el marido de mi amiga.
—¿Qué ocurre, Iker? —le pregunté.
—Ahora lo sabrás —contestó, molesto.
Greta se sentó a mi lado y me puso la mano sobre el muslo para tranquilizarme.
—Bueno —empezó Raúl—, Iker me ha llamado para organizar esta reunión urgente porque tiene la intención de cambiar la custodia de Ana y Elena. —Hice el amago de contestar, pero Greta me apretó la pierna—. Según me ha informado, quiere la custodia monoparental para él.
Ahí ya no pude reprimirme, por mucho que mi amiga volviera a advertirme con el mismo gesto.
—Pero ¿por qué? ¿Qué ha pasado? —pregunté a la desesperada.
—No voy a hablar contigo. Habla con mi abogado. —Señaló a Raúl con la barbilla.
—¿En serio? —respondí con sorna.
—Vamos a calmarnos —continuó Raúl—. Iker, somos todos amigos desde hace años. Es normal que nos extrañe un acto como este. ¿Qué alegas para solicitar este cambio?
—No quiero que mis hijas tengan nada que ver con… una puta —expuso, con una mala leche que jamás le había visto.
—¿Qué has dicho? —Me levanté de un salto y apoyé las manos sobre la mesa para encararlo.
—¡Iker! —lo amonestó Greta—. ¿De dónde coño has sacado…?
—Por favor, Maya —intervino Raúl—, siéntate. Hablemos con calma.
—¿Con calma? Acaba de llamarme puta. ¿Te parece normal?
—Por favor —rogó de nuevo.
Inspiré hondo y me dejé caer sobre la silla. Me hervía la sangre, el corazón estaba a punto de salírseme del pecho. No entendía nada, pero no iba a permitir que… ese cabrón…
—Tranquila —susurró Greta.
—Iker —continuó Raúl—, esa es una acusación muy grave. ¿A qué te refieres con exactitud para afirmar algo así?
—Me refiero a eso exactamente. Maya ejerce la prostitución. No quiero que mis hijas estén con una madre así —sentenció.
—Pero ¿qué…?
—Maya, por favor —me interrumpió Raúl.
—Joder, ¿es que no voy a poder defenderme?
—Dejemos que Iker exponga su argumento, después será tu turno.
Greta volvió a tocarme. La miré. Negó con la cabeza. Entonces entendí que, si estaba callada, yo debía estarlo también; si no, ella sería la primera en saltar al cuello.
—Imagino que tendrás pruebas para demostrar lo que acabas de decir —fue mi amiga quien habló, en un tono calmado pero tenso.
—Por supuesto. —Cogió un sobre marrón de tamaño A4 que había sobre la mesa y se lo entregó a Raúl.
Mientras nuestro amigo lo abría, miré a Iker, seguía con la barbilla en alto y la mirada fría.
—¿Dónde están las niñas? —le pregunté. Esa semana las tenía él hasta el miércoles, puesto que la anterior estuvieron conmigo durante más tiempo.
—Con mis padres —respondió con rabia.
—Vale. ¿Puedes explicarnos qué es todo esto? —preguntó Raúl al tiempo que exponía sobre la mesa una serie de fotografías en las que aparecía yo a la entrada del club, en distintos días. Había instantáneas de, al menos, seis meses antes.
—¿Me has estado espiando? —pregunté—. No me lo puedo creer. Pero ¿tú de qué vas? —Cogí una de las imágenes—. Esto no es un prostíbulo, Iker. Es un bar de copas.
—Según el informe del detective privado es… mucho más que eso —anunció.
—Aquí dice —intervino Raúl— que el local se divide en un bar y una zona de habitaciones, donde los clientes tienen relaciones sexuales. En ningún momento indica que se pague por ese… servicio , Iker.
—Ya, claro. Todos los bares de copas y pubs tienen habitaciones para follar, no me jodas. No solo eres una puta, sino que también pagas por ello —dijo Iker, con aversión.
—Que no es un puto prostíbulo. Se pagan las habitaciones que se usan. Nada más —expliqué, exaltada—. Es un club como cualquier otro bar.
—Iker, si llevas a cabo esta denuncia, se va a investigar todo. Si no tienes razón, vas a perder mucho más de lo que crees —explicó Raúl.
—Si no quieres hacerte cargo, buscaré a otro abogado más… persuasivo —anunció.
—Mira, Iker —interrumpió Greta—, ya me estás tocando la moral, y mucho.
No sé qué coño te ha dado ahora con todo esto, pero no me toques los ovarios, en serio.
Maya es adulta, puede hacer lo que quiera, ir a los bares que quiera, follarse a quien quiera…
¿O es que tú no lo haces también? —Alzó una ceja—.
Ir a ese bar es como ligar en un pub , en una discoteca o en una aplicación de móvil. Igualito.
—Allí se paga por ello —insistió.
—Se paga la habitación, gilipollas —se enfadó Greta—. Quiero una copia de todo eso. Tú haz lo que quieras, yo estoy con Maya —le dijo a su marido—. Te voy a destrozar —advirtió a Iker, al tiempo que se levantaba de la silla.
—Eso ya lo veremos —se mofó él.
—Vamos, Maya —apremió mi amiga.
—No me lo puedo creer —le dije al padre de mis hijas—. Espero que cambies de idea, porque si no…
—¿Me estás amenazando? —Sonrió como el idiota que acababa de darme cuenta que era—. Toma nota, Raúl. Maya me ha amenazado.
—Iker, por favor…
Ya no oí más. Salí de allí como una furia, tras Greta, que parecía igual de enfadada que yo.
—Pero ¿qué coño se ha creído? Será imbécil, el muy cretino —iba relatando Greta.
—No entiendo qué le pasa. Me he quedado en shock , te lo juro.
Greta se detuvo en cuanto cruzamos la puerta del edificio.
—Pasa que hay tíos a los que no se los conoce hasta que te divorcias de ellos.
—Hace dos años que nos divorciamos, ¿y ahora viene con esto?
—Chica, es que Iker va con retraso, al parecer. Será capullo…
—Sí, vale, muy bien, pero ¿por dónde empezamos a contrarrestar esa mierda de acusación? —pregunté, una vez que me calmé un poco—. Aunque es imposible que nadie pueda verificar que el club es algo que no es.
—Sí, pero Iker tiene razón en algo.
—¿En qué?
—Con su denuncia, puede sembrar el beneficio de la duda. Y con menores de por medio, siempre prima su bienestar.
—¿Me estás diciendo que es posible que pierda la custodia de mis hijas por tomar unas copas en un bar? —Me asusté de verdad.
—No solo no la vas a perder, sino que la vas a ganar —atajó—. Confía en mí. Yo me encargo. Soy tu abogada. —Me dio un beso y un abrazo rápidos y se marchó casi a la carrera.
—¡Greta! ¿Adónde vas?
—Luego te llamo —gritó sin detenerse.
Dios mío, pero ¿qué demonios estaba pasando? Me quedé allí plantada, en mitad de la acera, sin saber muy bien qué hacer. Todo lo ocurrido me parecía una locura, un desastre, un mal sueño. Me sentí como una espectadora de mi propia vida. No podía ser.
Me encaminé hacia el parking , con la cabeza a punto de estallar. Lo único que quería en ese momento era abrazar a mis hijas, así que saqué el móvil y llamé a la madre de Iker.
—Hola, Maya —saludó en el mismo tono de siempre.
Se enfadó un poco conmigo cuando me separé de Iker, pero, con el tiempo, respetó mi decisión. Supuse que pensó que perdería el contacto con sus nietas.
—Hola, Carmen. ¿Están ahí las niñas?
—Sí. Iker me ha dicho que tenía trabajo.
—Sí, sí, lo sé —mentí. No era plan de descargar mi rabia contra ella—. ¿Puedes pasarles el teléfono? Tengo que preguntarles una cosa.
—Claro. —Oí sus pasos sobre el suelo de tarima de su casa—. Niñas, es vuestra madre. Quiere hablar con vosotras.
—Mamiiii, hola —gritaron.
Las imaginé una al lado de la otra con el móvil en medio de sus orejas, como hacían cuando hablaban con quienquiera que las llamara.
—Hola, amores. ¿Cómo estáis?
—Muy bien, mami. La abuela Carmen nos está haciendo una tortilla de patatas —explicó Elena con su habitual desparpajo.
Suspiré con alivio. Al menos, eran ajenas a lo que acababa de ocurrir.
—Eso es estupendo.
—¿Nos recogerás el miércoles, mami? —preguntó Ana.
—Claro, cariño. ¿Qué queréis que os lleve de merienda?
—¡Churros!
—¡Magdalenas!
Gritaron a la vez y me hicieron reír. Un nudo del tamaño de una noria se me agarró a la garganta.
¡No podía perderlas!