No me toques la corbata CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

El día mejora por momentos

Ander

El lunes llegué a la oficina más sonriente de lo habitual. El fin de semana había sido perfecto. La cita con Maya, increíble. Dios, cómo empezaba a pillarme de esa mujer. Quizá ya estaba pillado hasta las trancas, pero me daba igual. Me sentía totalmente extasiado.

Esperé el ascensor en cuanto ella me avisó de que ya subía desde el parking .

—Buenos días, Ander —saludó, con una sonrisa igual de brillante que la mía.

—Buenos días, Maya. ¿Qué tal estás?

Las puertas se cerraron.

—¿Te apetecería salir al cine o a cualquier otro sitio algún día? —preguntó.

Me giré por completo hacia ella.

—¿Me estás pidiendo otra cita? —Fingí sorprenderme. Aunque, en realidad, estaba atónito. No habíamos hablado de ello en ningún momento del fin de semana.

—Podría decirse que sí. —Se encogió de hombros.

—Estaré encantado de ir a cualquier parte contigo —respondí.

—Bien. Lo vamos hablando. —Las puertas se abrieron—. Hasta luego. —Y salió con paso firme en dirección a la zona de oficinas.

Yo me quedé durante unos segundos allí plantado. Si pensaba que el día no podía mejorar, Maya acababa de darme una buena hostia con la mano abierta.

Pasé por la sala de descanso para dejar mi desayuno y prepararme un café. No había nadie. Era raro que Lucas no estuviera allí, aunque quizá hubiese llegado antes y ya se encontrara en su puesto. No tardé en corroborar mi teoría.

—Lucas, pasa a mi despacho un momento —dijo Maya, desde el umbral de la puerta.

—Voy, jefa. —Lucas cogió la tablet y se dirigió hacia allí—. Hola, Ander. Tengo reunión con la jefa, luego nos vemos. —Me guiñó un ojo.

—Claro. —Levanté el pulgar.

—Cierra —se oyó la voz de Maya desde el interior.

Era raro ver la puerta de su despacho cerrada, pero imaginé que debían hablar de algo relacionado con clientes importantes, así que no me preocupé. Me acomodé en mi sitio y empecé por repasar la agenda de la semana.

Pocos minutos después, llegaron los demás.

—¿Dónde está Lucas? —preguntó Mónica.

—Con Maya. —Señalé con la barbilla.

—¿A puerta cerrada? —se extrañó Isaac.

Me encogí de hombros.

—Será algo importante.

No hicieron más preguntas y yo tampoco cuestioné nada.

Tras media hora, Lucas salió del despacho con su habitual actitud desenfadada y alegre.

—Mónica, te toca —le dijo a su compañera mientras señalaba el despacho, a su espalda.

—¿A mí? —dudó ella.

—Sí. Venga, no hagas esperar a la jefa —rio.

Mónica se levantó enseguida y caminó hacia la puerta.

—¿De qué va todo esto? —preguntó Nuria en voz baja.

—Ah, no soy nadie para hablar de ello —respondió Lucas en su tono normal.

—Si está igual de contento que siempre, no será nada preocupante —expuso Isaac.

Lo único que hizo Lucas fue guiñarle un ojo. Luego se puso a trabajar.

Pasaron de uno en uno por el despacho de Maya. Hasta que me tocó el último turno.

—Hola —dije, al cerrar la puerta—. Me ha dicho Nuria que pase.

—Sí, siéntate —me indicó con rictus neutral, mientras preparaba unos documentos sobre la mesa.

—De acuerdo. —Hice lo que me pidió.

—Vale —levantó la vista hacia mí y apoyó los codos sobre la mesa—, por estas fechas siempre hablo con cada uno de vosotros para comentar cómo ha ido el año.

Sé que llevas aquí apenas tres meses, pero también me gustaría saber cómo te ha ido a ti.

Cómo te sientes con la empresa, tus compañeros, el trabajo, ya sabes —sonrió comedida.

—Bueno —me acomodé en el asiento—, la verdad es que estoy muy satisfecho. Todos me tratan bien y me ayudan, el trabajo es algo básico para mí, pero entiendo mi poca experiencia en la empresa; es necesario para conocer a los clientes y adaptarme a la dinámica del departamento.

Asintió.

—De acuerdo. Ellos —señaló hacia la puerta— también están contentos con tu incorporación. Dicen que eres un trabajador meticuloso y eficiente, y que te has integrado muy bien. Martín y yo estamos de acuerdo en eso, y así hemos informado a Dirección General.

—Me alegra saberlo. Gracias.

Me habló acerca de lo que se esperaba del equipo y de mí para el año siguiente, de la subida de sueldo anual, aunque, en mi caso, lo revisarían cuando cumpliera un año en la empresa.

Lógico. También acerca de que me adjudicaría, junto con Lucas, la campaña de San Valentín de uno de los clientes.

La escuché con atención, a pesar de que, a veces, se me iba la mente a escenas un tanto tórridas encima de su mesa, pero intenté apartarlas. Era horario laboral y ella, mi jefa.

—¿Quieres comentar algo más? ¿Alguna duda, problema…?

—No. Todo va bien. Estoy de acuerdo en lo que hemos hablado.

—Perfecto. Entonces, hemos terminado.

—Vale. —Asentí y me levanté de la silla para marcharme del despacho.

—Espera —dijo. Me di la vuelta—. Quiero decirte algo más.

—¿Sí?

—Respecto a lo que hemos comentado antes en el ascensor, ¿crees que sería posible vernos mañana para cenar? Algo ligero; una cerveza y unas tapas —propuso con total normalidad.

Me quedé fuera de juego. Tenía las piernas cruzadas, una mano apoyada en la silla y la otra, sobre la rodilla, la cabeza ladeada, una sonrisa traviesa…

—Eh… Claro —contesté, tras unos segundos.

—Si no te apetece… —Su rictus perdió algo de seguridad.

—No. No. Me apetece mucho. —Di un paso adelante—. Lo que pasa es que no esperaba que quisieras quedar entre semana —argumenté—. Estaba pensando en todo lo que hemos hablado de la empresa y… —Negué con la cabeza—. Nada. Mañana para cenar, por supuesto —confirmé.

—Vale, luego concretamos.

—Perfecto. —No me moví—. Te arrancaría esa blusa a mordiscos ahora mismo —bajé el tono de voz.

—Claro que lo harías. —Volvió a acodarse sobre la mesa—. Aquí encima, ¿cierto? —Señaló con el dedo la tarima llena de papeles.

—Cómo lo sabes… —casi gruñí.

—Pues vas a tener que esperar hasta mañana. —Me guiñó un ojo y volvió a enfrascarse en los documentos que tenía delante, con una sonrisa de la que se sabe vencedora de un duelo.

—Me las pagarás.

—Lo estoy deseando —rio.

Tuve que reírme también. Si esa iba a ser nuestra dinámica a partir de entonces, estaba jodido. Pasaría empalmado la mitad de la jornada.