No me toques la corbata CAPÍTULO 35
77%

CAPÍTULO 35

Tocar el cielo con los dedos

Maya

Al contrario que al llegar, cuando salimos del restaurante, agradecí el frescor de la noche. Había cenado deliciosos platos, había bebido un buen vino y había conversado con Ander como si lo conociera de toda la vida. Me sentía demasiado bien. Como hacía años.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó de camino al coche.

—No lo sé. ¿Has pensado en algo?

—La verdad es que no. Me centré tanto en la cena que olvidé completar un plan para después —rio—. Pero podemos improvisar.

—¿Tomamos una copa?

—¿En el club?

—Bueno…, no es necesario que sea allí.

Miró a su alrededor, como en busca de algo.

—Creo que por aquí también hay algún pub .

—¿Lo viste por internet? —bromeé.

—Lo cierto es que sí. —Volvió a reír.

—Pues vamos. ¿Por dónde está? —pregunté y, sin pensarlo, lo agarré de la mano para que me dirigiera.

Sus dedos se enredaron en los míos de forma cálida, suave. Me observó con una sonrisa satisfecha y comenzó a caminar hacia el lado contrario al que íbamos.

—No está lejos.

Mientras andábamos, volví a sentir ese cosquilleo de calma en el pecho, como si algo se hubiese puesto en su lugar dentro de mi cuerpo. Me detuve.

—Espera, Ander. —No supe por qué, pero tenía la necesidad de confesarle algo.

—¿Qué ocurre, Maya? ¿Has cambiado de idea? ¿Quieres que vayamos a otro sitio? —preguntó—. No hay problema.

—No es eso. Es que… quiero decirte que… me gustas. Me gustas mucho —admití.

—Pero…

—No hay pero. Solo quería que lo supieras.

Se acercó el par de pasos que nos separaban y, sin soltar mi mano, me acarició la barbilla, el cuello, el pómulo…

—Tú también me gustas, te lo he dicho varias veces —murmuró, cerca de mis labios.

—Lo sé. Por eso me parecía justo que supieras que siento lo mismo. —Pasé mi mano por su corbata, despacio, sin intención de agarrarla, solo por el hecho de acariciar su pecho, como él mimaba mi rostro.

No hizo falta más. Su boca se posó sobre la mía, con delicadeza, con calma. Todo lo contrario a las veces que nos habíamos besado con anterioridad. Su lengua buscó la mía con tranquilidad, como si quisiera alargar el beso el mayor tiempo posible.

Me sentí flotar. No sabía si por el efecto de mi confesión, la sensibilidad de Ander o por haber disfrutado de una velada perfecta. Pero no quería salir de ese estado.

Fue él quien se apartó unos centímetros; yo seguí con los ojos cerrados.

—También podemos tomar esa copa en mi piso —susurró.

Levanté los párpados con lentitud.

—¿En tu casa?

—Prometo llevarte a la tuya después. No hace falta que te quedes si no quieres.

—Vale —asentí. Apenas tuve que pensarlo.

Llegamos a su barrio en menos de veinte minutos y, por suerte, esa vez, aparcó casi frente al portal del edificio. En cuanto entramos en el ascensor, sonrió.

—Aquí no hay cámaras —bromeó.

—Ah, ¿no? —Miré hacia el techo del habitáculo y, luego, de nuevo a él—. Está bien saberlo. —Alargué la mano y le cogí la corbata—. Al parecer, hoy voy a tocar el cielo con los dedos —añadí.

—No lo dudes.

Arremetió contra mi boca de forma contundente, como estábamos acostumbrados a interactuar en nuestros encuentros.

El ascensor se detuvo y salimos a trompicones, sin soltarnos.

Ander me arrastró hasta la puerta de su piso, buscó la llave en el interior de su abrigo y abrió con torpeza.

En cuanto cerró la puerta a mi espalda, dejó caer la chaqueta al suelo.

Yo hice lo mismo con mi bolso y la gabardina que me cubría.

Me cogió en volandas y me encajó en sus caderas, para caminar hacia lo que supuse era su dormitorio.

—No tienes ni idea de lo que te deseo —dijo, entre beso y beso—, de las ganas que tengo de follarte lento —gruñó—, profundo…

—Joder, sí… —jadeé—. Fuerte, intenso…

Entramos en otra estancia, y me depositó sobre una cama amplia y mullida. Me desnudó despacio, pero apretando los dedos sobre mi carne. Las botas, el vestido, las medias, la lencería… desaparecieron, al igual que su ropa. Se sacó la corbata por el cuello y la colocó alrededor del mío.

—Soy yo quien va a tocar las putas estrellas, Maya. Soy yo…

—Los dos…

Lo agarré de la nuca y lo atraje hacia mi boca, me era imposible dejar de besarlo durante breves espacios de tiempo.

Después fuimos lenguas, caricias, mordiscos, pieles…

Un amasijo de dos cuerpos interconectados por el ansia, el anhelo, el hambre.

Dos cuerpos que decidieron por sí mismos necesitarse.

El orgasmo llegó como Ander había prometido. Lento, profundo, intenso. Tanto que sentí que jamás volvería a experimentarlo de esa forma si no era con él.

También cumplió con llevarme a casa en mitad de la madrugada. Me acompañó hasta el portal.

—Lo he pasado muy bien. Gracias por invitarme a cenar.

—Yo también lo he pasado genial, ha sido un placer.

—Un placer muy placentero —bromeé.

—Con todas las letras —sonrió.

Lo besé una última vez esa noche.

—Mañana hablamos.

—Claro. Buenas noches.

—Que descanses.

Entré en la portería y llamé al ascensor, mientras veía a Ander alejarse hacia el coche. Me habría quedado en su casa a dormir, pero necesitaba procesar a solas todo lo que su compañía había despertado en mí.