No me toques la corbata CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Noche estrellada

Ander

Por la cara que puso Maya cuando entramos en el restaurante, supe que había elegido bien. Se le abrieron ligeramente los ojos, sonrió contenta y observó con entusiasmo las paredes de piedra, las columnas de ladrillo rojo y los arcos de madera. En realidad, tenía un toque rústico muy acogedor.

Di mi nombre al camarero que nos atendió y nos acomodó a una mesa junto a la ventana, desde donde se veía parte de las luces de la ciudad.

—Es precioso, Ander —sonrió aún más.

—Me alegro de que te guste. Hice un trabajo de campo bastante exhaustivo.

Rio por lo bajo.

—Ya veo. Gracias por tomarte tantas molestias.

—No ha sido molestia, yo también prefiero los lugares bonitos y sencillos.

Volvió a reír. Solo por eso ya había valido la pena todo el tiempo que había invertido en buscar el sitio.

—Me gusta tu corbata. Hace juego con… tus ojos —alabó.

Dirigí mi mirada hacia la prenda. Había elegido una que simulada un cielo nocturno plagado de estrellas.

—Eso ha sonado aún más cursi que lo que te he dicho yo cuando has subido al coche —bromeé.

Se tapó la boca con la mano para amortiguar el sonido de su carcajada.

El camarero apareció en ese momento para tomar nota de la bebida, aunque todavía no habíamos ni mirado la carta.

—Elige el vino que quieras, yo solo beberé alguna copa. Tengo que conducir de vuelta —le dije—. Para mí, agua, por favor —pedí al hombre.

—De acuerdo. ¿Te apetece un rosado?, así da igual lo que comamos, suele ir con todo. Al menos, para mí.

—Claro.

Miramos la carta para escoger la cena antes de que el camarero volviera con nuestras bebidas, de ese modo, no retrasaríamos la preparación; había ya muchas mesas ocupadas.

—Por cierto, cuéntame eso de que fuiste a un restaurante de lujo —dijo Maya, tras beber un sorbo del vino que le habían servido.

—Ah, eso… Pues fue hace ya unos cuantos años.

Mis padres tienen una empresa de moda en Nueva York y los invitaron a la cena de una revista del sector.

Me obligaron a ir con ellos. De esmoquin.

En el coche de vuelta, les dije que, si tenía que ir de nuevo a un sitio así, me escaparía de casa —resumí.

—¿Esmoquin? Pero ¿cuántos años tenías? —preguntó, entre risas.

—Creo que dieciocho. Le tengo tirria a esos eventos desde entonces. —Hice un mohín despectivo.

—Bueno, imagino que lo tomaron en cuenta, porque dijiste que no volviste a ninguno.

—Sí. Entendieron que no podían obligarme a asistir.

A medida que pasaban los minutos, y al ver a Maya hablar, reír y preguntar sin parar, me relajé del todo. Tanto que olvidé por completo los nervios y el mal cuerpo de los últimos días por si no salía bien. Temía que no se sintiera a gusto, pero parecía todo lo contrario.

Hablamos de nuestros años universitarios, de las diferencias de costumbres de un país y otro, de cómo conoció a su exmarido, de que yo había tenido un par de relaciones largas y algunos rollos; de todo y de nada. De mucho y de poco.

—Si no es molestia, te puedo preguntar por qué te divorciaste —cuestioné en un momento de la conversación.

Ella inspiró en profundidad y suspiró.

—Bueno…

—Perdona, no quiero incomodarte. Da igual, no contestes a eso. Hablemos de otra cosa —la interrumpí. Al final, había metido la zarpa.

—No, no. Quiero contártelo —atajó.

—De verdad, no es necesario.

—Me despidieron varias semanas después de informar a la empresa que estaba embarazada de Ana —empezó—.

De eso hace diez años, más o menos. Mi amiga Greta y su marido, Hugo, son abogados.

Denunciaron y recurrieron el despido en mi nombre.

Ganaron. Nos llevamos un buen pellizco por despido improcedente agravado por mi estado. Eso es discriminación.

—Totalmente —asentí.

—Por ese mismo motivo, no me contrataron en ninguna empresa a las que acudí para entrevistarme. Así que decidimos que me quedaría en casa hasta que naciera la niña.

—Es una decisión como otra cualquiera —intervine al ver que se quedaba callada.

—Sí, por supuesto. El tema fue que, como queríamos tener dos hijos, aprovechamos esa pausa para volver a ser padres.

Por eso Ana y Elena se llevan apenas dos años.

Iker era el director de la sucursal bancaria en la que trabajaba y podíamos permitirnos que entrara en casa un solo sueldo, ya que teníamos ahorrado el dinero de mi indemnización.

»El problema vino cuando decidí volver a trabajar.

Elena ya tenía seis meses y la llevábamos a la guardería, como a Ana, así que no había motivo para esperar más.

Después de varias entrevistas en diferentes empresas del sector, caí en el despacho de Martín y me contrató.

Desde ese momento, Iker y yo trabajábamos fuera de casa, pero él se había acostumbrado a que todo lo referente a las niñas, la casa y demás lo hiciera yo.

Así que empezamos a discutir a menudo porque él apenas hacía nada más que llevar y traer a las niñas del colegio.

El resto cayó casi por completo sobre mis hombros.

»Al principio, pensé que acabaría por entenderlo, que era imposible que yo pudiera hacerlo todo y, además, trabajar.

Pero no. Incluso, planteó que dejara el empleo, que no había necesidad.

Me negué en rotundo. Me encanta mi profesión y no estaba dispuesta a renunciar a ella.

Aguantamos varios años así por las niñas.

Pero llegó un momento en que la convivencia se hizo insostenible y decidí plantearle el divorcio —hizo una pausa—. Y hasta hoy.

Habló casi de carrerilla, y hasta que no estuve seguro de que había terminado, no dije nada.

—Bueno, a veces, las cosas se tuercen y no hay vuelta atrás.

—Supongo que no. Tenemos la custodia compartida, solo hablamos de temas que tengan que ver con las niñas y ya. Me dio pena, porque llevábamos juntos desde la universidad, pero se me hizo un mundo vivir así —confesó un tanto compungida—. De todas formas, es agua pasada. Hablemos de otras cosas.

—Por supuesto —sonreí.

—¿Cómo diste con el club? —preguntó, antes de meterse un trozo del pescado que había pedido en la boca.

—Por internet.

—¿Todo lo buscas en internet? —rio.

—Casi todo. Aunque debo admitir que opino que la era digital nos está volviendo un poco idiotas.

Soltó una carcajada.

—Yo pienso lo mismo. Temo por las niñas; saben programar la televisión en un momento, pero eran incapaces de prestar atención a un libro durante un minuto. Hasta que conseguí que lo hicieran. Ahora leen cada noche un buen rato, antes de ir a dormir.

—Eso está genial.

La noté mucho más tranquila al poder hablar de sus hijas sin tapujos; como si se hubiese quitado un peso de encima al contarme que era madre y no tener que evitar ese tema en las conversaciones.

Me encantaba oírla hablar de cualquier asunto, siempre tenía un argumento lógico o divertido o hasta un poco loco.

Anécdotas, pensamientos, preferencias. Todo en ella parecía, incluso, mejor de lo que me había imaginado.

Y cada vez que reía, me miraba o callaba, sentía una atracción más fuerte hacia su órbita.