CAPÍTULO 33
Bonito y sencillo
Maya
El sábado de la cita llegó sin apenas percatarme.
Entre la semana de virus, las niñas en casa hasta el miércoles y el trabajo para ultimar las campañas de varios clientes, no me dio tiempo a ponerme nerviosa.
Ni enferma, dicho sea de paso. Sin embargo, esa misma tarde se me hizo un nudo en el estómago.
De acuerdo, era adulta, conocía a Ander y ya me había acostado con él, ¿cuál era el problema?
Dos, tenía dos problemas. Uno, desde el divorcio, no había salido a cenar con nadie; para mí, disfrutar de una velada, una conversación e intercambiar opiniones era mucho más íntimo que echar un polvo.
Y dos, cenar con Ander no era solo una cita; estaba claro que nos gustábamos y me daba el mismo miedo que saliera bien como que saliera mal.
Intenté centrarme en lo que me repitieron hasta la saciedad mis amigas: «Solo es una cena. Relájate y disfruta». Muy bien, pues allí estaba, con lencería seminueva, un vestido bonito, un maquillaje sutil y el pelo suelto. Sencilla pero sexi.
Ander me avisó por WhatsApp de que ya estaba frente al portal.
Puntual. Dijo que él me recogería e iríamos en coche hasta el restaurante.
No sabía que tuviera vehículo; siempre iba a trabajar en metro.
Cuando bajé, lo entendí. Llevaba el coche de Martín, pero no sería yo quien hiciera esa observación.
Abrí la puerta del copiloto y me senté a su lado.
—Buenas noches —saludé, mientras me acomodaba el cinturón de seguridad.
—Buenas noches, Maya.
Lo miré en cuanto estuve lista. Sonreía mucho y no había arrancado.
—¿Ocurre algo? —dudé.
—No, no. Es solo que… no esperaba verte aún más preciosa de lo que ya te he visto.
—¿En serio, Ander? —Alcé una ceja, a pesar de que noté el típico ardor en las mejillas que indicaba que me acababa de ruborizar.
—En mi cabeza sonaba mejor —bromeó.
—No hace falta que me piropees, ya hemos… follado —imité su tono.
—Si te digo que eres preciosa, es porque lo pienso. —Su sonrisa se desdibujó un poco.
—Y tú estás para mojar pan —añadí, con un guiño de ojo, para que volviera a sonreír de esa forma que me encantaba.
Soltó una carcajada.
—Tienes razón, suena fatal fuera de la mente —contestó, entre risas. Arrancó el motor y se incorporó al tráfico—. Le he pedido el coche a mi hermano, aún no he tenido tiempo, ni ganas, de ir a mirar uno.
—¿No te gustan los coches?
—Bueno, sí me gustan, pero solo porque te llevan de un lugar a otro.
—Un tío al que no le pirran los coches, no me lo puedo creer —reí.
—Has conocido a pocos hombres, ¿verdad? —rio también.
—Cierto. Y, ¿adónde vamos?
—A un sitio bonito y sencillo —respondió.
—Vale. Ya no pregunto más acerca de eso.
—Puedes preguntar. El tema es si quiero contestar. —Me guiñó un ojo.
—Estás muy gracioso hoy.
—¿Solo hoy?
—Dios, menudo diálogo de besugos —volví a reír.
—Perdona, estoy un poco nervioso.
—¿Sí? ¿Por qué?
—¿Tú qué crees? —Me miró un momento y, después, volvió la vista a la carretera.
—Supongo que por lo mismo que yo.
—¿También lo estás? —se sorprendió.
—Un poco. Bastante. Mucho. No he salido a cenar con un hombre desde que me divorcié —confesé.
—¿En serio?
—Muy en serio. Solo he tomado alguna copa en el club y… bueno, ya sabes.
—Ya. Pues estamos, más o menos, igual. Eres la primera chica con la que interactúo desde que llegué de Nueva York, y la única.
—Supongo que… hemos empezado al revés.
—Bueno, el sitio en el que nos conocimos daba pie a ello. —Se encogió de hombros.
—Sí. Cierto. Aunque… me alegro de que tengamos otro ambiente en el que relacionarnos.
—¿La oficina?
—Y ahora, aquí —atajé.
Me miró otro segundo y sonrió de lado.
—Yo también me alegro.
Nos quedamos en silencio y aproveché para desviar la vista a la ventanilla.
Nos alejábamos del centro hacia la parte de la montaña.
Me gustaba la ciudad porque se asentaba junto al mar y, también, ofrecía la posibilidad de subir a la zona boscosa para disfrutar de la panorámica.
Sabía que en esa zona había varios restaurantes de diferentes tipos, sobre todo de cocina mediterránea de temporada, pero nunca había ido a ninguno.
Ander aminoró la velocidad cuando entramos en la carretera de curvas y a oscuras.
Subimos hasta una plaza que hacía las veces de aparcamiento público, aunque tuvimos que dar un par de vueltas por varias calles hasta dar con un sitio en el que dejar el coche.
Había bastante movimiento. Lo normal en una noche de sábado.
—Por un momento he pensado que tendríamos que dejar el coche abajo y subir andando —comentó Ander, mientras salíamos del vehículo.
—Con el frío que empieza a hacer ya, no habría sido mala idea para entrar en calor.
—¿Tienes frío? —preguntó, tras ponerse un abrigo corto.
—Un poco. Quizá debería haberme puesto pantalones. —Levanté una pierna, embutida en medias negras y botines de tacón medio.
—Ven. —Se acercó a mí, me pasó un brazo por los hombros y me pegó a su costado.
Su aroma delicioso y amaderado se me coló por la nariz y me arrebujé contra su pecho. Dios, olía increíble. Y se estaba tan calentita…
Fue en ese preciso instante cuando me di cuenta de que echaba de menos ese tipo de caricias, de mimos, de intimidad.
Levanté los ojos hacia Ander. Su mentón me recibió fuerte y relajado, y mi frente parecía encajar a la perfección en el hueco de su cuello.
Por primera vez en mucho tiempo, me olvidé de que era una profesional de la publicidad y una madre de casi cuarenta años.
Allí, con él, solo era una mujer a quien le gustaba un hombre con el que iba a cenar en un restaurante bonito y sencillo.