No me toques la corbata CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

La historia se repite

Ander

Había pasado el fin de semana de un lado a otro con Martín, mi cuñada y mis sobrinos.

Me gustaba ir a animarlos a los partidos, hablar de las jugadas, compartir con ellos parte de mi tiempo libre.

Empezaba a entender a Maya. El amor incondicional hacia los hijos.

A ver, yo también era hijo, sabía que nuestros padres nos adoraban a Martín y a mí, y nosotros a cada uno de ellos, pero estaba seguro de que ese lazo bidireccional era más intenso de padres a hijos que a la inversa.

O, al menos, eso era lo que vislumbraba desde mi posición como tío.

Quizá se deba a que, por mucho que crezcamos y maduremos, los padres siempre nos ven desde un punto de vista más elevado. Siempre seremos niños para ellos.

Según como fuese la cena con Maya, tenía pensado pedirle que nos viéramos fuera del club; me parecía que aquel lugar ya no era el idóneo para nuestras citas. Para mí, ya no iba solo de tomar una copa y pasar al fondo del local, tenía más que ver con disfrutar de tiempo con ella.

Ni siquiera les había contado a mis padres que había conocido a una chica, quizá era hora de hacerlo.

Quizá ellos lo vieran de una forma distinta al estar completamente fuera de la situación.

Aunque debía asegurarme de que no se lo dijeran a Martín.

Tras despedirme de Maya, como aún era temprano, pulsé el botón de videollamada.

—Hola, cariño —saludó mi madre desde la pantalla.

—Hola, mamá. ¿Cómo estáis?

—Muy bien. Descansando en el jardín. —Hizo un barrido con el teléfono a su alrededor.

—Aprovechad, dentro de nada, estaréis a bajo cero —me reí.

—Muy gracioso.

—¿Dónde está papá?

—En el cobertizo. Ya sabes que le gusta relajarse con sus herramientas. Ahora iré a avisarlo de que estás al teléfono. Pero, dime, ¿todo en orden por ahí?

—Sí, sí, todo va genial.

—El viernes hablé con Martín, dice que está encantado de tenerte con él.

—Y yo de estar aquí.

—Estoy muy orgullosa de los dos. Adoro ver que os lleváis tan bien.

—Ya… Oye, mamá, quiero contarte algo.

—Claro, cielo. Dime.

—He conocido a una chica.

—Oh, eso es fantástico. Tan solo llevas tres meses ahí, menudo casanova estás hecho —se rio.

Solté una carcajada.

—Pero no puedes mencionárselo a Martín.

—¿Por qué? —preguntó más seria.

—Porque la conoce.

—Razón de más para que lo sepa.

—Es más complicado que eso. Trabajo con ella.

—Entiendo. Es una compañera.

—Es mi jefa.

Arrugó el entrecejo.

—Pero ¿tu jefe no es Martín?

—Sí. Él es el jefe de ella, de los dos.

—Ah, vale. Aunque seguro que Martín lo entenderá. Tu hermano es muy comprensivo, ya lo sabes.

—Lo sé. Hay… más cosas.

—¿Qué cosas?

—Está divorciada, es mayor que yo y tienes dos hijas.

Mi madre se quedó en silencio y levantó las cejas. De pronto, empezó a reír a carcajadas. Tanto que fue imposible no imitarla.

—¿De qué nos estamos riendo? —le pregunté.

—Silvia, ¿qué ocurre? —Oí la voz de mi padre. Unos segundos después, apareció en pantalla—. Hola, Alexander. ¿Qué le has contado a tu madre? —Sonrió mientras se sentaba en el banco, junto a ella.

—Nada de lo que tenga que morir de risa —contesté.

—La historia se repite, Richard —dijo ella, un poco más calmada ya.

—¿A qué te refieres? —cuestionó mi padre.

—Tu hijo ha conocido a una chica.

—Ah, eso está genial. —Me miró y guiñó un ojo.

—Mayor que él, divorciada y con dos hijas.

Ambos se observaron con una sonrisa. Fue entonces cuando caí en la cuenta. Mi madre estaba en la misma situación cuando conoció a mi padre. Tres años mayor que él, divorciada y tenía a Martín.

Dios, ¿cómo demonios no había pensado en ello?

—Mamá, ¿tú tenías miedo de salir en serio con papá? —pregunté.

—Claro, cariño. No quería meter en nuestra casa a un hombre que no respetara a tu hermano.

Y, si te digo la verdad, también tenía miedo de perder mi independencia.

Había fines de semana que cogía a Martín y nos íbamos a pasar el día fuera, no le debía cuentas a nadie.

Solo a mi hijo. Es normal que esa chica tenga dudas, cielo. Y tú, ¿las tienes?

—Sé que me gusta. Mucho. Es inteligente, divertida y preciosa. No dejo de pensar en ella y quisiera pasar más tiempo juntos, hacer cosas diferentes. Entiendo que tiene responsabilidades que yo no, pero no estoy pensando en pedirle matrimonio, solo en… intentarlo.

—Debes tener paciencia, Alexander —intervino mi padre—.

Si a pesar de su situación, piensas así, deberías planteárselo.

Es decir, si ambos os sentís atraídos como para dar un pequeño paso, comentadlo.

Eso es lo más importante: la comunicación.

Primero tenéis que ver si los dos estáis bien juntos, el resto, hijo, ya vendrá.

—Eso es lo que creo yo, pero me parece que ella es reticente.

—Cada persona necesita su espacio —añadió mi madre—. No todos vemos la misma situación igual. Además, ella no está sola. Tiene que ver claro lo que siente. No puede tirarse a la piscina de cualquier manera, porque arrastraría a sus hijas.

—Nosotros te conocemos bien, hijo, sabemos que eres sincero, que siempre has tenido las cosas claras y no eres de los que echan a correr a la primera oportunidad, pero ella todavía no.

—Ya… Quizá debería esperar un poco para pedirle que salgamos más a menudo.

—Seguro que lo sabrás cuando llegue el momento, Ander.

—No quiero meter la pata.

—No lo harás, pero, si lo haces, pide disculpas, no pasa nada. A veces, sin querer, hacemos cosas que no están bien, por precipitarnos o porque creemos en ese momento que es lo correcto.

—De todas formas, no dejes de ser tú, hijo. No quieras amoldarte a todo por ella. Una relación es cosa de dos, en igualdad, en complicidad, en comprensión.

—Gracias a los dos. Pensaré en ello.

Ambos sonrieron mientras asentían.

—Bueno, ¿qué más nos cuentas? —preguntó mi madre.

Me centré en ellos, en mantener una conversación como tantas otras, y hablar acerca de que en poco más de un mes, en Navidad, vendrían a España para pasar esos días en familia, como cada año.