CAPÍTULO 31
Virus y sesión de cine
Maya
Esos días fueron un follón. Elena estuvo enferma media semana y Ana, la otra media.
Los virus pulularon por casa a sus anchas.
Esperaba que no me lo pegaran a mí también, y menos a mis padres, que cuidaron de ellas mientras yo iba a trabajar.
Carreras al cole, al médico, a la farmacia…
Dios bendito, con ese plan, no necesitaba pagar ninguna cuota de gimnasio.
Pasamos el fin de semana metidas en casa, para que acabaran de recuperarse, prefería que se fuesen con Iker sin síntomas, aunque no dependiera de mí, porque sus padres eran mayores que los míos y no quería que les pasaran el resfriado. Aparte de preocuparme por ellas si no estaban conmigo.
El domingo por la noche, recibí un mensaje de Iker.
Iker:
Hola. ¿Cómo siguen las niñas?
Hola. Bien. Apenas tienen
ya un poco de tos. Ni fiebre,
ni malestar ni mucosidad.
Iker:
Vale. Era por si te las
quieres quedar hasta
que se les pase del todo.
Sé que te preocupas de más
cuando están enfermas.
Están como siempre.
Ya sabes que los niños
se recuperan en pocos
días. Aunque me sabe mal
por tus padres, por si les
queda un resto de virus y
se lo contagian.
Iker:
Eso también es cierto.
Entonces, ¿te parece bien
que me las lleve a casa el
miércoles cuando las recoja
del cole?
Como quieras. Por mí no
hay problema.
Iker:
De acuerdo. Quedamos así.
Dales un beso y un abrazo.
Vale. De tu parte.
Buenas noches.
Informé a las niñas del cambio de planes y estuvieron de acuerdo.
La verdad era que siempre aceptaban lo que Iker y yo acordábamos respecto a ellas.
No se quejaban, no discutían, no se oponían.
Demasiado bien llevaban ir de una casa a otra, así que no podía negarles nada cuando lo pedían.
Como esa noche, que quisieron dormir las dos en mi cama.
Esa semana, me las turné mientras estaban enfermas, como siempre, pero les hacía ilusión pasar la noche juntas, aunque ya estuvieran curadas.
—Mami, podemos ver una peli en la tele de tu habitación. Seguro que nos dormimos enseguida —propuso Elena. Menuda ratita de alcantarilla estaba hecha. Se sabía todos los trucos.
—¡Sííí! —gritó Ana—. Yo quiero ver Los Croods .
—Pero la uno —añadió Elena—. Me gusta más que la dos.
—Vaaaaleee —aceptó Ana con resignación.
—La última vez vimos tu preferida —añadí.
—Ya, ya… Por eso… —Se encogió de hombros.
Daba igual una película que otra, Elena tenía razón, se quedarían dormidas en menos de media hora.
Por eso no me negué a su plan. Tenían a quien parecerse; a mí me ocurría lo mismo.
Era poner la televisión, después de cenar, y entrar en un estado de sopor casi inmediato, sobre todo si me sentía más cansada de lo habitual.
Y ellas aún debían reponer una parte, mínima, de la energía que el catarro les había menguado.
Mientras yo cocinaba la cena, ellas colocaron los cubiertos y los vasos en la mesa y, además, buscaron la película en la plataforma televisiva correspondiente para dejarla lista.
A veces, me sorprendía la habilidad que tenían en el manejo de los aparatos electrónicos.
Entendía que habían nacido en la era digital, pero apenas tenían siete y nueve años, y eran capaces de entender mejor que yo cualquier mando a distancia, ordenador, móvil o tablet , sin casi haberlos usado.
No imaginaba cómo sería cuando tuvieran acceso a todo ello al crecer.
Puse los platos con la cena y las llamé para que se sentaran a la mesa.
—¿Brócoli? Puaj… —dijo Ana.
—También hay pollo y patatas —observó Elena—. Mézclalo, se come más fácil así.
Tuve que reírme por su ocurrencia, aunque no me sorprendió, ese fue el modo en que mi padre les enseñó a comerse las verduras que no les gustaban. Y a mí también cuando era una niña como ellas.
Cenamos tranquilas, hablando de sus cosas del colegio y de sus amigos; esa vez sin preguntas comprometedoras. Cosa que agradecí. Al terminar, me fui a ordenar la cocina y ellas, a repasar sus mochilas y lavarse los dientes.
—Ya estamos listas, mami —gritó Ana, desde mi habitación.
—Voy.
Apagué todas las luces y cogí el móvil de una de las estanterías del salón.
Me lavé los dientes y la cara antes de entrar en mi cuarto, donde las niñas habían colocado las almohadas y los cojines para sentarse bien cómodas a ver la película.
Puse la alarma y dejé el teléfono cargando sobre la mesilla de noche.
—A ver, coleguitas, estáis en medio de la cama. No me habéis dejado sitio —bromeé con los brazos en jarras.
Ambas se miraron y echaron un vistazo a su alrededor.
—Oh, mami, es verdad. Muévete —dijo Ana a Elena.
Me recosté sobre los almohadones, junto a Ana, que estaba en mi lado del colchón. Las dos se arrebujaron una en la otra y sobre mi costado. No iban a durar ni diez minutos.
—Dale —le dije a Elena, que era quien tenía el mando a distancia.
Las sombras y luces de la pantalla se proyectaron en las paredes.
Rieron a carcajadas con la escena en la que la familia Croods se tomaba una foto en piedra como si fuera la primera vez que la veían.
Nora me contó que los niños ven la misma película una y otra vez porque se sienten seguros al saber lo que va a ocurrir.
Era posible que tuviese razón, pero yo no acababa de entender por qué les hacía tanta gracia una situación que habían visto quince veces, como mínimo.
Sin embargo, a mí me divertía ver que ellas lo pasaban bien, así que todas contentas.
El móvil vibró sobre la mesilla. Supuse que sería Ander para darme las buenas noches y preguntar por las niñas. Lo había hecho en varias ocasiones esa semana.
Ander:
Hola, ¿estás liada?
¿Cómo están tus hijas?
Las miré. Ya empezaban a cerrárseles los ojos y a cabecear.
Un poco. Las niñas están bien,
han invadido mi cama y estamos
viendo una película.
Ander:
Ah, eso es genial. No
os molesto, entonces.
Que lo paséis bien. Nos
vemos mañana. Buenas
noches a las tres.
Hasta mañana, Ander.
Me hubiese encantado hablar con él, pero estaba destrozada y, al igual que Ana y Elena, lo único de lo que tenía ganas era de dormir, así que las acomodé mejor en la cama y me acurruqué con ellas bajo el edredón, después de apagar la tele.
El aroma a su jabón infantil me hizo respirar con calma.
Jamás encontraría un lugar mejor en el que estar que ahí.