No me toques la corbata CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Necesito datos

Ander

El lunes entré en el ascensor en cuanto Maya me avisó de que subía desde el parking del edificio.

—Buenos días, Ander —saludó.

—Buenos días, Maya. —Me coloqué a su lado, como siempre, lo más cerca posible para sentir el aroma que emanaba de su cuerpo.

—¿Qué tal el fin de semana?

—Te lo conté anoche, ¿recuerdas? —bromeé.

Maya rio por lo bajo. Luego se irguió y me miró.

—De acuerdo. Salgamos a cenar —dijo sin titubear y con una sonrisa que se elevó desde sus labios hasta sus ojos.

Alcé las cejas por el asombro y mi boca se ensanchó hasta que noté las mejillas tirantes. Sentí un vuelco en el estómago, un hormigueo en la espalda, un candor en el pecho.

—Yo me encargo de todo. ¿Cuándo puedes? —La impaciencia brotó en mi tono.

—Este fin de semana, no. El próximo —asintió—. Ha valido la pena aceptar tu invitación solo por verte sonreír de esa forma.

—Tú siempre me haces sonreír.

Se abrieron las puertas. Dejé que saliera ella primero.

Respiré hondo y me dirigí hacia la zona de descanso, en dirección contraria a la que tomó Maya.

Como cada día, Lucas ya estaba allí. Nos saludamos de la forma habitual y mantuvimos una conversación igual de trivial que siempre.

Agradecí que hablara él, aunque eso no era una novedad, yo tenía la mente ocupada en pensar el sitio al que llevar a Maya.

Conocía varios lugares a los que había ido con Martín; otros, con Lucas y algunos más que conocí por mi cuenta durante las semanas siguientes de mi vuelta a la ciudad.

Tendría que buscar por internet en cuanto llegara a casa.

Quería que esa primera cena fuese especial y cómoda para ambos, así que debía preguntarle qué tipo de comida y de locales le gustaban.

Seguro que ella conocía muchos restaurantes, al fin y al cabo, llevaba allí toda la vida, por lo que no sería tarea fácil sorprenderla.

Pero quedaba tiempo de sobra para encontrar el espacio perfecto.

La sangre me bailaba en las venas. Notaba cada terminación nerviosa alterada. Cada músculo, cada tendón, cada célula del cuerpo en ebullición.

Supuse que esa era la sensación más parecida a un subidón de adrenalina. De emoción, de satisfacción, de… felicidad.

No me sentía así desde que pisé el suelo de la ciudad de forma definitiva. De sentir que volvía a casa de verdad.

A mi hogar.

***

Esa noche, una vez cené, me llevé el portátil y el móvil a la cama para iniciar mi búsqueda. Cuando llegó la hora en la que supuse que Maya estaría libre, después de atender a sus hijas, le escribí.

Necesito algunos datos.

Esperé hasta que, al par de minutos, contestó.

Maya:

¿Qué tipo de datos?

Tipo de comida preferida

y tipo de restaurante

preferente.

Maya:

Ah, ese tipo de datos.

Me gusta comer de todo,

no tengo preferencias. Lo

mismo me da un caviar

beluga que unos huevos con chistorra.

Solté una carcajada.

Vale. Tienes un buen

saque. Tomo nota.

¿Restaurantes?

Maya:

Me gustan sencillos.

No soy de protocolo.

Prefiero los bonitos y

acogedores que los lujosos

y sofisticados.

A veces, voy al

McDonald’s, para que

te hagas una idea ☐.

Volví a reír.

De acuerdo. Sencillo, bonito

y acogedor. Anotado.

Maya:

No te compliques la

vida, Ander. Podemos

cenar en cualquier parte.

Lo sé, pero necesitaba

saber tus preferencias.

Imagina que te llevo a

un restaurante con camareros

de uniforme pingüino. De

esos que se quedan toda la

velada junto a la mesa para

llenarte la copa cada vez que

das un sorbo.

Maya:

Qué horror. Creo que tú

tampoco te sentirías cómodo

en un sitio así.

No lo dudes. Son el

infierno.

Maya:

¿Has estado en alguno?

Por desgracia, sí. Pero

no volví nunca más.

Maya:

Eso me lo tienes que contar.

Por supuesto. Ya tenemos

tema de conversación para

la cena.

¿Prefieres viernes o sábado?

Maya:

Sábado. Los viernes suelo

estar cansada.

No me lo pareció el día

que te conocí.

Maya:

Ya. Esa noche no me

apetecía quedarme en

casa.

No sabes cuánto me

alegro por eso.

Justo en ese instante, dejó de estar en línea y tardó varios minutos en volver a escribir.

Maya:

Perdona, Ander, tengo

que dejarte. Elena se ha

despertado, esta tarde tenía

un poco de fiebre. Hasta

mañana.

No te preocupes. Nos vemos

mañana. Espero que no sea

nada y se recupere pronto.