CAPÍTULO 28
Rosas rojas
Ander
A partir de esa noche, las conversaciones vía chat se sucedieron hasta convertirse en algo habitual.
Como en el trabajo apenas podíamos hablar, lo hacíamos a través de mensaje, ni siquiera nos llamábamos; Maya se sentía más cómoda y comunicativa de ese modo.
A mí me daba igual la forma, lo importante era poder contarnos cualquier tema.
A veces, incluso quedábamos a una hora determinada para subir o bajar juntos en el ascensor del edificio de oficinas, para estar unos segundos a solas, por el simple hecho de mirarnos a los ojos o saludarnos en medio de un ambiente en el que no podíamos mostrar que teníamos algo más que una relación laboral.
Durante el día nos comportábamos como la jefa y el subordinado perfectos.
Por la noche, nos explicábamos qué habíamos hecho, anécdotas de la jornada o planeábamos nuestra siguiente cita en el club.
A veces, cuando ella estaba sola en casa, teníamos conversaciones subidas de tono y, aunque nunca llegamos al sexo telefónico, debo revelar que yo tuve que desahogarme en varias ocasiones tras despedirnos.
Entendía su postura de mantener nuestra intimidad en secreto, aunque me confesó que se lo había contado a sus dos amigas.
Yo ni siquiera se lo había mencionado a Martín; si no trabajara allí, posiblemente también lo hubiera hecho, pero sabía que Maya no estaba preparada para que alguien de la empresa lo supiera, aunque fuese mi hermano.
Estaba convencido de que se avergonzaría.
Debía tener paciencia. Dejar que se hiciera a la idea de que me importaba bien poco que fuese una maldita década, como ella decía, de tiempo la que nos separaba.
Y, por supuesto, comprendía que no podía compartir espacio con nadie de su entorno, sobre todo sus hijas.
No debía de ser fácil «meter» en su vida a alguien ajeno sin tener clara la relación que manteníamos.
A medida que pasaron los días, las conversaciones, las risas y los encuentros, supe que, tarde o temprano, no tendría suficiente con eso.
Ni siquiera me había atrevido a invitarla a cenar en un ambiente distinto al que compartíamos, aunque estaba seguro de que no tardaría en hacerlo.
En realidad, había llegado el momento, así que me armé de valor y agarré el toro por los cuernos.
Era finales de octubre, la campaña en la que ella y el equipo más veterano del departamento había trabajado surtió el efecto deseado en el cliente y la alegría se extendió por cada rincón de la planta de oficinas.
Era el jueves de esa semana cuando ambos bajábamos en el ascensor, pasada la hora del fin de la jornada.
—Hola, Maya —saludé en un susurro, cuando las puertas se cerraron frente a nosotros.
—Hola, Ander —respondió con tono sensual.
—Quiero hacerte una propuesta.
—Vaya, eso suena… indecente —bromeó.
—No es necesario que contestes ahora, puedes pensarlo con calma.
—De acuerdo. —Frunció el ceño, aunque su sonrisa seguía presente.
—Me gustaría invitarte a cenar —empecé—, para celebrar el esfuerzo y el resultado de la campaña de NQ —añadí, como si fuese la excusa perfecta.
Justo en ese momento, las puertas se abrieron en la planta baja. Debía salir del ascensor, sin embargo, me quedé junto a ella. Su rostro mudó a uno más serio; imaginé que la pilló por sorpresa, pero asintió. Me dio un vuelco el corazón. ¿Significaba eso…?
—Vale, lo pensaré —declaró.
Intenté no mostrar mi pequeña decepción, pues mi cerebro había pensado que su movimiento de cabeza era una aceptación, no la afirmación de que lo pensaría.
—Bien. Hasta luego. —Avancé un par de pasos.
—Ander… —me llamó cuando me encontraba bajo el umbral.
—¿Sí? —Me giré para mirarla.
—Me encanta la corbata que llevas hoy —murmuró, con la comisura de los labios elevada en una mueca provocadora.
—A mí me encantaría vértela puesta. Sin nada… —contesté en su mismo tono.
La vi elevar una ceja al tiempo que salía de espaldas del habitáculo y se cerraban las puertas.
—Puede que lo haga —respondió, justo cuando la última rendija por la que la veía desapareció.
Sonreí y negué con la cabeza. Miré hacia las rosas rojas sobre fondo negro que se dibujaban en la prenda que llevaba alrededor del cuello. Definitivamente, ansiaba verla desnuda con ella puesta.