No me toques la corbata CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Dudas

Maya

El sonido de un mensaje me despejó del duermevela en el que me encontraba en el sofá, frente a la tele. Otra vez me había quedado hecha un ovillo en mitad de una película.

Vi la hora en cuanto cogí el móvil de la mesa de centro, la una y cuarto. Deslicé el dedo por la pantalla, esperaba que no fuese nada concerniente a las niñas, y entré en el chat.

Ander:

Hola. Perdona la hora, solo

quería saber si estás bien.

Sonreí al instante.

Hola. Estoy muy bien.

Y me acabas de ahorrar

un dolor de espalda, me

había quedado dormida

en el sofá.

¿Qué tal tú?

Ander:

Me alegra haberte

escrito, entonces.

Tenía mis dudas.

Aunque siento haberte

despertado ☐

Voy de camino a

casa en un taxi. He

salido al cine y a tomar

una copa con Lucas y

sus amigos.

Me levanté de mi asiento y me dirigí a mi cuarto, después de apagar las luces. No quería volver a quedarme dormida en el salón.

Eso está genial.

Lucas es un buen anfitrión

de quedadas.

Me metí en la cama y apoyé la espalda en el cabecero.

Ander:

Sí que lo es. Aunque

no comparto su afición

por bailar.

Ja, ja. Es un poco intenso

en todo lo que hace.

Ander:

Cierto.

¿Qué tal tus amigas?

Parecen buenas chicas.

Espero no haberos molestado,

no pensaba encontrarme

contigo en mitad de la ciudad.

No es molestia, Ander.

No son tan buenas como

aparentan. A veces son

un coñazo ☐. Sobre todo

Greta.

Ander:

Ja, ja. Seguro que son

geniales y formáis un

buen tándem.

La verdad es que no

podría tener mejores

amigas.

Ander:

No me cabe duda.

Me alegro de que lo

hayas pasado bien.

Solo quería hablar

contigo un rato si

contestabas, pero no

quiero entretenerte más.

Que descanses. Nos vemos

el lunes. Buenas noches, Maya.

Yo también me alegro de

que me hayas escrito.

Hasta el lunes. Buenas

noches, Ander.

Dejé el móvil en carga sobre la mesilla de noche y me tapé con la sábana hasta la cintura.

Sonreí como una idiota en mitad de la oscuridad.

Quizá Nora y Greta tenían razón. Cuando Ander se alejó de nuestra mesa esa tarde, ambas estuvieron de acuerdo en que el polluelo, como lo había bautizado Greta, me miraba con ojos de cordero degollado.

Estaban convencidas de que le gustaba, a pesar de la edad, de la situación laboral y de ser madre de dos hijas.

Pero lo cierto era que a mí no me resultaba tan fácil de gestionar todo lo que se me pasaba por la cabeza con respecto a ese asunto. Y seguía teniendo mis dudas.