CAPÍTULO 26
Encuentros
Ander
Me tomé con calma el sábado. Por la mañana, salí a correr, ordené mi piso y llevé algunos trajes a la tintorería.
Necesitaba estar activo para dejar de pensar en Maya; no había dejado de hacerlo desde la noche anterior, incluso antes de vernos en el club.
Por la tarde, salí en busca de una tienda deportiva que me había recomendado Martín con la intención de comprar unas zapatillas deportivas para mis entrenamientos en el gimnasio.
Las que tenía estaban destrozadas y el resto eran para correr.
Cogí el metro hasta el centro y, luego, caminé por las callejuelas hasta la avenida en la que se encontraba el establecimiento.
En un momento dado, oí una risa femenina que me resultó muy familiar.
Se me aceleró el pulso porque la relacioné con Maya, aunque, en el fondo, pensaba que no podía ser.
Miré en todas direcciones, hasta que la vi.
Era ella. Estaba sentada a la mesa de una de las muchas terrazas que los bares ocupaban en la acera.
La acompañaban dos chicas más; las tres reían como si estuviesen frente a un espectáculo cómico.
Mientras me acercaba, debía pasar por ahí para llegar a mi destino, Maya giró la cabeza y me vio. Dejó de reír, pero sonrió. Después miró a las que imaginé eran sus amigas y, sin decir palabra, levantó el brazo para saludarme. Imité su gesto y encaminé mis pasos hacia ella.
—Hola, Maya. —Ella se levantó de la silla. No sabía muy bien cómo debía saludarla.
—Hola. —Me dio dos besos—. ¿Qué tal estás?
—Muy bien, ¿y tú?
—Genial. Tomando algo con mis amigas. —Se giró hacia ellas y las señaló—. Ellas son Nora —la chica de pelo gris alzó la mano— y Greta —la morena, de pelo muy corto, hizo lo mismo—. Él es Ander, el hermano de Martín. —Por el tono familiar que empleó, supuse que ambas conocían a mi hermano.
—Encantado —contesté con un asentimiento de cabeza.
—Lo mismo digo —respondió la tal Nora.
—Oh, vaya, hemos oído hablar mucho de ti —dijo con guasa la otra chica.
Noté un movimiento bajo la mesa; la chica que había respondido primero le dio una patada a la otra.
Maya se alejó unos pasos de la mesa y me arrastró, con suavidad, tras ella.
—No hagas caso a Greta, siempre está de coña —explicó—. ¿Qué haces por aquí? —preguntó, casual.
—Voy a una tienda deportiva que está allí mismo. —Señalé con la mano a su espalda.
—Ah, genial. Y, ¿va todo bien?
—Eh, sí, ¿por qué no iba a ir? —respondí con una sonrisa.
Volvió a aparecer en su mirada esa expresión dudosa, tímida, pero en un par de segundos se enderezó y su rostro mutó al habitual en ella. Sereno, seguro.
—No, por nada. Solo era una pregunta retórica de cortesía, ya sabes. —Se encogió de hombros.
Era la primera vez que la veía en un ambiente que no fuese laboral o en el club. Parecía un tanto nerviosa por encontrarnos en un lugar «público» y con personas de su entorno más próximo, así que me despedí para que dejara de estar incómoda.
—Vale. Pues… —miré hacia la mesa, las dos amigas no nos quitaban la vista de encima— todo va perfecto. Te dejo que sigas con tu terraceo. —Le guiñé un ojo—. Nos vemos el lunes, ¿no?
—Claro, por supuesto. Nos vemos en la oficina.
—Bien. Adiós, Maya.
—Adiós, Ander.
—Adiós, chicas.
Ellas volvieron a levantar la mano como respuesta.
Sonreí y me alejé con paso firme, a pesar de que noté que las rodillas me temblaban cada vez que ponía un pie delante del otro.
Quizá era yo quien se sintió inquieto. Por alguna extraña razón, quería caerles bien a sus amigas, aunque apenas hubiese cruzado un par de palabras con ellas.
Parecía que eran importantes para Maya, y eso también me hizo creer, además del comentario de la morena, que ambas sabían más de mí que yo de ellas.
Esos pensamientos me llevaron a regresar a casa, tras comprar las deportivas, por otro lugar distinto del que había ido, para no interrumpir su reunión y tampoco exponerme demasiado a su entorno personal.
Había quedado con Lucas y sus amigos de nuevo, en esa ocasión para ir a la última sesión de cine, después de la cena.
Más tarde fuimos a tomar una copa a un pub que solían frecuentar.
Lo pasé bien con ellos, eran agradables y divertidos, pero, cuando terminé la bebida, le dije a mi compañero que me marchaba a casa; yo no era de bailar durante horas, así que poco me quedaba por hacer.
No puso objeción, ya empezaba a conocerme.
Salí del local alrededor de la una de la madrugada y pedí un taxi, pues estaba en la otra punta de la ciudad.
Mientras esperaba, con el móvil en la mano, se me pasó por la cabeza escribir a Maya, para saber si estaba bien, si había disfrutado de la quedada con sus amigas, si mi intrusión no le había causado una molestia… Solo me apetecía hablar con ella.
Era tarde.
¿O no?
Quizá lo vería por la mañana. Quizá no.
Podría estar ocupada.