No me toques la corbata CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Tú has follado

Maya

Si Ander se sorprendió de toda la información que le proporcioné, no lo demostró.

Quizá, en un principio, su rostro reveló que se había hecho una idea equivocada acerca de mí, pero no tardó ni unos segundos en sonreír y quitarle importancia a los aspectos que a mí me producían inquietud.

Ese fue el momento exacto en que me convencí de que era aún más maduro de lo que había supuesto.

Y, desde luego, tuve claro que había juzgado su forma de pensar en base a su juventud.

Cada persona evoluciona a un ritmo distinto, ya sea por su entorno, sus problemas o por la forma que tiene de ver la vida.

La noche acabó mejor de lo que esperaba. Hablamos más que nunca, tomamos una segunda copa y, después, tuvimos una sesión de sexo que bien podría catalogar como una de las más satisfactorias de las que había disfrutado jamás.

No me juzgó, le quitó importancia a lo que a mí me parecía un problema y, sobre todo, no salió por patas. Al contrario. Parecía de verdad interesado en conocer cada detalle que le expliqué.

Por todo ello, la tarde del sábado, llegué a la terraza del bar donde había quedado con Greta y Nora con una sonrisa de oreja a oreja.

—Tú has follado —me acusó Greta, en cuanto me senté.

No iba a darle el gusto de negarlo y que me fusilara a pullas hasta confesar.

—¿Tanto se me nota? —pregunté con fingida sorpresa, con la vista en Nora.

Ella asintió con la mirada brillante mientras bebía de su té frío.

—Hija de puta —susurró Greta, vocalizando de forma exagerada—. Tienes los ojos a punto de salirse de las órbitas, el maromo ha tenido que meterte un viaje de campeonato.

Nora casi escupió lo que acababa de sorber del vaso.

—Mira que eres animal —le dijo, tras ingerir con dificultad.

—Será que es mentira. Mírala, joder. Tiene dibujada una polla de neón en cada pupila.

Me tapé la cara con las manos y me eché a reír como hacía mucho tiempo.

—Es una metáfora un poco extrema, pero tiene razón —confirmó Nora.

—Vale. Quiero detalles —insistió Greta.

—Los detalles son los mismos que en cualquier situación de echar un polvo, Greta. —Levanté la mano para avisar al camarero—. Una cerveza, por favor.

—No me des largas —contestó—. Datos, quiero datos. Lugar —levantó un dedo—, hora —segundo dedo—, número de orgasmos —tercero— y nota al polluelo. —Cuarto y último.

—El club, entre las doce y las dos de la noche, tres y de diez —contesté sin darle la importancia que Greta quería obtener. El camarero dejó mi bebida sobre la mesa—. Gracias.

—Es una buena serie numérica —bromeó Nora.

—Ahora mismo te tengo una envidia de la mala que ni te imaginas —dijo Greta con los párpados entrecerrados.

—¿Por qué? Tú puedes follar cuando te dé la gana, tienes un marido estupendo en casa —cuestionó Nora.

—Y dos engendros del demonio que no se separan de nosotros ni diez minutos.

Nora se echó a reír.

—Pero también duermen, ¿no? —añadí.

—Oh, sí, menos mal. Pero, cuando los llevamos a dormir y me siento en el sofá, necesito una grúa para llegar hasta la cama. Qué ganas de que se independicen, joder.

—Pues te quedan unos cuantos años y, al paso de hoy, los tendrás en casa hasta los cuarenta —argumentó Nora.

—Una mierda. A los veinticinco, los echo a la puta calle. Que se espabilen, yo ya habré cumplido mi cometido de madre.

—La próxima vez que te oiga decir que los echas de menos cuando se van de campamentos, te recordaré esta conversación —la amenacé, entre carcajadas.

—Calla, no dejáis a una ni desahogarse. —Se rio también—. Además —me señaló con su botella de cerveza—, estamos hablando de ti, no de mí.

—No hay mucho que contar, solo que… quedamos en el club, para darle la corbata, tomamos unas copas, hablamos, follamos y cada uno a su casa —resumí.

—De verdad, si tuvieras que ganarte la vida como escritora de novela erótica, pasarías mucha hambre, amiga.

—Déjala en paz, tía. Tú tampoco vas aireando tus encuentros íntimos —la regañó Nora.

—Coño, porque no tengo, te lo acabo de decir —se defendió.

—No me lo creo —la retó nuestra amiga con una ceja alzada.

—A unos polvos de diez minutos a escondidas en la ducha, en el lavadero, en el trastero, en el coche dentro del parking … no se les puede llamar vida sexual satisfactoria.

Nora y yo nos echamos a reír con ganas.

—Yo diría que tienes una vida sexual muy creativa —opiné.

—Sí, sí, supercreativa. Yo lo que quiero es un polvo de dos horas, como los tuyos. —Greta acabó por sonreír—. Me alegro por ti, amiga.

—¿Qué dices tú, Nora? —pregunté.

—Yo también me alegro —contestó con una mueca divertida.

—Te está preguntando por el folleteo con tu marido en mitad de una vida de trabajo, casa y niños, colega. No te hagas la tonta —intervino Greta.

—Ah, eso —volvió a reír—. Nuestra intimidad es muy tranquila. —Se encogió de hombros.

—Joder, amiga, ¿hasta pa follar eres zen? —cuestionó Greta.

—Me refiero a que tenemos una vida sexual activa y normal. En la cama, cuando los niños se van a dormir. Y muy satisfactoria —contestó como si nada.

—En serio, qué ascazo os tengo a las dos. —Greta le dio un buen trago a su cerveza.

Nora y yo soltamos una carcajada.

Aunque a mí se me cortó de golpe cuando vi quién caminaba por la acera en dirección a nosotras.