No me toques la corbata CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Sin prejuicios

Ander

Debo confesar que me abrumó todo lo que me confesó Maya.

Imaginé que se debió a la imagen que me había hecho de ella.

Cuando conoces a alguien, no puedes evitar suponer ciertos aspectos, ya sean de carácter o personales.

La primera vez que la vi, me impresionó su presencia; era una mujer preciosa, con gestos cuidados y sexis, educada y tranquila.

Al acostarnos, descubrí que además era proactiva, sabía lo que quería y lo pedía.

En la empresa, tuve claro que era inteligente, profesional y segura de sí misma.

Era justo el prototipo de mujer que me gustaba sin ni siquiera saberlo.

Supuse que estaba soltera, aunque, como yo, habría tenido relaciones largas y también esporádicas. Jamás pensé que fuese madre, porque, por su aspecto y su forma de interactuar en el sexo, imaginé que tendría dos o tres años más que yo, como mucho.

Nunca hay que dar por hecho que lo que proyecta una persona hacia el exterior es una representación gráfica incuestionable acerca de su realidad íntima y personal. Y, menos aún, interiorizar esa fachada a nuestra conveniencia. Si lo hacemos, es muy probable que nos equivoquemos.

Eso fue lo que me ocurrió con Maya. Juzgué su situación de la forma en que más se ajustaba a la mía. Un error por mi parte, pero también muy humano. Me prometí no volver a hacerlo.

Era cierto lo que le dije. Me gustaba mucho.

Y varias veces estuve a punto de pedirle que saliéramos a cenar o a tomar algo fuera del entorno del club.

No lo hice porque ella me dejó claro que nuestra relación solo podía ser de sexo, debido a nuestras circunstancias laborales.

Esa noche entendí el resto. Era más que evidente.

Maya no solo era una publicista profesional y exitosa, era una mujer con una situación personal mucho más amplia que la mía.

Comprendía que para ella también fue un shock saber mi edad. Le había puesto mucho énfasis a esa diferencia de once años. Seguro que, al igual que yo, supuso que no nos separaba tanto tiempo.

¿Me importaba? Un rotundo no. La edad solo es un número. Martín y yo nos llevábamos quince años, pero eso no había supuesto ningún impedimento para ser los mejores hermanos. No era cosa de los años, sino de los sentimientos que existían entre los dos.

Después me contó que llevaba un par de años divorciada del padre de sus hijas y que apenas tenían relación fuera de ese contexto, aunque se entendían bastante bien.

¿Me suponía un problema? Por supuesto que no.

La mayoría de las personas tenemos ex. Y, en su caso, tenían algo importante en común para toda la vida.

Eso no significaba que debieran estar atados, solo estar pendientes de lo que los unía.

Para muestra, mi propia madre. Tenía dos hijos de dos hombres diferentes.

Eso nunca representó un inconveniente para nadie.

Sus hijas tenían nueve y siete años. Ambos progenitores compartían la custodia y disfrutaban de las niñas una semana cada uno.

Con esa confesión entendí que no apareciera por el club el fin de semana siguiente de habernos conocido y de que rechazara mi invitación de vernos el sábado anterior.

Tenía… compromisos, tal y como lo llamó ella.

Yo también tenía responsabilidades con mi familia. ¿Quién no los tiene?

Para ser sincero, aún no me había planteado tener mis propios hijos. Ni siquiera había pensado en casarme todavía. Acababa de llegar a España, primero debía aposentarme, trabajar, labrarme un futuro y después… ya se vería.

El asunto era que tampoco me había planteado encontrar a alguien como Maya. Las personas aparecen en tu vida cuando aparecen, no cuando te conviene o cuando pretendes que lo hagan. Es aleatorio, casualidad, o como se quiera llamar.

Me pasé casi el resto de la noche pensando en ello cuando me acosté en mi cama. Llegué a una conclusión bastante reveladora: jamás había sido de los que se rendían o evitaban las adversidades. Desde que me marché a Nueva York tuve claro que volvería. Y allí estaba.

Y tampoco dudaba de otra cosa: Maya me gustaba no solo para sesiones de sexo.