No me toques la corbata CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Pim! Pam! Pum!

Maya

Entendía que Ander quisiera mantener una conversación, era lo normal en una cita.

Me sentía halagada de que prefiriera eso a entrar a saco e ir al lío de forma directa.

Y, además, a mí también me gustaba hablar con él; bromear, reír…

Sin embargo, no funcionaría si yo respondía a sus preguntas de manera automática y sin añadir detalles.

Quería conocerme, y yo temía que saliera corriendo en cuanto le contara mi situación.

Pero lo cierto era que yo era quien era y, tarde o temprano, se enteraría, porque todos en la empresa lo sabían.

Era una tontería de las gordas ocultárselo.

Aparte de que el ambiente se ponía cada vez más incómodo. Y la única culpable era yo.

—Oye, Ander, hay algo que tengo que decirte —empecé.

—Claro. Lo que quieras.

Inhalé en profundidad para intentar ralentizar la velocidad de los latidos que me martilleaban las sienes y encontrar las palabras adecuadas.

—Tengo… treinta y nueve años, estoy divorciada y soy madre de dos niñas —solté del tirón.

«Muy bien, Maya, así, sin anestesia ni nada».

Ander alzó las cejas, imaginé que por el torrente de información y también por el asombro. Parpadeó varias veces seguidas y se pasó la mano por la corbata. Una que parecía sacada de un cómic antiguo. Tras unos segundos, elevó la comisura de los labios en una sonrisa tímida.

—Eh… ¿Por eso estabas tan callada?

—Supongo que sí. —Me encogí de hombros—. No me parecía justo conocer detalles de tu vida y yo haberte ocultado los míos.

—Yo no diría que los has ocultado, simplemente no ha salido el tema.

—Ya, pero tú me cuentas cosas de Martín y tu relación con él, y yo no he sido capaz de decirte que tengo dos hijas pequeñas.

—Y, si te sabía mal no decírmelo, ¿por qué no lo has hecho?

—Bueno, suponía que saldrías por piernas.

—¿En serio? —Soltó una carcajada.

—Ander, tengo once años más que tú.

—¿Y qué?

—Pues… no lo sé, pero… —De pronto me sentí ridícula.

Bufé. Apoyé el codo en la barra y la frente, sobre la mano; una postura con la que intentaba pensar cómo poner en palabras lo que sentía.

De repente, los dedos de Ander me cogieron de la barbilla y me hizo girar la cabeza para mirarlo.

—Oye, Maya, no me importa que seas mayor que yo, ni que estés divorciada ni que seas madre —expuso con calma—. Bueno, sí me importa. Lo que quiero decir es que no son motivos para echar a correr en dirección contraria.

—Además de trabajar juntos, de ser tu jefa y de que seas el hermano de mi jefe —añadí.

Ander volvió a reír, sin soltarme. Con la mano libre, agarró el asiento del taburete y lo desplazó para acercarse a mí.

—Además de todo eso. De todas formas, solo nos acostamos, ¿no? ¿O… hay algo más?

Lo miré a los ojos. Tenían un brillo comprensivo.

Su rostro estaba relajado, sus labios entreabiertos y con un amago de sonrisa.

Me pareció el hombre más atractivo que había visto en mi vida.

Encima era inteligente, divertido y no le importaba en absoluto ser el último mono de la oficina.

Lo único que le interesaba era haber vuelto para estar con su hermano.

Me gustaba. Mucho. Pero no iba a decírselo a tan solo un mes de haberlo conocido.

—Sí, solo tenemos sexo —confirmé—. Aunque nos vemos a diario, por lo que, en cualquier momento, podrías haberte enterado, y no me parece bien no habértelo dicho, dada nuestra situación. —Nos señalé a ambos.

—Lo entiendo. No le des vueltas. Solo somos dos personas a las que les gusta pasarlo bien juntas. Tú, yo, aquí, ahora. Nada más.

—De acuerdo —asentí.

Acercó su rostro al mío hasta que estuvo a pocos centímetros.

—Me gustas, Maya. Independientemente de las circunstancias.

No me dio tiempo a responder. Su boca se posó sobre la mía con delicadeza, con calma, como si intentara tranquilizarme con ese gesto.

Lo consiguió. Mi ritmo cardíaco se ralentizó al compás del movimiento de sus labios.

Me olvidé de que estábamos en un bar, de mis pensamientos intrusivos y de que, con toda probabilidad, nuestra incipiente relación sexual se acabaría más pronto que tarde.

Me había saltado la regla de no acostarme con un hombre más de un par de veces, pero era una mujer adulta, podía hacer y deshacer con mi vida lo que quisiera. Poner normas, no ponerlas e, incluso, quebrantarlas. Él estaba de acuerdo. Ambos lo estábamos.

Quizá era mejor tener encuentros con la misma persona, de ese modo, me ahorraba interactuar con otros hombres cada vez que me apeteciera una buena sesión de sexo. Ander y yo nos atraíamos para ello, ¿qué problema había? Ninguno.