CAPÍTULO 22
Pong! Woow! Plash!
Ander
El viernes pasó en un suspiro, entre reuniones y preparar proyectos más pequeños que en el que estaban enfrascados Maya, Lucas, Mónica y, en ocasiones, Nuria.
Llegué a casa poco después de las tres de la tarde.
Calenté la comida que había dejado preparada el día anterior y me senté en el sofá, frente a la televisión.
Cuando terminé, me sentí tan cansado que no fui capaz de retirar el plato de la mesa auxiliar.
Solo pensé en desparramarme entre los cojines y dormir.
Me desperté por el sonido de una llamada entrante en el móvil. Levanté la cabeza, sin mucha convicción, para mirar la pantalla. Era Maya. Me incorporé de un salto y me senté.
—Hola, Maya. Dime —respondí, adormilado aún.
—Hola, Ander, perdona que te moleste…
—No es molestia —la interrumpí, al notar que se quedaba callada.
—Eh… Tengo algo para ti, ¿podríamos vernos?
—¿Para mí? —me sorprendí.
—Sí. ¿Te va bien mañana por la noche en el club?
—Ahora me has dejado con la intriga. ¿No puede ser hoy? —Me precipité—. Bueno, mañana está bien —reculé.
El silencio al otro lado me hizo dudar de que Maya siguiera en línea.
—De acuerdo —dijo al fin—. Esta noche. ¿A las once?
—Si prefieres…
—No, no. Hoy está bien —atajó.
—Vale. Nos vemos allí.
—Hasta luego.
Dejé el teléfono sobre la mesa. Miré la hora.
Las siete menos cuarto. Tenía que salir a correr.
No podía ver a Maya con esa impaciencia.
Desde que había descubierto su nombre en la pantalla, el pulso se me había disparado, y no precisamente por esfuerzo cardiovascular.
Debía relajarme o esa cita iba a ser bastante…
rápida. Quizá, incluso, tendría que hacer algo más que correr, después, en la ducha.
Dios. ¿Quién se masturba antes de ir a una cita?
Alguien un tanto desesperado y con demasiadas ganas acumuladas.
Alguien que no quería dejar a medias a una mujer como ella.
Si tan solo teníamos sexo, no era cuestión de cagarla. ¿Desde cuándo temía no satisfacer a una chica? Iba camino de veintinueve años, se suponía que mi cuerpo estaba a tope de testosterona. Más bien podía fastidiarla en cualquier otro ámbito, pero ¿en ese?
Pues sí, allí estaba, aún sentado en el sofá con la cabeza en asuntos que no me habían preocupado jamás.
Me levanté y fui a cambiarme. Debía recuperar la seguridad y la energía con las que solía comportarme con Maya.
***
Llegué al club diez minutos antes de las once. Recorrí el local con la mirada, pero no la vi, así que me dirigí a la barra, que era el sitio en el que solía sentarse ella, y me acomodé en un lateral, desde donde podía observar la puerta.
Pedí un gin-tonic al camarero y saqué el móvil de mi bolsillo para comprobar que no me hubiese enviado un mensaje para cancelar la cita. No. No había nada.
Le di un trago a mi copa en cuanto me la pusieron delante. Tenía la boca seca. Era la primera vez que «quedábamos» a propósito, no era casualidad ni un encuentro fortuito. Era una cita prevista, aunque solo fuese para tomar algo y follar. ¿O no era eso?
Joder. Ella solo había dicho que tenía algo para mí y yo me había montado una película… bastante tórrida.
—Hola, disculpa. ¿Puedo acompañarte? —Oí a mi derecha.
Me giré y vi a una chica, más o menos de mi edad, de pelo largo y rubio, ojos marrones y nariz respingona. Sonreía de forma que pretendía ser provocadora.
—Eh… Lo siento, estoy esperando a alguien —contesté en tono amable.
Elevó las cejas.
—Pues parece que ese alguien no está aquí —dijo mientras hacía el gesto de apartar el taburete que había a mi lado.
—No tardará en llegar. —Por inercia, puse la mano en el asiento con la intención de que no lo usara.
—Oh, vaya, qué corbata más chula. —Acercó sus dedos a mi pecho.
Enderecé la postura para que no la alcanzase y antepuse el brazo entre mi prenda y ella.
—No me gusta que me toquen la corbata —expliqué con una sonrisa forzada.
—¿Por qué te la pones, entonces? —preguntó en tono de reproche.
—Buenas noches, Hans. —Oí a Maya a nuestra espalda.
Me di la vuelta en el asiento. Ahí estaba, con una sonrisa de oreja a oreja. Su coleta alta perfectamente peinada, pantalón y camisa negros, a juego con su pelo, y los ojos brillantes de diversión.
Imité su gesto, era imposible no hacerlo.
—Hola, Bren. —Le guiñé un ojo—. Te he guardado un taburete.
—Gracias, Hans. —Miró a la chica que aún seguía allí, atenta a nuestra interacción—. ¿Me dejas? —Hizo un ademán hacia el asiento, sin perder la sonrisa.
—Oh, sí, claro. Perdona. —Forzó un gesto amable y se marchó sin mirarnos.
Maya se acomodó en el lugar que había reservado para ella y colgó el bolso del gancho que había bajo la barra. Levantó el brazo para llamar al camarero, que la atendió enseguida.
—Un Margarita, por favor.
Se giró hacia mí y volvió a sonreír.
—¿Cómo estás? —pregunté.
—Bien. ¿Y tú?
—Ahora, genial. —Me relajé de golpe.
No estaba seguro de si comentaría algo con respecto a la chica, aunque, por su expresión divertida, parecía haber visto u oído lo suficiente como para saber lo que había ocurrido.
El barman dejó su copa frente a ella.
—Gracias.
Volvió a mirarme, en silencio.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué me observas con tanta fijeza? —intenté sonar desenfadado y casual.
—Jamás había visto a un hombre ponerse tan nervioso cuando le entra una chica —respondió.
—Bueno, es que no quería que pensaras que… estaba ligando con ella si llegabas y tampoco ser brusco con la chica.
—No me debes nada, Ander. Puedes ligar con quien quieras.
—Ya, pero he quedado contigo. ¿Tú lo harías?
—No, claro que no.
—Pues yo tampoco —sonreí.
—Te he traído algo —cambió de tema. Cogió su bolso y se lo puso en el regazo.
—Para eso estamos aquí, ¿no?
—Sí. —Sacó una paquete alargado y plano, envuelto en papel azul—. Toma. Te la debía. —Lo dejó sobre la barra, entre nuestras copas.
Alterné la vista entre el objeto y ella. Arrugué el entrecejo. Fue entonces cuando supe a qué se refería.
—¿En serio me has comprado una corbata? Te dije que no tenía la menor importancia, Maya. De verdad.
—Bueno, pero a mí no me parece bien habérmela cargado.
—Fue un accidente.
—Accidente o no, aquí la tienes.
—De acuerdo. —Levanté las manos en señal de rendición—. Muchas gracias.
—De nada.
—¿Quieres que… lo abra ahora o… después?
—Ábrelo cuando llegues a casa. —Sonrió y bebió de su copa—. Es igual a la que te destrocé. —Se encogió de hombros.
Negué con la cabeza, en un gesto de dejarla por imposible.
—Bueno, y ¿qué tal va todo?
—Bien, como siempre. Trabajo, casa; casa, trabajo.
No tenía muy claro qué podía preguntarle o no; si quería contarme aspectos de su vida privada o no; si solo estábamos allí para echar un polvo o no. Lo cierto era que esperaba que habláramos de algún tema que no fuese trabajo.
—¿Tienes algún hobby , haces deporte…? ¿Qué haces cuando no estás en la oficina? —Procuré sonar lo más neutral posible, no quería que pensara que intentaba meterme en su vida. Cosa que no era cierta, aunque sí me interesaba conocerla mejor.
—Salgo a correr de vez en cuando. No mucho, la verdad, solo algún fin de semana.
—Eso está bien.
—Lo cierto es que debería hacerlo más a menudo, porque me paso la mitad del día sentada, pero nunca encuentro el momento o me siento demasiado cansada. O vaga. —Rio.
—Es cuestión de planificarse.
—Sí, sí. La teoría me la sé… —Volvió a reír—. Pero la práctica es otra historia. ¿Y tú? Creo que me comentaste que buscabas un gimnasio.
—Sí, ya estoy en uno de mi barrio.
—Me alegro. Y, ¿qué tal el reencuentro con Martín? Estaréis encantados, ¿no?
—Desde luego. Suelo pasar muchos ratos con ellos los fines de semana. Adoro a mis sobrinos. Ambos juegan al baloncesto y voy a verlos siempre que puedo.
—Eso es estupendo. Veo a Martín más contento últimamente.
—Sí, estamos genial. ¿Tú tienes hermanos? ¿Sobrinos?
—Oh, no. Soy hija única. —Bebió de su copa de nuevo y desvió la mirada hacia otro lado, parecía no querer entrar en ese tema.
—Me dijiste la última vez que estuvimos aquí que habías salido a cenar con unas amigas, ¿hoy también? —Cambié de tercio por si se sentía incómoda.
—No, hoy no. He cenado en casa y he venido directa. Ellas… tienen pareja, así que quedamos cuando podemos.
No sabía si preguntarle acerca de sus posibles antiguas parejas, quizá tampoco era un asunto que quisiera tocar y, además, no solía ser muy acertado hablar de ello en una cita.
Me estaba quedando sin ideas y sus respuestas resultaban tan escuetas que empecé a pensar que quizá era mejor ir al grano, aunque prefería mantener una conversación con ella, a pesar de que no parecía interesada en profundizar en ninguna cuestión que le planteaba.
—¿Quieres que… pasemos ya? —pregunté con tiento, mientras señalaba el fondo del local.
Maya me miró con fijeza. Estaba seria. Inspiró hondo y soltó el aire despacio.
Me temí lo peor.