CAPÍTULO 21
Tiras de beicon
Maya
Estuve a punto de ofrecerme para llevarlo a casa en coche.
Menos mal que el sentido común volvió a hacer acto de presencia en mi mente cuando lo vi avanzar hacia las puertas del ascensor para salir.
Hacía menos de media hora que me había regañado por comportarme como una cría, y ahí estaba otra vez…
Cerré los ojos.
Respiré hondo.
Expulsé el aire despacio.
¿Cómo era posible que la presencia de Ander me alterara de esa forma?
Me metí en el coche lo más rápido posible, como si me persiguiera alguien, accioné los seguros y metí la llave en el contacto.
Volví a inhalar, esta vez de manera calmada.
Saqué el móvil del bolso. Debía pensar en otra cosa.
Terapia de grupo
Holaaaaa, ¿alguien sabe
dónde comprar una
corbata con dibujos de
verduras y hortalizas?
Puse en marcha el motor y salí del aparcamiento en dirección a mi casa. Los pitidos de la entrada de mensajes me acompañaron todo el camino, así que esperaba encontrar la respuesta en cuanto llegara. Tenía que conseguir esa puñetera corbata, me daba igual que a Ander no le importase.
Menuda patosa. Volvieron a arderme las mejillas al pensar en el destrozo que le había hecho a la prenda. Después recordé la risa de Ander y sonreí.
Dios. Otra vez no. ¿Es que no había forma de quitármelo de la cabeza?
Llegué al garaje del edificio sin apenas percatarme. Subí a mi piso en el ascensor. Más fogonazos de imágenes de Ander. Con lo bien que iba esa semana sin tener pensamientos recurrentes de nosotros.
Entré en mi habitación y me desnudé por completo. Necesitaba una ducha para quitarme el calor del día y despejar la cabeza.
Dejé que el agua tibia me cayera encima durante un buen rato después de enjabonarme. Por fin un poco de paz.
Me vestí con algo cómodo y cogí el teléfono para ver los mensajes de mis amigas.
«Maya, solo piensa en la corbata, nada más. Tienes que encontrarla como sea».
Greta:
¿Perdona? ¿Para qué
narices quieres una
corbata de verdulera?
Nora:
Hugo dice que puedes
encontrar cualquier cosa
en internet. Que parecemos
del siglo pasado.
Greta:
Es que somos del siglo
pasado. Y él también.
No me jodas.
Greta:
Insisto: ¿para qué
la quieres?
Nora:
Tendrá que hacer un
regalo, Greta. ¿Para
qué si no?
Greta:
¿A quién?
Nora:
Mira que eres cotilla.
Greta:
Y tú tienes horchata
en las venas.
Nora:
Mejor horchata que
mala leche.
Greta:
Ja, ja, ja, ja.
Ahí has estado
sembrada.
No pude evitar reír al leerlas. Cualquier ocasión era buena para tirarse pullas la una a la otra. Menos mal que ya estaba acostumbrada y sabía que nunca llegaba la sangre al río. Era su forma de divertirse mientras esperaban una respuesta por mi parte.
Es para Ander, le
he destrozado la
corbata en la destructora
de papel.
Estaba segura de que las mofas no se harían esperar, sobre todo de Greta.
Nora:
¡Ostras!
No sé si las de internet
serán de buena calidad.
Nora:
Búscala. Cómprala si
la encuentras y, si no te
gusta, la devuelves.
Es lo bueno de las
compras online .
Tienes razón. Gracias.
Ahora me pondré con ello.
Cerré la aplicación y abrí el buscador.
«Corbatas…», ¿corbatas qué?
¿Peculiares?
¿Ridículas?
¿Divertidas?
¿Frikis?
Supuse que cualquiera de los adjetivos serviría.
En un instante, el teléfono se llenó de fotografías y enlaces de un montón de corbatas.
Ahí estaban todas y cada una de las que había visto colgar del cuello de Ander: los patitos, los dónuts, los dinosaurios, el tetris…
¡Las verduras! ¿De verdad los tíos las usaban tanto?
Si estaban ahí, era porque se vendían. Jamás había visto semejante oferta de prendas…
¿espantosas? Algunas parecían sacadas de disfraces para Halloween.
Y debía reconocer que Ander había elegido las más discretas.
Joder, vi una que imitaba tiras de beicon…
¿En serio? Me reí sola mientras deslizaba el dedo por la pantalla.
A ver, entendía que, para gustos, colores, pero aquello…
Imaginé a Ander con alguna de esas corbatas.
Estaba convencida de que, si se hubiese puesto la de espaguetis con tomate, nunca se me hubiese ocurrido cogérsela.
«Maya, eso ha sonado fatal».
Vale. Debía centrarme. Añadí la prenda al carrito y confirmé el pedido.
Llegaría al día siguiente. Esperaba que el paquete cupiera en el buzón o estar en casa cuando viniera el repartidor, porque tendría que devolverla cuanto antes si no me gustaba y emprender una nueva búsqueda. Solo quedaba esperar.
Sonaron varias notificaciones de Whatsapp.
Greta:
¿Cómo demonios te has
cargado su corbata con
la destructora?
Greta:
Debes de tener al chaval
atemorizado: primero, con
desodorante y ahora, esto.
Es una historia larga,
ya os la contaré en
persona.
¿Te importaría no llamarlo
«chaval»? Me hace sentir
vieja.
Greta:
Idiota. Eso es lo que eres.
Muchas gracias, amiga.
Greta:
De nada, amiga.