CAPÍTULO 20
Hay cámaras
Ander
Volví a mi puesto unos minutos después de que Maya hubiese salido de la sala de fotocopias. Ella seguía allí, en su despacho. Sonreí al recordar su cara avergonzada por lo que acababa de ocurrir, pero todavía más al pensar en que me siguió el juego.
Maldita sea, adoraba el punto gamberro que mostraba bajo esa fachada de mujer segura y firme. Y me encantaba provocarla.
Ordené la documentación y la dejé preparada en mi mesa para el día siguiente.
Era hora de marcharme, pero por alguna razón —bueno, el motivo era obvio—, sentí la necesidad de esperar a que Maya saliera de su despacho.
Fingí que trabajaba hasta que la vi recoger sus cosas personales para irse.
Me levanté de la silla y me puse la americana al tiempo que ella cruzaba el umbral de la puerta.
—Hasta mañana, Ander —se despidió, y pasó por mi lado como una exhalación.
—Adiós, Maya.
Me eché al hombro la bolsa de lona y caminé tras ella hasta la zona del ascensor.
Ambos nos quedamos frente a la puerta, en silencio, mientras el elevador subía a por nosotros.
Cuando se abrió, le cedí el paso con un gesto de la mano.
Entró hasta el fondo del cubículo después de accionar el botón del parking .
Yo marqué la planta baja y me coloqué a su lado.
En cuanto se cerraron las puertas, sentí el calor de su cuerpo junto al mío con más intensidad. No sabía si era yo o, de verdad, su piel desprendía fuego, pero me entraron unas ganas feroces de tocarla.
—Maya… —la llamé sin mirarla.
—¿Sí? —Ella tampoco se movió.
—Me muero por besarte.
Carraspeó.
—Y yo de que lo hagas. —Me bajó un hormigueo desde el estómago a la parte baja del abdomen—. Pero hay cámaras en el ascensor —explicó.
—Lo suponía. Solo quería que lo supieras.
En ese instante, se abrieron las puertas. Estábamos en la planta baja.
—Que descanses, Ander.
—Tú también —me despedí de nuevo, y reuní todas mis fuerzas para salir del habitáculo.
Me giré hacia ella cuando estuve fuera. Levantó la mano a modo de saludo, sus ojos clavados en los míos, sus labios entreabiertos. Mis pies anclados en el suelo para no abalanzarme sobre ella, la mano apretada alrededor del asa de mi mochila, el pulso a mil en la garganta.
Las puertas se cerraron.
Joder.
¿Por qué demonios me gustaba tanto esa mujer?