No me toques la corbata CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Verduras y hortalizas

Maya

Los lunes que llevaba a las niñas al cole eran una locura, porque debían cargar las mochilas con todo el material escolar para trasladarlo a casa de su padre.

Sabía que era más lógico hacerlo el domingo por la noche, pero él insistió en que fuese así; de ese modo, pasábamos el fin de semana entero con ellas, argumentó.

No lo vi mal al principio, pero a medida que nuestras hijas se hacían mayores, el número de libros y cuadernos también crecía. Quizá debíamos replantearnos ese punto.

Entré en la oficina como siempre que las dejaba por la mañana, a la carrera. Saludé a todos sin detenerme y me puse a trabajar en cuanto me senté en la silla. Debía recopilar las notas que había tomado durante el fin de semana para la reunión de cada lunes.

Me uní al equipo la última, cuando ya estaban listos para empezar.

Hablamos del proyecto principal y del resto; todo estaba en marcha y avanzaba según lo previsto.

Sin duda, era el mejor grupo de creativos con el que había trabajado jamás.

Por suerte, la dirección también lo creía y sabía cómo incentivarlos.

La empresa no era una de esas corporaciones enormes en las que las personas son meros números, pero tampoco eran hermanitas de la caridad; querían resultados y beneficios como cualquier compañía.

Así que sí, trabajábamos a tope, se recompensara o no con extras el esfuerzo realizado, porque nos sentíamos parte de ello.

Esperaba que no cambiaran las cosas, ya había sufrido en mis propias carnes un despido por parte de la empresa en la que trabajé con anterioridad al quedarme embarazada.

Las semanas que no tenía a las niñas solía quedarme un rato más en el despacho para recuperar la hora que llegaba tarde cuando estaban conmigo.

Martín no tuvo ningún problema en facilitarme ese horario, por lo que intentaba compensar con trabajo que no me hubiesen pedido que redujera jornada si debía atender a mis hijas, como lo hacían otras personas.

Precisaba mi sueldo completo para hacer frente a los gastos básicos, la hipoteca y las necesidades de las niñas.

Tenía derechos como empleada, por descontado, pero también unas obligaciones que cumplir.

Me sentía contenta en el puesto y, al parecer, la empresa también estaba satisfecha con nuestro trabajo. Así que no tenía quejas en ese aspecto.

El jueves por la tarde me dediqué a imprimir el borrador del proyecto de NQ, pues quería revisarlo con detenimiento durante el fin de semana.

Eran más de las seis cuando entré a la «sala de máquinas», como llamábamos al cuarto en el que teníamos impresoras, encuadernadoras y demás.

Me encontré a Ander allí, de pie, frente a una de las fotocopiadoras.

—Hola, ¿aún estás aquí? Pensé que os habíais ido ya todos —saludé mientras me acercaba a otra de las máquinas.

—Sí, bueno, quería dejar listas las copias del presupuesto para LP.

—Ah, genial, pero podías haberlas dejado para mañana, no hay problema.

—No importa, así ya están preparadas para la reunión.

—Como quieras —claudiqué.

Supuse que aún no había conseguido ponerse al día de todos los expedientes que le entregué cuando llegó a la oficina, aunque lo cierto era que siempre presentaba sus trabajos a tiempo y perfectamente documentados.

Apenas lo había visto esa semana, a excepción de en las reuniones y cuando entraba a mi despacho para dejar una carpeta o preguntarme algo. Estaban siendo unas jornadas largas y bastante intensas. Ni siquiera había podido pararme a pensar en él, en lo que… habíamos hecho en dos ocasiones.

Lo miré de reojo desde mi posición, a su izquierda. Tenía un perfil exuberante; mandíbula fuerte, nariz recta y labios carnosos. Se le notaba una barba de un par de días, bien perfilada y tupida. ¿Cómo demonios podía tener veintiocho años con esa pinta de tiarrón?

—¿Necesitas algo, Maya? —Se giró en mi dirección y me clavó su mirada.

—Eh… no, no… Solo estoy preparando el borrador de la propuesta de NQ. —Disimulé como pude.

—¿Estás segura? —preguntó con una ceja alzada—. Me ha parecido que… no me quitabas la vista de encima.

Sentí un calor subirme a las mejillas. Como se suele decir, me había pillado con el carrito del helado.

—¿Y tú? —Enderecé la espalda en una postura que intentaba fingir la seguridad que solía tener—. ¿Tienes alguna pregunta?

—Bueno, ahora que lo mencionas —se acercó a la máquina destructora de papel, que se encontraba entre ambos, y apoyó las manos en ella, la corbata se separó de su pecho—, me gustaría saber si tienes libre algún momento del fin de semana —dijo en un susurro sexi y varonil.

Mi vista se dirigió hacia la prenda. Dibujos de verduras y hortalizas sobre fondo amarillo.

Alcé la ceja. Él sonrió con socarronería.

Había conseguido lo que quería; que me fijara en la tela.

Avancé un par de pasos y me detuve frente a su rostro; como estaba un poco inclinado, sus ojos quedaron a la altura de los míos. Brillaban entre juguetones y lascivos.

Levanté el brazo y agarré su corbata en mi puño. Sus pupilas oscilaron. Mi pulso aceleró.

—¿Tanto te gusta lo que hicimos que no puedes esperar para vernos? —pregunté con la intención de parecer dura y, a la vez, deseosa.

—Maya… —advirtió.

—¿Sí? —pregunté con falsa inocencia.

—No me toques…

—Ya, la corbata… —lo interrumpí, al mismo tiempo que apoyaba mi mano libre sobre la superficie de la máquina que nos separaba, en un intento de acercar mi cara a la suya.

De repente, se oyó el ruido de un rodillo metálico ponerse en marcha y, acto seguido, Ander cayó hacia delante. Su frente rozó mi barbilla. La corbata dio un tirón entre mis dedos y, por inercia, la solté. En menos de un segundo me di cuenta de lo que ocurría.

Al apoyarme, había accionado la destructora; como la corbata de Ander se balanceaba cerca de las cuchillas, se había enganchado en la máquina y se la estaba comiendo.

—Dios —grité. Me abalancé para detenerla y luego presionar el botón de retroceso—. Joder…

—Mierda… —se quejó Ander, al tiempo que tiraba hacia arriba.

Se alejó un par de pasos de forma abrupta cuando las cuchillas escupieron del todo la corbata, que quedó colgada de su cuello con la parte baja hecha un manojo de tallarines de tela.

—Lo siento —me disculpé, justo antes de echarme la mano a la boca para no soltar una carcajada. No sería correcto reírse en esas circunstancias; podía haber pasado un desastre mayor.

Ander se miró el pecho y abrió los ojos con sorpresa. De verdad que lo sentía, pero al mismo tiempo, imaginé que por los nervios de haber destrozado algo que sabía que le gustaba mucho, tenía unas ganas horribles de reír. Deslizó los dedos por la prenda y la levantó un poco para verla mejor.

—Joder… —susurró.

—Lo siento, Ander. Es culpa mía, yo…

Fue entonces cuando estalló en carcajadas. Su risa se paseó por el cuarto hasta estrellarse en mis tímpanos.

—Me has cortado las verduras en juliana —dijo, descojonado.

En ese instante ya no pude aguantar más y dejé escapar también la risotada que llevaba un rato reteniendo.

Nos reímos sin parar durante un buen puñado de segundos, quizá algún minuto.

Incluso tuve que secarme las lágrimas con el dorso de la mano; esperaba que no se me corriera la máscara de pestañas, si no, sería otro motivo para seguir con la coña.

No esperaba esa reacción por su parte. Imaginaba que no se enfadaría, a pesar de tener tanta estima a sus corbatas, pero no que se descojonara.

—De verdad que… —trataba de calmarme y respirar— lo siento.

—Me atacaste con un desodorante y ahora, con una destructora de papel, ¿qué será lo próximo, Maya? —se burló mientras intentaba dejar de reír.

—Joder, soy un puto desastre.

—No, no lo eres. Eres muy divertida… —ya solo sonreía— y sexi.

Volví a sentir calor en el rostro.

—Yo… te compraré otra corbata —cambié de tema. No estaba segura de querer seguir por ese camino con la vergüenza que sentía.

—No te preocupes, tengo muchas. No es necesario.

—Por supuesto que sí. ¿Dónde las compras? Te regalaré una igual.

—De verdad que no. —Se deshizo el nudo y la deslizó por el cuello de la camisa—. Creo que también voy a enmarcar esta.

—¿En serio?

—Sí. —Volvió a reír—. Cuando la mire, recordaré este gran momento.

—Dios mío, espero que no tengas que explicar este bochorno a nadie que conozca cuando vea esa corbata en tu casa… Martín. —Recordé de pronto—. No se lo cuentes a Martín. —Me puse una mano en la frente.

—Tranquila, tu secreto está a salvo conmigo. —Sonrió con una mueca gamberra.

—No te creo. —Me crucé de brazos.

Soltó una nueva carcajada.

—De verdad, no se lo contaré. Esto es algo entre… tú y yo —hizo hincapié en las últimas palabras, con sus ojos fijos en los míos.

—Vale. Gracias.

Asintió.

Volví hacia la impresora y recogí mis documentos. Aunque quería haberlos encuadernado, para no perder el orden de las hojas, decidí que debía salir de esa habitación cuanto antes.

Había estado a punto de cometer una estupidez. ¿Cómo se me ocurría tontear con él en la oficina? ¿Y si nos hubiésemos… besado? ¿Y si hubiese aparecido alguien? Me habría desmayado del apuro.

Y encima le había destrozado una de sus corbatas.

«Maya, deja ya de comportarte como una veinteañera».