No me toques la corbata CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Para romper el hielo

Ander

Debía reconocer que los amigos de Lucas, tres chicos y dos chicas, eran muy parecidos a él; todos compartían esa energía y despreocupación que caracterizaba a mi compañero.

Y lo pasé realmente bien con todos. Me acogieron sin reservas y hablaron conmigo como si me conocieran desde siempre.

Yo no solía ser demasiado efusivo en mi relación con las personas, pero sus anécdotas y sus risas hicieron que me soltara más de lo habitual.

También he de admitir que el vino y las copas me ayudaron.

Lo único que no conseguí fue bailar como ellos.

—Eres cero bailongo, por lo que veo —apuntó Lucas, una de las veces que se acercó a la mesa en la que estaban las copas y, por supuesto, yo.

—Alguien debe hacer guardia. —Señalé las bebidas.

Lucas se echó a reír.

—Y tú, ¿cómo te quitas el estrés? —preguntó.

—Pues… corriendo y en el gimnasio. —Dejé lo de follar para cuando tuviéramos más confianza.

—Ah, eres de los deportistas. Yo soy incapaz de hacer ejercicio, me aburro como una ostra.

—Bailar es una forma de ejercitarse como cualquier otra.

Me dio una palmada en la espalda.

—En eso tienes razón —sonrió—. ¿Lo estás pasando bien? ¿Te alegras de haber venido?

—Sí, claro. Tus amigos son estupendos. Gracias por invitarme.

—No hace falta que te invite, puedes venir cuando quieras. Nosotros hacemos planes casi todos los fines de semana. Y no solo para salir a cenar y bailar, también vamos al cine, al teatro, a conciertos…

—Lo tendré en cuenta. Gracias, Lucas.

—De nada, amigo. Supongo que es complicado cambiar de ciudad, de país, de continente… a pesar de contar con Martín.

—Bueno, no ha sido tan difícil como parece. Siempre he querido volver aquí, así que estoy contento con tan solo haberme trasladado. Lo demás ya vendrá con el tiempo.

—Muy cierto —asintió—. De todas formas, si necesitas cualquier cosa, puedes contar conmigo.

—Lo mismo digo, Lucas. Y gracias, de verdad.

Volvió a palmearme la espalda.

—Ya he descansado lo suficiente, me voy a sudar otro rato —dijo con guasa.

—Claro. Yo me quedaré aquí, no vaya a ser que las copas salgan volando. —Le guiñé un ojo.

Levantó el pulgar y se marchó en dirección a la pista.

Me quedé solo de nuevo, hecho que no me importaba, pues tenía bastante con tomar una copa, tranquilo, y mirar a mi alrededor.

Por suerte, la música era buena; no era la típica discoteca llena de adolescentes recién salidos del cascarón.

Ese pensamiento me hizo sonreír. Tal y como le había insinuado a Lucas por mensaje, me había puesto una corbata con dibujos de cáscaras de huevos; más que nada para que tuviéramos un tema de conversación divertido al empezar la velada.

Acerté de pleno. Lucas explicó a sus amigos mi obsesión por las corbatas ridículas entre risas y, de ese modo, empezó un diálogo en el que pude participar y contar alguna anécdota.

No vestía traje, por supuesto, sino unos vaqueros modernos, una camisa menos elegante y una cazadora. En cuanto salimos del restaurante, me quité la corbata, la había guardado en el bolsillo interior de la chaqueta. Mi vicio no llegaba a tanto como para ir a una discoteca con una de ellas.

A veces pensaba que me las ponía para romper el hielo en alguna situación, pero la verdad era que me gustaban. Les daban un toque desenfadado a los trajes, aunque debía reconocer que era verdad lo que le había dicho a Maya. Me ponía a mil que una mujer se agarrara a mi corbata.

Maya.

Ella me excitaba solo con ver que sus ojos se desviaban hacia esa prenda.

Debía de estar volviéndome loco, o gilipollas, porque relacionar a Maya con mis corbatas no sería considerado ni medio normal.

Aunque lo cierto era que me importaba bien poco.

Era un juego que habíamos intercambiado, algo entre ambos, por lo que seguiría igual si lograba quedar con ella solo por eso.

Maya. Se colaba en mis pensamientos más a menudo de lo que estaba dispuesto a confesar.